30/07/2026
La Guerra de Secesión (también conocida como Guerra Civil de los Estados Unidos) es otro de los grandes hechos que han marcado (y diría que siguen marcando, de forma latente) la Historia del país de las barras y estrellas. Su incidencia en cine y televisión ha sido importante, aunque si lo comparamos con otros grandes acontecimientos de la vida estadounidense (por ejemplo, la Conquista del Oeste), podría decirse que pierde claramente, incluso por goleada, aunque es una de las claves para entender el país incluso hoy día. Por cierto que, con bastante frecuencia, las películas y series más relevantes que vamos a glosar están hechas desde la perspectiva de los sudistas, en lo que no sabemos si será un lapsus freudiano o qué…
Los hechos
El germen de la Guerra de Secesión estuvo en la cuestión de la esclavitud, aunque hubo otras pulsiones menos evidentes pero que también influyeron en que se desencadenara el conflicto bélico. En aquel tiempo estaba en marcha ya, desde mediados del siglo XIX, el llamado Destino Manifiesto, la masiva creencia popular de que las tierras al Oeste pertenecían por derecho divino al pueblo de los Estados Unidos; la élite gobernante del país, mayoritariamente de los estados del Norte, donde se había abolido la esclavitud a principios del siglo, eran partidarios de establecer en los nuevos estados que se fueran incorporando a la Unión la abolición de la esclavitud, lo que, a la larga, supondría, de hecho, la abolición en todo el país, al ser muchos más los estados que no permitían esa abyecta práctica que los que sí lo hacían. Cuando Abraham Lincoln gana las elecciones en 1860, con un programa netamente abolicionista para todo el país, diez estados del Sur (Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana, Texas, Virginia, Arkansas, Carolina del Norte, y Tennessee) se declararon independientes del resto de la nación. La guerra comenzó el 12 de abril de 1861, con el ataque de la ya entonces denominada Confederación de Estados Americanos contra una fortificación “unionista”, adjetivo que, además de yanqui y nordista, calificaba a los partidarios del Norte. La contienda se extendió durante cuatro años, hasta el 26 de mayo de 1865; durante ese tiempo se desarrollaron una serie de batallas que fueron progresivamente confirmando que los nordistas eran muy superiores a los sudistas, a los que fueron derrotando sucesivamente en enfrentamientos como el llamado Frente de Vicksburg, que partió el Sur en dos mitades (recordemos el clásico “divide y vencerás”…), la fundamental batalla de Gettysburg, la caída de Atlanta, y la definitiva batalla del Appotomatox. Por la parte unionista o yanqui descollaron en la dirección militar sobre todo el general Grant, que llegaría a ser presidente de los Estados Unidos, y por la parte sudista la figura preeminente sería la del general Lee. El conflicto bélico, que preanunció las grandes matanzas de las dos Guerras Mundiales del siglo XX, se saldó con un balance de muertos en torno a los 700.000, calculándose que el norte perdió al diez por ciento de sus varones durante la guerra, y el sur en torno al treinta por ciento. La Proclamación de la Emancipación a primeros de 1863 por el gobierno de Lincoln, que abolía la esclavitud en todos los estados del país (incluidos los sureños) fue la confirmación de que la guerra, a esa altura, ya tenía todos los visos de ser ganada por los yanquis.
Las películas y las series
Aunque podríamos empezar la revisión de los títulos más significativos de la Guerra de Secesión en cine y televisión con El nacimiento de una nación (1915), de Griffith, el hecho de que ya la hayamos comentado en el capítulo III de esta serie de artículos, el relativo a la esclavitud, nos libra de ello, y podemos así hacerlo con otra obra maestra, afortunadamente sin los muchos inconvenientes (siendo benévolos) de hablar de un film tan espléndido en la forma como abyecto en el fondo (ese tratamiento asquerosamente racista…); hablamos de El maquinista de la General (1926), una de las grandes pelis de Buster Keaton, en la que quizá un tanto sorprendentemente nuestro hierático héroe encarnaba a un maquinista confederado, cuando él, nacido en Kansas, era de un estado nordista; pero ya sabemos que en cine todo es posible, incluso que un yanqui haga de sudista… Pero aquí no hay, afortunadamente, nada racista, sino una divertidísima e inteligentísima historia contada a ritmo endiablado por Keaton, tanto como director como protagonista, una de esas pelis por las que el tiempo no ha pasado, en una historia, como casi todas las de Buster, en la que habrá una historia romántica como fondo de una prodigiosa peripecia llena de escenas de acción a cual más ingeniosa.
Saltamos a finales de la década siguiente para encontrarnos con uno de los grandes melodramas de los años treinta, Jezabel (1938), una de las cumbres de William Wyler, de nuevo ambientado en el irredento sur, en plena Guerra de Secesión, centrada en el personaje de una mujer tan libre (para la época…) como, en el fondo, caprichosa y manipuladora, y cómo su actitud rebelde terminará por destruir su vida y la de las personas a las que (se supone…) quiere. Una historia de retaguardia, entonces, porque de la guerra como tal se habla pero no se muestra…
También la legendaria Lo que el viento se llevó (1939), con dirección nominal de Victor Fleming (aunque en la puesta en escena metió mano medio Hollywood…), está localizada en el sur que buscó la secesión en la guerra homónima, en una plantación, la famosa Tara, donde la familia dueña del lugar pasará por graves vicisitudes a consecuencia de la Guerra Civil, siempre como fondo de la historia de la protagonista, esa Scarlett que interpretaba Vivien Leigh, y sus amores con Rhett Butler, o sea, Clark Gable, aquí el tipo más cínico que conocieron los tiempos, en un fastuoso espectáculo que se consideró, en su momento, como el epítome del cine ambientado en la Guerra de Secesión.
Con menos moños pero también interesante nos encontramos poco después con Oro, amor y sangre (1940), del gran Michael Curtiz, donde nos encontraremos a un oficial yanqui, Errol Flyn, que escapa de una cárcel sudista para enterarse posteriormente de que el jefe de la prisión de la que se fugó va a comandar un convoy con oro para los confederados, así que se lo ponen, como vulgarmente se dice, a huevo: vengarse del felón que lo mantuvo entre rejas y menoscabar la capacidad de financiación del Sur, todo ello con un reparto de lo más apañado, desde Randolph Scott a Miriam Hopkins, pasando por un Humphrey Bogart que aún no había saltado a la popularidad con El halcón maltés.
A finales de esa década tenemos otra muestra del cine ambientado en la Guerra de Secesión, Raíces de pasión (1948), con dirección del aplicado artesano George Marshall, con una pareja de lo más aparente, Van Heflin y Susan Hayward (ella era bastante mejor intérprete que él, como sabemos…), en una historia que de nuevo se localizaba en el Sur, pero con la peculiaridad de que la protagonista, siendo sureña, se siente ideológicamente más próxima a las ideas del Norte, lo que resulta un grave problema cuando su prometido se alista con la Confederación…
John Huston también aportaría su granito de arena al tema en Medalla roja al valor (1951), en un film con un reparto de actores semidesconocidos, y que no tuvo apenas repercusión en taquilla, tal vez porque su planteamiento, lejos de los patrioterismos habituales, se acercaba más a denunciar el horror de la guerra que a ensalzarla. Por su parte, Fort Bravo (1953), de John Sturges, planteaba su historia en el contexto de un campo de prisioneros confederados, la fuga de un grupo de ellos, y la persecución que iniciará un estricto capitán yanqui, un William Holden en plena madurez, secundado por una de las grandes actrices del Hollywood clásico, la exquisita Eleanor Parker.
El tema del pacifismo aparece a mediados de esa década de los cincuenta en otra de las grandes películas humanistas de William Wyler, La gran prueba (1956), con Gary Cooper como jefe de un clan de cuáqueros, esa comunidad cristiana cuyas características fundamentales son el rechazo de toda violencia y de todo rito religioso; cuando el hijo del patriarca se alista en el ejército, tenemos un problema… Además de Cooper estaba, en el papel del vástago, un jovencísimo Anthony Perkins al que le faltaban unos años para colocarse la peluca con moño de su madre en Psicosis…
De nuevo Michael Curtiz, aquel húngaro que hizo historia en Hollywood (Casablanca lleva su firma, nada menos…), aunque dicen que hablaba un inglés que parecía cualquier lengua menos la de Shakespeare, incidiría en la Guerra de Secesión con El rebelde orgulloso (1958), con Alan Ladd y (quizá como amuleto o talismán…) Olivia de Havilland, que estuvo en Lo que el viento se llevó, en una historia que, tangencialmente, tiene relación con la Guerra Civil, al ser una de sus barbaridades la que provoca la mudez de un niño, al que habrá que intentar curar, en un camino lleno de dificultades…
John Ford también echó su cuarto a espadas en el tema en su Misión de audaces (1959), con su sempiterno John Wayne al frente del reparto, más William Holden, que tampoco era manco, en una historia en la que vemos cómo el ejército yanqui se tiene que infiltrar en territorio sudista en una peligrosa misión, en la que la parte humanista la pondrá el personaje de Holden, que hace de médico. Por su parte, y ya que hemos citado a John Ford, El valle de la violencia (1965) está dirigida por Andrew V. McLaglen, hijo precisamente de uno de los actores fetiche de reparto del gran cineasta irlandés, Victor McLaglen, en una película que contó con el siempre carismático y estupendo James Stewart, y con un Doug McClure cuyo nombre hoy no nos dice nada, pero que a los sexagenarios (y de ahí para arriba…), si decimos que interpretó el personaje de “Trampas” en El virginiano, seguro que se acuerdan…
Damos un salto de dos décadas para irnos a mediados de los años ochenta, donde nos encontramos con una serie, Norte y Sur (1985), que tuvo gran repercusión, con un importante éxito de audiencia. Con dirección del especialista en cine de acción Richard T. Heffron, sus 15 episodios ponían en imágenes una historia incardinada en la Guerra de Secesión, con dos protagonistas amigos que, sin embargo, pertenecen cada uno a un bando, lo que sin duda será un problema para su amistad… Esos dos personajes estaban incorporados por Patrick Swayze, que posteriormente gozaría de gran fama, para morir prematuramente, y James Read, que ciertamente no alcanzó, ni de lejos, esa popularidad; en la serie había también un nutrido elenco de actores y actrices interesantes, desde la clásica Jean Simmons, a los más jóvenes David Carradine y Lesley-Anne Down.
A finales de los años ochenta, ya con una nueva mirada hacia los norteamericanos de raza negra, que por aquel entonces empezaban a ser tratados en cine (y en la vida) como personas de primera y no de segunda, se rueda Tiempos de gloria (1989), un film de Edward Zwick que contaba la verídica historia (magnificada para la ocasión, por supuesto) del primer regimiento de negros reclutado para luchar en la Guerra de Secesión, haciéndose hincapié en la resistencia ¡de los nordistas! a tener como iguales en la batalla a sus semejantes de piel oscura, hasta que legalmente se pudo (o no se tuvo más remedio que…) hacer, si bien ello introducía una variable tan heroica como, en el fondo, aborrecible: entonces los negros también podían morir en la guerra como sus altivos hermanos blancos, qué maravilla de igualdad (espero se note el retintín irónico…). Con la retórica patriotera (y supuestamente antirracista) típica de su momento histórico, lo mejor era sin duda los intérpretes, con Denzel Washington (que consiguió su primer Oscar) y Morgan Freeman por la parte de los negros, y Matthew Broderick y Cary Elwes por la parte de los rostros pálidos.
Gettysburg (1993) ya indicaba en su título que su tema era la sangrienta batalla que tuvo lugar en 1863, y que a la postre seria decisiva en el curso de la Guerra de Secesión. Producida por el magnate Ted Turner, se rodó como un largometraje de 4 horas y media, teniendo el récord de película comercial más larga estrenada nunca en Estados Unidos, aunque después volvió a su concepción de origen, distribuyéndose como miniserie. Dirigida por el más bien oscuro Ronald F. Maxwell, ponía su énfasis en los durísimos enfrentamientos armados entre los dos ejércitos, en una matanza en la que, en tres días, murieron o fueron heridos de consideración unos 50.000 hombres, todo ello con un apañado elenco de actores: Jeff Daniels, Martin Sheen, Tom Berenger, Sam Elliott…
El chino taiwanés Ang Lee, ecléctico como él solo, sería el director de Cabalga con el diablo (1999), que presentaba una circunstancia poco conocida de la conflagración civil entre sudistas y nordistas, el hecho de que, en la retaguardia de los yanquis, grupos de partidarios de la Confederación (ergo de mantener la esclavitud…) mantuvieron una sorda guerra de guerrillas contra los unionistas, centrándose la historia en dos amigos que, unidos a los esclavistas, pronto se percatarán de la tremenda crueldad y absurdidad de la guerra, con un interesante reparto en el que destacaban jóvenes como Tobey Maguire (antes de ser Spider-Man) y veteranos como Tom Wilkinson.
Dioses y generales (2003) está dirigida por el mismo cineasta de Gettysburg, seguramente por la gran repercusión de ésta en su pase televisivo, aquí también con Turner en la producción. Para la ocasión se amplió el marco temporal para abarcar los primeros años de la Guerra Civil, entre 1861 y 1863, recreando algunas peripecias de ese período, y de nuevo con repartazo: además de Jeff Daniels, que repite, estaba el gran Robert Duvall, y también Mira Sorvino, que ya había ganado el Oscar pero también el ostracismo profesional por el boicot que le deparó el canalla Harvey Weinstein por no acceder a sus (nunca mejor dicho…) torpes deseos.
La retaguardia es también el ámbito espacial en el que se desarrolla Cold Mountain (2003), dirigida por Anthony Mingella, con un repartazo (Nicole Kidman, Renée Zellwegger, Jude Law, Donald Sutherland, Natalie Portman, Philip Seymour Hoffman…), en una historia ambientada en la retaguardia sudista, ya al final de la Guerra Civil, con una propiedad sureña donde sus habitantes las están pasando canutas (sí, como Scarlett en Lo que el viento se llevó…), y el novio de la prota, militar confederado, que las pasa también bastante mal para poder regresar a su tierra (esto recuerda a Odiseo, pero sin sirenas ni cíclopes…), en un film que buscaba reencontrar el tono poético que Minghella imprimió a El paciente inglés, pero en el contexto de la Guerra de Secesión.
Los nuevos tiempos, mucho más abiertos y desprejuiciados, también han llegado al tratamiento de la Guerra Civil norteamericana. Lo podemos ver en Los hombres libres de Jones (2016), dirigida por el interesante Gary Ross, con estrellas como Matthew McConaughey y Mahershala Ali, que narra una historia basada en hechos reales, la de un granjero de Misisipi que, en el transcurso de la contienda, harto de soportar las crueldades de unos y otros, creó, junto a otros pobladores de la zona del Condado de Jones, un estado libre, situación que duró un año y medio, entre 1863 y 1865, cuando la Unión, tras derrotar a las tropas confederadas, ocupó la zona y acabó con aquella efímera utopía, una comunidad de hombres y mujeres iguales, con independencia de su raza u origen.
Ilustración: Una imagen de la película Tiempos de gloria (1989), de Edward Zwick
Proxima entrega: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La Conquista del Oeste (V)