ESTRENO EN MOVISTAR+
La figura de Rocío Jurado es, sin duda, una de las más importantes de la música popular en español de los últimos cincuenta años. El hecho de haber muerto todavía relativamente joven, en 2006, a los 62 años, la convierte definitivamente en un mito. Sobre su vida y su obra se han hecho varios acercamientos audiovisuales, como la miniserie de 2 capítulos Como alas al viento (2013), en clave de ficción, con dirección de Daniela Féjerman. Ahora, con esta La mas grande (la verdad es que no se han partido los cascos con el título…) se busca hacer un retrato definitivo a la figura de la extraordinaria cantante chipionera, aunque, a nuestro juicio, el balance no sea del todo positivo, sin querer decir que no haya cosas de interés, porque las tiene.
La miniserie, de 4 capítulos, bajo los auspicios de Movistar+, que la emite en su catálogo, y producida por Tesseo Premium Content, perteneciente a un grupo audiovisual especializado en contar historias de famosos, está dirigida por el algecireño Alexis Morante, cineasta de amplio espectro que se ha desempeñado sobre todo en el terreno del documental, con frecuencia como biopics de cantantes populares, como Bisbal o Alejandro Sanz, y también como director de videoclips musicales; la ficción la ha trabajado menos, pero tiene algunos títulos, como El universo de Óliver y, sobre todo, ¿Es el enemigo? La película de Gila, para nuestro gusto su mejor film.
Nos da la impresión de que esta serie documental, La más grande, ha sido un encargo que Morante ha llevado a cabo escrupulosamente, de forma tan correcta como quizá también poco arriesgada; seguramente es lo que se le pedía, pero da la impresión de que podía haberse sacado más partido del proyecto.
Llama la atención, de entrada, que la narración se le haya encargado a Daniela Vega, actriz trans chilena que alcanzó popularidad por su protagonismo en Una mujer fantástica (2017), que ganó el Oscar. El enigma de cuál es la relación de Vega con Jurado se desvela en el último capítulo, prácticamente en los últimos planos, y la verdad, nos parece que está pillado con alfileres. En cualquier caso, es un pero menor, que no interfiere en el documental.
Lo que si es más relevante es que entre los productores ejecutivos figure Rocío Carrasco, única hija biológica de la cantante (tuvo otros dos adoptados con su segundo marido, el torero Ortega Cano), que además aparece con profusión en imagen, como es lógico, teniendo en cuenta que ella es, probablemente, la persona que mejor conoció a la Jurado, por obvias razones. Pero cuando estamos ante lo que se suele denominar una “biografía autorizada”, como es el caso, se corre el riesgo de obviar aquellas zonas de sombra que, como todos los seres humanos, puede tener la biografiada, y aquí, desde luego, no hay absolutamente nada negativo, ni por asomo, sobre “la más grande”. En este sentido, se echa en falta un poco más de equilibrio, una cierta ecuanimidad, hablar de los errores que, como todos, también cometería Rocío, en su obra y en su vida, y eso la haría aún más grande, porque la humanizaría.
La miniserie está dividida, como decíamos, en cuatro capítulos, que aquí llaman un tanto pomposamente “actos”, a la manera del teatro, lo que no se entiende tampoco demasiado porque la chipionera, que sepamos, no hizo nunca teatro, aunque sí varias películas. Esos cuatro “actos” presentan las cuatro etapas esenciales de su vida: la primera, sus inicios en Chipiona, en una familia modesta, sus primeros éxitos como cantante siendo aún una niña, su marcha a Madrid con su madre a intentar triunfar; en el segundo veremos su vida amorosa, con el empresario valenciano con el que estuvo unida durante 12 años hasta que, visto que éste no tenía intención de casarse para tener prole, la Jurado lo dejó; su boda con el boxeador Pedro Carrasco, el nacimiento de Rocío Carrasco (entonces conocida en el “couché” con el más bien guasón hipocorístico de Rociíto); el tercero se dedica a la ruptura matrimonial con el boxeador y su posterior romance, boda incluida, con el torero; y el cuarto incluye, esencialmente, sus problemas con el acoso de la prensa del corazón, y, finalmente, su enfermedad, con un efímero resurgir en un último y espectacular concierto en RTVE, y su muerte pocos meses después.
La serie tira con frecuencia de archivo, como es habitual en estos casos, aunque no se puede decir que se aporte material inédito o poco conocido. También tendremos las consabidas entrevistas, intermitentemente introducidas en el metraje para ir glosando la vida y la obra de la diva, con gente que la conoció bien, como los compositores Manuel Alejandro (crucial en muchas de sus canciones más populares) o Juan Pardo, y también (y esto debe ponerse en el haber de Morante como director) se incluyen de vez en cuando algunos planos en los que se manipula digitalmente fotos antiguas y se las anima, en un recurso muy moderno e interesante, combinado también con dibujos de un premeditado corte muy naïf, siempre con temas relacionados con la vida de la cantante. Por supuesto, hay un adecuado uso de las canciones de Rocío para ilustrar momentos esenciales de su vida, como su separación de Pedro Carrasco (escuchar aquí su “Agua que no has de beber/ déjala correr” es esclarecedor…), pespunteando el documental con estrofas de sus canciones que vienen al pelo de lo que se nos está contando.
Pero, en el fondo, la pregunta es: ¿cuál es el concepto? ¿Qué se nos intenta decir con esta miniserie documental? Porque hay algunas cosas que podrían ir en esa dirección, como la persistente dicotomía que, sobre todo en boca de Rocío Carrasco, existía entre Mohedano y Jurado, entre la chipionera, la mujer tradicional y familiar, y la diva, la poderosa cantante aclamada en medio mundo; también se intenta hacer una cierta analogía entre Rocío y la evolución de España desde el franquismo a las libertades democráticas, haciendo ver cómo la Jurado también contribuyó, ampliando su registro de la copla y el flamenco hasta la balada y la canción romántica, y cambiando la bata de cola por el traje de noche y las sofisticadas puestas en escena, a esa metamorfosis social que se produjo en España entre las décadas de los setenta y los ochenta del pasado siglo.
Veremos también algunas declaraciones de la cantante que hablan de lo avanzado de sus ideas, como su apoyo al feminismo en los años setenta o a las personas LGTBI, cuando en España (como en el resto del mundo) seguía existiendo una generalizada homofobia social y ambiental.
Así las cosas, nos parece que a los fautores de la miniserie se les escapa vivo el personaje (valga la frase hecha…), al no captar su esencia, reduciéndose en buena medida a la dicotomía que expresa Rocío Carrasco sobre las almas Mohedano y Jurado de su madre, que repite en varias ocasiones, algo que sirve tanto para Rocío Jurado como, seguramente, para cualquier otro artista. A ratos demasiado académica, la miniserie se ajusta pulcramente a los cánones del biopic autorizado, con las consabidas entrevistas con personas que trabajaron con ella, más material de archivo, y la guinda de las imágenes digitalmente animadas, pero se echa en falta material poco o nada conocido, pareciéndonos que todo lo que se nos ofrece es de dominio público.
A pesar de todo, queda el correcto trabajo de Morante en la dirección, profesionalmente irreprochable, y sobre todo queda la presencia, y la fascinante voz, de una mujer que, ciertamente, ha sido una de las artistas españolas más influyentes del siglo XX, una cantante de las que verdaderamente quedan en el recuerdo. Y es que, como decía la canción que ilustra la secuencia de la defunción de la diva, “Aunque me voy/ no me voy…”.
(04/08/2026)