Enrique Colmena

Es de una obviedad que tira de espaldas que la génesis de la serie televisiva de Atresmedia (producida por Plano a plano, curiosamente la misma de El príncipe, serie de cabecera del otro gran operador televisivo privado de España, Mediaset) Allí abajo no es otra que el estrepitoso éxito durante 2014 de la película Ocho apellidos vascos, con dirección de Emilio Martínez-Lázaro, guión de Borja Cobeaga y Diego San José, protagonismo de Dani Rovira y Clara Lago, y valiosa aportación como secundarios de lujo de Karra Elejalde y Carmen Machi, más de cincuenta y cinco millones de euros de recaudación, según la (bastante deficiente, es cierto) página del Ministerio de Cultura, aunque las cifras que se han manejado superan los sesenta millones; en cualquier caso, una barbaridad para un mercado como el del cine español, que considera todo un éxito recaudar dos o tres millones por película.

En ese triunfo está, entonces, el origen de esta serie, también exitosa, aunque de forma más moderada. Pero el hecho de que tenga una evidente génesis no debe hacernos creer que carece de interés, de mérito, que se ha limitado a establecer una mera copia, un paralelismo ramplón, sin aportación alguna. Ello no sería lo normal en unos creadores de la serie que tienen tras de sí una ya larga tanda de proyectos que han contado con el beneplácito del público, o de la crítica, e incluso de ambos. Entre los créditos de los creadores de Allí abajo están Boca a boca, Todos los hombres sois iguales, El amor perjudica seriamente la salud, Al salir de clase, El comisario (César Benítez), El síndrome de Ulises, Periodistas, El príncipe (Aitor Gabilondo), Vaya semanita, Los Serrano (Óscar Terol).

Allí abajo nace de la hipótesis de qué ocurriría si, en lugar de un andaluz en Euskadi teniendo que hacerse pasar por recio vasco ante su apócrifo suegro y resto de corifeos (como ocurría en la mentada Ocho apellidos vascos), la situación fuera a la inversa, y fuera un euskaldun de pura cepa el que tuviera que pasar cierto tiempo en el sur de España, en la mismísima Sevilla. Se trata aquí también de ensayar, como es evidente, el humor de opuestos, fórmula que en cine tiene una larguísima tradición, desde El bazar de las sorpresas (1940), de Ernst Lubitsch, o La fiera de mi niña (1938), de Howard Hawks, por citar sólo dos ejemplos incuestionables y extraordinarios de este tipo de comedia que juega sus bazas en el humor que se desprende del enfrentamiento de contrarios, hasta otros títulos que no llegan, ni de lejos, a esa altura, como la serie iniciada por Arma letal (1987), de Richard Donner, que jugaba también con esos encontronazos para la chispa humorística con sus dos policías, distintos como el agua y el aceite.

Aquí tendremos entonces al recio vasco (pero más bien tirando a tímido, cuando no a apocado) que tendrá que vérselas con un pelotón de andaluces cuyo carácter nada tiene que ver con la reserva del norteño, ni con sus costumbres ni forma de vida. Pero a partir de ahí se marcan las diferencias; no se trata aquí de hacer un “fake” para que el padre de la novia vascongada crea que a su hija no la ha abandonado el novio casi en el mismo altar, sino jugar con la muy distinta forma de entender la vida de la gente del norte y la del sur. Por supuesto, hablamos de estereotipos, cuando no de esperpento. Pero es que la comedia, como bien nos enseñó Berlanga, se nutre de ese tipo de tópicos, del “grotesque”, de la caricatura, de estilizar al máximo, potenciándolos, los defectos, también las virtudes, de los personajes, también de las formas de ser.

Así las cosas, tendremos a este Iñaki que en principio parece recibir (metafóricamente) descargas eléctricas cada vez que tiene algún tipo de contacto con los andaluces, teniendo que quedarse en Sevilla durante cierto tiempo por el estado comatoso de su madre, tras un accidente, pero que progresivamente empezará a apreciar que en Andalucía no somos todos muy “grasiosos”, ni vagos, ni subdesarrollados. Paralelamente, lo que para los sevillanos era un tipo sin “age” (a ver como explicamos ese término para los no andaluces: digamos sin chispa, sin una pizca de gracia, no necesariamente sandunguera), empieza a desvelarse, con el paso de los capítulos, como una persona de sensible humanidad pero tozudamente introvertida. Por supuesto, habrá de llegar el romance entre los protagonistas (cuando se escribe este texto, visto el capítulo cuarto, aún no ha llegado, pero tiene todas las papeletas de que lo hará…), María León y Jon Plazaola, y habrá que ver cómo resituamos las otras parejas que quedarán desparejadas; apuesto por un acercamiento entre Alfonso Sánchez (el doctor Rober, amante de la Carmen que hace María León) y Alazne Etxeberria (Nekane, la que querría serlo del Iñaki que interpreta Jon Plazaola).

Un buen trabajo de casting nos permite disfrutar de un puñado de secundarios notables, desde Alberto López a Mari Paz Sayago (ésta confirmando su excepcional capacidad para la comedia, como ya demostró en Carmina y amén), pasando por Salva Reina, una de mis debilidades actuales como actor de reparto (extraordinario en 321 días en Michigan y La isla mínima), sin olvidar al gran Mariano Peña, aquí muy lejos del personaje que le dio fama nacional, el Mauricio de la serie Aida. Entre los vascos me quedo con el trío La-la-la formado por Óscar Terol, Gorka Aguinagalde e Iker Galartza, que vaya tres patas para un banco…

Por supuesto, para el andaluz chirría quizá en exceso la aproximación en clave barriobajera a los personajes secundarios del vecindario de la protagonista, con una recua de vecinas cotillas y redichas que parecen enteramente inspiradas en los personajes imaginados por César y Jorge Cadaval en su celebrado serial televisivo Entre Morancos y Omaítas (que ha contado después con varios estrambotes, y lo que te rondaré…), con esa Carmina Barrios que lleva camino de quitarle el puesto a la Antonia de los Morancos en el dudoso honor de ser el personaje más vulgar y populachero que haya habitado los televisores de plasma.

Hay recorrido en este tipo de confrontaciones, en tono cómico, entre idiosincrasias regionales. Ocho apellidos vascos lo destapó en España, abriendo un venero que, bien aprovechado, desde la creatividad y no desde la copia, cuando no del plagio, puede dar mucho juego. Bienvenida sea la serie, que confirma que el talento en España, como en Estados Unidos, también transita, sin despeinarse, desde la pantalla grande a la pequeña (y viceversa), en una afortunada ósmosis que, cuando se hace bien, es una auténtica delicia…

Pie de foto: María León, caracterizada para el personaje de Carmen, la enfermera de Allí abajo.