C I N E E N S A L A S
El 7 de octubre de 2023 el grupo terrorista Hamás, que mantenía el control de la franja de Gaza, lanzó un ataque por sorpresa a Israel en el que asesinaron a 1200 personas de esa nacionalidad, la mayor parte de ellos civiles. La respuesta a esa barbarie fue una ofensiva por parte del gobierno israelí contra Gaza, pretextando acabar de una vez por todas con Hamás, sin reparar en los “daños colaterales” que pudieran existir. Esos “daños colaterales” (estamos hablando de personas…) se cifran, a día de hoy, en torno a los 74000 muertos (más otros 8000 que estarían bajo las ruinas), confirmando que, para las autoridades israelíes, la vida de uno de los suyos vale, aproximadamente, la de 70 palestinos. Ese genocidio (llamemos a las cosas por su nombre, sin eufemismos) sigue en vigor, aunque en octubre de 2025 se llegara a un teórico “alto el fuego” auspiciado por Trump (deseoso de conseguir el Nobel de la Paz que, de nuevo, le ha sido lógicamente esquivo). Porque desde entonces, aunque el ritmo de la pavorosa maquinaria de muerte que es el ejército israelí ha disminuido, siguen muriendo a diario gazatíes y el país está literalmente devastado, atrapada su población en una ciudad en ruinas, sin posibilidad de retirar los escombros y mucho menos intentar reconstruir algo parecido a una urbe, sin servicios mínimos (la red de saneamiento está completamente destruida), escasez de suministro de alimentos básicos y una mínima asistencia sanitaria al estar buena parte de los hospitales reducidos a cascotes.
Valga esta introducción para situar adecuadamente esta Naza, percutante documental auspiciado por el periódico liberal británico “The guardian”, con el cineasta Jonathan Glazer (el director de La zona de interés) como valeroso productor ejecutivo, un documental que en el festival de Venecia ganó el Premio Especial del Jurado (y otros cuatro galardones más) y recibió una ovación del público que se prolongó durante casi 25 minutos, una auténtica barbaridad…
Y lo cierto es que el film llega, y de qué manera… El planteamiento es a la vez simple y complejo: uno de los directores, Yuval Abraham, ha conseguido (no nos pregunten cómo, porque debe colindar con el milagro…) que varios de los militares israelíes que participaron activamente en la sistemática destrucción de Gaza, se presten a ser entrevistados por él, se supone que por algo parecido al remordimiento. Las interviús tienen lugar en varias azoteas de Tel Aviv, de noche, de tal manera que oímos las preguntas y las respuestas en un ambiente entre tinieblas, calmo, de tranquilidad absoluta, mientras la cámara se demora, de forma un poco “voyeur”, filmando las ventanas de los edificios cercanos. Los militares hablan envueltos en sombras y (según indica un rótulo al principio) con sus voces un tanto distorsionadas para no ser reconocidos. En sus intervenciones van contando cómo realizaban su “trabajo”, cómo preparaban con método y rigor la destrucción de la ciudad y la muerte de sus semejantes, cómo utilizaron sin ambages la inteligencia artificial e incluso dejaron en sus manos (o lo que tenga la IA…) la decisión de matar a personas, cómo eran plenamente conscientes de que en cada vivienda que devastaban había numerosas bajas colaterales (llamadas con el eufemismo “naza”, de ahí el título del film), pero sin que todo ello, al contarlo ahora, en frío, les produzca la más mínima emoción, no habiendo momento alguno en el que la voz se les quiebre rememorando una tan gigantesca abyección.
Los directores, Yuval Abraham y Rachel Szor plantean Naza como una película de contrastes: mientras los militares que han aceptado hablar sin cortapisas ante una cámara cuentan su atroz experiencia como matarifes (o mamporreros de los matarifes, da igual…), las imágenes que se nos presentan son las de esa Tel Aviv de noche, una ciudad que duerme, o sestea tranquilamente en la nocturnidad, entreviendo en sus ventanas iluminadas retazos de la vida que, apenas a 60 kilómetros, ya es imposible en Gaza, donde antes vivían razonablemente algo más de 2 millones de personas, que ahora malviven, o sobreviven, en un paisaje de pesadilla, entre bloques de viviendas destruidas, sin un hogar digno de ese nombre. El brutal choque entre la sistemática devastación programada que van desgranando los militares ¿arrepentidos? en las entrevistas en las azoteas, y esas cuasi idílicas imágenes de una Tel Aviv segura de sí misma, sabedora de que algo como lo que sucede a sus vecinos de Gaza es imposible que les suceda a ellos, es ciertamente algo que no deja indiferente y provoca una notable sensación de desasosiego en el espectador.
Los directores, con buen criterio, huyen durante la mayor parte del metraje de darnos las imágenes de la destrucción metódica ejecutada vesánicamente sobre Gaza; está claro que buscan no usar, ni mucho menos abusar, de las terribles imágenes que todos hemos visto en los telediarios, imágenes imborrables de una urbe progresiva, sistemáticamente reducida a escombros: bastan las palabras sin emoción de los que la perpetraron; bastan sus ridículas excusas (formaba parte de una misión, yo obedecía órdenes, si no lo hacía yo lo haría otro…), sus comentarios en los que no les tiembla la voz, a pesar de lo que están diciendo, como si en vez de estar afligidos hasta se ufanaran de ello… Solo al final, en apenas dos o tres minutos, se permiten los directores mostrarnos una única escena filmada tras uno de los bombardeos, una escena que, desde luego, acongoja al espíritu más templado.
Abraham y Szor, que ya nos presentaron otra perspectiva de la matanza ejecutada contra Gaza en el oscarizado documental No other land, actúan entonces como notarios del genocidio, fedatarios de una realidad espeluznante, documentan una barbarie que perseguirá hasta el fin de los siglos al Primer Mundo (Estados Unidos, Europa, Japón, Australia, Canadá) por mirar hacia otro lado o, en todo caso, poner paños calientes a lo que nunca debió suceder.
Quizá como sutil y astuta venganza, algunos de los militares que acceden a hablar ante las cámaras, aunque velados por las sombras, son perfectamente reconocibles, y lógicamente más por aquellos que los conocen, así que, a lo mejor, al final estos cabrones que hablan de sus fechorías como si estuvieran hablando del tiempo serán duramente castigados como traidores por los suyos.... no, si al final va a resultar que el karma existe…
Tanto Abraham como Szor (valientes hasta decir basta) han tenido que abandonar Israel ante las amenazas físicas y los riesgos para su integridad que ha desatado el documental, lo que confirma que han puesto el dedo en la llaga (qué propia, en este caso, la bíblica frase hecha…), y además algo que ciertamente nos resulta difícil de digerir, que la población israelí, en su mayoría, como lamentablemente indican todos los sondeos, apoya esta sistemática masacre, este nuevo Holocausto…
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