Enrique Colmena

Carta a Eva se ha estrenado en La 1, la principal cadena de su productora esencial, Radiotelevisión Española, con un resultado que se puede estimar satisfactorio, en torno a un 14% de audiencia, lo que, teniendo en cuenta que competía con la bazofia de Gran Hermano (que lógicamente la superó: la basura tiene un atractivo con el que no puede competir la cultura), se puede considerar todo un éxito.

Carta a Eva es una miniserie televisiva española que pone en pantalla uno de esos momentos históricos especiales, contando la intrahistoria que los guionistas imaginan pudo suceder (o no) en esos eventos que quedan marcados a fuego en la Historia, con mayúsculas.

Pongámonos en situación: tras la derrota de las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokyo a mediados de 1945, en 1946 las grandes vencedoras, Estados Unidos, la URSS, el Reino Unido y Francia, ponen en marcha un bloqueo político y comercial a España, que en aquel momento era uno de los escasos regímenes europeos fascistas vigentes, de tal forma que la economía española se resintió notablemente y hubo serios problemas de abastecimiento de materias alimentarias esenciales, como el trigo, en un país ya de por sí devastado por la reciente Guerra Civil y sumido en un sistema económico que funcionaba entre el racionamiento de los productos básicos y el estraperlo de cualquier cosa que se pudiera comprar y vender en el mercado negro.

En ese contexto, el gobierno de Franco concibe un acercamiento a la República Argentina, único país que en principio accede a mantener relaciones económicas normalizadas con la dictadura franquista, para lo cual el Generalísimo invita al presidente Perón a visitar España, con la no tan secreta intención de estrechar lazos, y con ello mantener el suministro del preciado trigo para el país.

Perón declina venir a España, tanto por razones políticas como personales, pero envía en su lugar a su mujer, Eva Duarte de Perón, quien, lejos de ser la típica primera dama en la oscuridad, desarrollaba una ingente tarea política, volcada sobre todo en el apoyo a las clases más desvalidas de su tierra. Evita Perón viaja a regañadientes a España, porque odia el sistema represivo de Franco, y allí chocará con la mujer del dictador, Carmen Polo, conocida popularmente en nuestro país (sotto voce, por supuesto: estamos en los más negros años de la represión del régimen) como Carmen Collares, por su afición a ese complemento del atuendo femenino y su propensión, según una leyenda urbana no sé si contrastada, a arrasar (sin pasar por caja, se entiende) con cuanto se le ponía a tiro en su paso por las joyerías de Madrid, que visitaba con más frecuencia de la deseada por los joyeros de la Villa y Corte.

Simultáneamente, una célula del Partido Comunista de España (prácticamente la única oposición interior, clandestina o no clandestina, que hubo en el país durante los cuarenta años de la Dictadura) coloca un petardo en la Embajada de Argentina en Madrid para llamar la atención, coincidiendo con la inminente llegada de La Perona (como la motejó enseguida el gracejo popular español). Detenida la célula, Juana Doña, una de sus componentes, es sometida a juicio sumarísimo y sentenciada a pena de muerte. La madre de la justiciable, al enterarse de que viene Eva Perón a España, concibe la estratagema de hacer que su nieto, el hijo de la condenada, le escriba una carta pidiendo la intercesión ante Franco de la Primera Dama argentina.

Establecidas las dos líneas argumentales que son paralelas para terminar confluyendo, iremos al meollo de la cuestión en la serie, que no será otro que el enfrentamiento, casi siempre soterrado pero a veces explícito, entre las dos primeras damas, Eva Perón y Carmen Polo, por mor de la muy diversa visión del mundo de ambas; también de su distinta extracción social. Eva, de origen humilde, actriz de profesión (lo que en aquella época equivalía, en el imaginario del pueblo y de la clase dominante, a ser una mujer de cascos ligeros), impenitente defensora de los pobres (los “descamisados”, como a ella gustaba llamarlos), y Carmen, nacida en la clase alta de la asturiana Oviedo, de estricta observancia católica, con una innata reluctancia, cuando no repugnancia casi física, hacia los pobres, obreros y gentes sin posibles.

Ese choque de trenes es el que se describe, con tintes de ficción (no hay, lógicamente, documentos oficiales sobre qué sucedió realmente en los muchos encuentros que las dos mujeres mantuvieron durante los 18 días que la Perona estuvo en España), es la almendra de esta miniserie, mientras que, digámoslo ya, la línea argumental que describe los esfuerzos de la madre de la condenada a muerte para conseguir el indulto para su hija, resulta ser de inferior calado, más cercano al tópico melodrama.

Agustí Villaronga, el autor de Pa negre, filme que hace unos años ganó de calle los Premios Goya, pero también autor de algunas extrañas películas que le otorgan un sitio en una hipotética (y carandiana: demos a cada cual lo suyo) “galería de raros” del cine español, coguioniza, dirige e incluso interpreta un personaje relevante en esta miniserie que se acerca a uno de los más interesantes momentos de la Historia de España de los años cuarenta. Carta a Eva se presenta entonces, sobre todo, como ese momento en el que dos visiones del mundo se encuentran, y se enfrentan, aunque sea con los solapados ropajes de la diplomacia y de los buenos modales: de un lado, la visión libertaria de quien ha nacido entre los pobres y no se siente desclasada por más que vista los ropajes (físicos y figurados) de los ricos, de los poderosos, y de otro, la mirada retrógrada, represiva, de quien es prisionera de unas convicciones conservadoras que cree son religiosas, como si Dios, o Jesucristo, pudieran aprobar la muerte de un ser humano por destrozar una puerta.

El choque de estos dos trenes está francamente (este adverbio en “mente” es muy apropiado en este caso…) bien servido por Ana Torrent, en el personaje de Carmen Polo de Franco, y por Julieta Cardinali, actriz argentina que en España hemos visto en algunas películas (por ejemplo, Una noche con Sabrina Love o El sueño de Valentín), y que hace toda una creación del papel de La Perona, con un magnetismo y un descaro que, según los que la conocieron, eran algunas de las peculiaridades de este extraordinario personaje de la vida pública argentina del siglo XX.

Curiosamente, sus maridos aparecen con tonos bastante distintos a los que la Historia les reconoce; sobre todo es llamativo el caso de Franco, pintado aquí como un gordito de buen carácter (cosa bastante alejada de la realidad, como se sabe), que tenía que poner coto a los excesos represores de su mujer; no voy a decir que el Caudillo parezca de izquierdas, pero ciertamente no aparece como el conservador a ultranza que realmente fue. Habrá que entender, entonces, que la ficción requería una contrabalanza que compensara la furibunda carga antisocial de Carmen Polo, en este delicado equilibrio que las dos mujeres mantuvieron a duras penas en la visita de Eva Perón a España.

Estamos entonces ante una muy interesante serie, adecuadamente ambientada, que juega con una paleta de colores de tono terroso para las escenas de la línea argumental que se desarrolla en los barrios pobres, en los tribunales y en la cárcel, mientras que despliega las tonalidades cromáticas más fastuosas para los escenarios donde la riqueza impone su sello, en los palacios, las embajadas, los cenáculos del poder, del Poder.

Pie de foto: Eva Perón (Julieta Cardinali) en un contraplano de Francisco Franco (Jesús Castejón), en la escena en la que el Caudillo la condecora con la Gran Cruz de Isabel la Católica, en la serie Carta a Eva.