Rafael Utrera Macías

La conmemoración de las muertes de Miguel de Cervantes Saavedra y de William Shakespeare, a los cuatrocientos años de los respectivos decesos, ha permitido a las diversas áreas de la cultura manifestarse tanto en relación con las inmortales obras de estos autores como con los diferentes aspectos de sus respectivas biografías y los contextos en los que se sucedieron.

El cine ha sido uno de los medios de comunicación que ha tomado vida y obra de estos autores como materia prima para componer una inmensa filmografía cuyo comienzo se fija en sus propios albores y que, a día de hoy, se mantiene activa y vigente. Historiadores de muy diversas nacionalidades se han acercado a la misma y los estudios sobre el tratamiento cinematográfico, aplicado a las adaptaciones de sus obras junto a los enfoques ofrecidos sobre las biografías de ambos creadores, conforman ya un enciclopédico tratado de infinitas variedades acomodadas, como es obvio, a las técnicas y tecnologías propias de cada momento.

En la presente entrega no orientamos su contenido por el comentario a la versión cinematográfica de una obra del novelista español; por el contrario, hemos preferido buscar la sombra de su propia literatura proyectada sobre los textos de otros autores, para, de manera indirecta, acudir a determinados aspectos de su biografía. A tal efecto, hemos seleccionado el relato de Ramón J. Sender “Las gallinas de Cervantes”, así como su homónima adaptación cinematográfico/televisiva, Las gallinas de Cervantes, producida por Televisión Española en 1987 y dirigida por Alfredo Castellón.


La “gallina” de Cervantes según Ramón J. Sender

Ramón José Sender Garcés (Huesca/España, 1901- San Diego/Estados Unidos, 1982) fue un novelista español conocido como Ramón J. Sender. Su azarosa vida juvenil seguida de su militancia anarquista le proporcionó experiencia vital para una prolífica carrera literaria y docente, desarrollada en Norteamérica, en su condición de exiliado tras finalizar la guerra civil española. Su pasado izquierdista le situó en el foco del senador McCarthy y su “caza de brujas”, lo que le obligó a firmar ciertos documentos a fin de mantener su puesto de profesor universitario. La concesión del premio Planeta, en 1969, por su obra “En la vida de Ignacio Morell”, así como la amnistía concedida por la dictadura franquista para ciertos republicanos, le permitieron volver a España y mantener la intención de recuperar su primera nacionalidad.

El generalizado interés por su obra entre lectores de lengua castellana será paralelo al mostrado por el cine y la televisión españoles en adaptar su literatura a estos medios audiovisuales, muy especialmente entre los años setenta al noventa del pasado siglo. Sirvan como muestra las producciones El diantre, La llave, Crónica del alba, El regreso de Edelmiro, El rey y la reina, Las gallinas de Cervantes y Réquiem por un campesino español, sin olvidarse de la influencia ejercida por sus obras en títulos tan significativos como Aguirre, la cólera de Dios, El Dorado, Casas Viejas, El crimen de Cuenca o las variaciones fílmicas contemporáneas de Pat Garret y Billy el Niño en su relación con la novela de Sender “El bandido adolescente”.
 

Un relato en homenaje al autor de “El Quijote”
 
Este relato fue publicado en primera edición de lengua castellana en 1967, en México, por Editores Mejicanos Unidos y, posteriormente, incluido en distintos apartados de sus obras, aunque en España estuvo prohibido hasta 1974. La nota preliminar del autor expone las razones que le animaron a defender al insigne escritor, al menos, “en las cosas pequeñas”: la indignación que sufrió al leer que, en el acta de matrimonio celebrado con Doña Catalina de Salazar, en Esquivias, aparecían, entre otros efectos, un conjunto de gallinas, aportado como dote. Situar al autor en un contexto social de costumbres tan miserables y, sobre todo, desarrollar la situación con las artes del surrealismo, le permitió convertir a la desposada en gallina; tal metamorfosis no tiene que ser resuelta sólo por dicho procedimiento literario pues autores como Apuleyo, en su “Asno de oro”, y Dostoyewski, en “El cocodrilo” (sin olvidarnos, añadimos, de la famosa obra de Kafka), ya plantearon el tema de la transformación del humano en animal, ya salvaje, doméstico o insecto.

Desde el primer momento, Sender hace saber al lector que Doña Catalina se está convirtiendo en gallina, cuestión que desarrollará entre el casamiento de ésta con Don Miguel y el momento en que el insigne escritor y defraudado esposo tome las de Villadiego, incapaz de asumir una situación tan insuperable zoológicamente como familiar y social. Porque, si las plumas empiezan a notarse en el cuerpo de la dama desde el principio de la convivencia, la incompatibilidad de creencias, actitudes y comportamientos entre “el manco de Lepanto” (buen conocedor de tierras y lenguas) y la conservadora e inquisitorial familia de la desposada se había convertido en guerra sin cuartel librada por la lógica sensatez contra la absurda creencia.


La nueva familia de Don Miguel

Don Miguel de Cervantes Saavedra fue a vivir con una familia formada por su joven esposa, su cuñado, clérigo de la Inquisición, un tío, Don Alonso, caballero leído, trasunto de Don Quijote, acompañados de una sobrinita, Esperancilla, dotada de buenos alcances a pesar de su poca edad. La relación de la niña con su nuevo tío fue siempre afectiva y queda simbolizada en el perro de hielo que el adulto le hace hasta convertirse, motivado por el calor, en “una meada grande”. De otra parte, le permite a Sender introducir la controversia entre castellanos viejos, respecto a moriscos y judíos, cuando la chiquilla se plantee la ausencia o presencia del “rabito” del número siete según escriba el “guarismo” una “monja vieja”, por la mañana, u otra, llamada “Sor Circuncisión del Niño Jesús”, por la tarde.

El personaje quijotesco, Don Alonso, remite al “ingenioso hidalgo” tanto en su indumentaria como en sus actuaciones. Y Sender aprovecha la ocasión para argumentar, filológicamente, la procedencia de Doña Catalina, El Toboso, su significado, “verdad escondida”, y de ahí la toponímica denominación aplicada a Dulcinea. Del mismo modo, las variaciones del apellido, Quesada, Quijano, Quijada, y el sufijo –ote, que, sobre el hebreo “quichot”, vendría a dar “Quijote”, con su significado de “verdad” o “fundamento”. Sin embargo, la “aventura quijotesca” se ofrece, mientras se juega una partida de cartas entre curas, barberos, hidalgos; ellos refieren la paliza recibida por el lunático Alonso cuando escribió a un vendedor: “si tenéis huevos, salid al camino”; la intención del hidalgo era efectuar la compra de la mercancía solicitada, pero su interlocutor lo interpretó metafóricamente y, por ello, se despachó a gusto, en palos, que no en huevos, contra su persona.

El cuñado clérigo, hermano de Doña Catalina, es el representante de la Inquisición; ejerce el control de la casa y de sus habitantes no sólo en cuestiones domésticas sino ideológicas y, naturalmente, religiosas. El autor del relato lo califica como persona de “sórdida condición”; por ello, no mira con buenos ojos a su cuñado y desconfía de él por no ser “castellano viejo”. Los dos hermanos aprecian sobremanera el dinero de modo que, en cuestiones económicas, dan preferencia al “precio” sobre el “valor”; aplicado al esposo, cuenta lo que económicamente aportó al matrimonio, lejos de apreciar su fama como escritor o reconocer su tratamiento de “don”, en razón de su “hidalguía”, recibida tanto por parte de madre como por heridas de guerra. El suceso que se vive en la familia por la evidente y progresiva animalización de la esposa es voluntariamente ignorado por el hermano y ocultado a los paisanos ajenos a la casa.


La metamorfosis de Doña Catalina

Cervantes tenía claro que atraía a dos tipos de mujeres: las tontas y las locas. Estaba lejos de suponer que le tocaría en suerte una tercera clase zoológicamente bien diferente a las anteriores: las gallinas. Y es que Doña Catalina aportó al matrimonio no sólo colchones y jergones, sino algunos pliegos de papel y, sobre todo, dos cerdos y veintinueve gallinas. Nada dice el escritor sobre la relación entre la dama y los cochinos; por contra, se explaya en su extremado conocimiento de las aves de corral, con las que se identifica, hasta el punto de convertirse no sólo en la esposa de Cervantes sino en la gallina del escritor. La metamorfosis de la señora afectó a todo su cuerpo, es decir, cabeza, tronco y extremidades y, además, su modo de hablar se enriqueció con abundantes cacareos y numerosas onomatopeyas que emulaban no sólo a las gallinas sino al mismísimo gallo Caracalla, aunque ésta es otra historia.

El proceso de identificación gallinácea atiende a cuestiones de la naturaleza tales como dejar de hacer “pi-pí” y hacer sólo “po-pó” o, en el dormitorio conyugal, dormir subida en la barra superior del cabecero donde posaba más a gusto que en la propia cama, al margen de que sus movimientos impidieran dormir a su marido. El amor y conocimiento por sus “compañeras” lo demuestra la noble dama conociendo perfectamente sus características personales y sus costumbres; ahí está la Pita, la Gallipava, la Pintada, la Papuda… allí la Coquita, la Buchona, la Obispa… acullá la Gallineta viuda, el Gallino, y así hasta nombrar a las veintinueve. Y ello, sin olvidar al gallo Caracalla, como lo nombraba el señor Cervantes, de quien, por cierto, se sentía bastante celoso en función de la estima (¿o era algo más?) que su dueña y señora le profesaba al dueño y señor del corral. Como Doña Cata dejaba de ser mujer, las relaciones conyugales entraron en fase neutra por lo que el bueno del marido se preguntaba, caso de quedar embarazada, si pariría como mujer o… como gallina; la duda se acrecentó cuando, en efecto, la señora gallina de Cervantes puso su primer huevo, del que, en razón a su tamaño, quedó muy satisfecha y, por ello, entonó, para que se oyese en todo el corral, un sonoro “co, coco, co, coco, coco…”.


Gallina versus halcón

Este imperio gallináceo regentado por Doña Catalina y amparado por su singular familia tuvo un enemigo tan odiado por todos como querido por el señor Cervantes. Y es que un polluelo de halcón, caído de un nido, fue recogido por Don Miguel, lo acomodó en la casa y le procuró cuantas necesidades demandaba su supervivencia. Si hubiera entrado el diablo en persona, los distintos miembros de la familia se hubieran mostrado algo más satisfechos y tranquilos; pero un halcón era considerado por ellos como “alimaña” y para nombrarlo prefieren el término “buitre”. Las connotaciones negativas de tales palabras tenían su paralelo en la vida doméstica: este gran enemigo de las gallinas (y viceversa) merecía tener las alas cortadas para privarle de su capacidad para volar libremente y surcar el espacio sin el menor impedimento. Por ello, la señora gallina de la casa no paró en mientes hasta conseguirlo tras lo cual quedó más tranquila por haber ejecutado una especie de venganza en defensa de las suyas.

Muy al contrario, su esposo, cuidaba al animal con el máximo esmero y esperaba el día en que su protegido, con todos sus aditamentos naturales en condiciones, pudiera emprender el vuelo por sí mismo y gozar ya de una libertad propia de su especie. Esa libertad era precisamente la que su cuidador deseaba para sí mismo; albergaba la duda sobre si marcharse de Esquivias y abandonar a su esposa, ponerse a escribir allí mismo la segunda parte de “La Galatea”, o seguir arrastrando su melancolía, sine die, hasta que los hados le fueran más propicios. Y todo ello, pendiente de que La Inquisición pudiera meter las narices en el complicado asunto familiar/matrimonial porque Doña Cata era ya una enorme gallina y hasta sus atrofiados dedos funcionaban con desenvuelta aptitud prensil.

Don Miguel de Cervantes Saavedra abandonó el domicilio conyugal, se fue de Esquivias para no volver más y recaló en Andalucía donde se dedicó a recoger víveres para la Armada Invencible. De Doña Catalina, los biógrafos cervantinos no han conseguido saber más de cuanto hasta aquí se ha dicho. Así termina el relato de Ramón J. Sender, un texto admirativo para con el creador de la insigne figura quijotesca y, por el contrario, cargado de misoginia para la dueña que, oficialmente, fue su esposa y, oficiosamente, su gallina.


Bibliografía

Ramón J. Sender, “Las gallinas de Cervantes”, en “Obra completa”, volumen 2, Ediciones Destino, Barcelona, 1977, páginas 316-353.


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