13/07/2026
La Guerra de la Independencia constituye el hecho fundacional sobre el que se cimenta la nación norteamericana: con ella nacen los Estados Unidos de América como estado de pleno derecho, presentando además por primera vez en el mundo una democracia que (con sus evidentes imperfecciones) fue copiada prácticamente en todo Occidente, e incluso en otros continentes, dando lugar a las actuales democracias burguesas. Sin embargo, a pesar de la importancia capital de este acontecimiento histórico, lo cierto es que el cine no se hecho demasiado eco del mismo, lo que ya resulta raro teniendo en cuenta el chovinismo de los norteamericanos, tan grande (yo diría que incluso más…) como el de los creadores del término, obviamente los franceses. Porque, como ya hemos comentado en más de una ocasión, somos de la opinión de que en el país de la bandera de las barras y estrellas, la religión mayoritaria no es el cristianismo (en ninguna de sus variantes, desde el catolicismo hasta las diversas formas del protestantismo), sino lo que podríamos llamar “el (norte)americanismo”, una religión profana cuyo dios es el propio país, los Estados Unidos, y su profeta el presidente de turno de la nación.
Una postura como decimos cuasi religiosa (o sin el cuasi…) hacia el país, que no deja de ser chocante, por decir algo, cuando ni la propia nación tiene un nombre en sentido estricto, porque Estados Unidos de America no es sino la enunciación de que el país lo forma un grupo de estados situados geográficamente en América…
Los hechos
En la guerra franco-británica que tuvo lugar entre 1756 y 1763, el Reino Unido consiguió la victoria, para lo cual fue fundamental la ayuda de las 13 colonias que la Rubia Albión mantenía en lo que actualmente es el Este de Estados Unidos. Pero aquella contribución de las 13 colonias no solo no les sirvió a éstas en términos económicos, sino que además la Corona les subió los impuestos para cuadrar las cuentas del reino, muy deterioradas tras los gastos bélicos. Aquella subida de impuestos supuso un gran descontento en las 13 colonias, que se manifestaron en Boston, a pesar de lo cual Gran Bretaña hizo oídos sordos. A ese descontento económico se sumó también el político, plasmado en la falta de representación que las 13 colonias tenían en Londres, crítica que los dirigentes coloniales plasmaron en el eslogan “Sin representación no hay impuestos”.
Esas 13 colonias eran: Massachusetts, New Hampshire, Rhode Island y Providence, Connecticut, Nueva York, Pensilvania, Nueva Jersey, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia. Tras varios conflictos con los hombres del rey, las 13 colonias expresaron su descontento con la metrópoli por la subida de impuestos (que en realidad fue la excusa, el detonante de un sentimiento de independencia), con la creación de un ejército propio que comandó George Washington, y poco después, con la Declaración de Independencia solemnemente suscrita el 4 de julio de 1976.
Como era de prever, el Reino Unido no se quedó de brazos cruzados y reprimió con dureza la sublevación, lo que hizo que la determinación por parte de los colonos de ser independientes se acrecentara. La guerra entre los sublevados y la Corona británica se conoce como Guerra de Independencia de los Estados Unidos, durando desde 1775 a 1783; los rebeldes recibieron ayuda, por razones estratégicas (debilitar a su rival en Europa), tanto de España como de la Francia de Luis XVI, cuyo régimen monárquico caería pocos años después tras la Revolución Francesa. Durante esos 8 años las fuerzas británicas y de los colonos se enfrentaron en diversas batallas; una de las primeras más importantes fue la de Trenton, mientras que la posterior de Saratoga confirmó que los colonos tenían muchas posibilidades de vencer en el conflicto bélico, lo que fue rematado posteriormente en Cowpens y, sobre todo, en Yorktown, donde las fuerzas combinadas de rebeldes y franceses asestaron el golpe de gracia al ejército británico. En aquella guerra, y también en la consolidación del nuevo estado, conocido oficialmente como Estados Unidos de América, fueron fundamentales nombres como los de los militares George Washington y Horatio Gates, el diplomático Benjamin Franklin, y los políticos Thomas Jefferson (autor de la Declaración de Independencia) y John Adams.
Las películas y las series
Lo cierto es que, siendo la Guerra de la Independencia un hecho capital en la Historia de Estados Unidos, su presencia en el cine y la televisión, como hemos dicho, es relativamente corta, con un número de producciones bastante modesto para la enjundia del tema, y con lo que le gusta a los yanquis esto de automedallearse y ponerse moños… Hemos seleccionado once títulos, en el conjunto de los cuales, siempre con los ropajes de la ficción, se ofrece una visión más o menos caleidoscópica de la Guerra de la Independencia, o de algunas de sus vicisitudes, y también, claro está, de ejes esenciales del país como la Declaración de Independencia proclamada el 4 de julio de 1776, cuya efeméride por su bicentenario y medio celebramos con esta serie de artículos.
Por fecha de producción, la primera peli que vamos a comentar es América (1924), rodada por uno de los grandes cineastas norteamericanos de la época, D.W. Griffith (un gran racista también, pero esa es otra historia…), que contaba una trama amorosa desarrollada entre dos personas que militan a ambos lados de la trinchera: él, partidario de la nueva nación; ella, realista, partidaria de mantenerse unidos a la Corona británica: el amor entre opuestos, todo un clásico del género romántico…; todo ello basándose en la novela The reckoning, de Robert W. Chambers, y con el conflicto bélico entre colonos e ingleses de fondo, con gran alarde de escenas de masas (lo que le gustaba a Griffith ese tipo de escenas…) y un elevadísimo presupuesto, que, sin embargo, fue un estruendoso fracaso económico, enterrando con ello un tipo de cine mudo que se apoyaba fundamentalmente en esas grandes escenas de masas y utilización de miles de extras.
De la década de los años treinta hemos seleccionado un clásico de John Ford, Corazones indomables (1939), ambientado en los comienzos de la guerra, con Henry Fonda y Claudette Colbert como incipientes norteamericanos, en una película que combinaba la aventura con el previsible aliente patriótico, típico en Ford, por supuesto, aunque aquí el cineasta de orígenes irlandeses aún no había alcanzado la madurez de sus grandes obras maestras de las posteriores décadas.
En los cincuenta nos encontramos con Los inconquistables (1947), dirigida por un ya veterano Cecil B. de Mille, con Gary Cooper al frente del reparto, completado por una miríada de grandes actores: Paulette Goddard, Boris Karloff, Ward Bond…, en una historia que sucede años antes de la Guerra, pero en la que aparecen algunos personajes que tuvieron un papel decisivo en ese conflicto, como George Washington, que sería el primer presidente de la joven nación. Aquí el contexto bélico y aventurero se centra más en las luchas entre los colonos (los futuros ciudadanos norteamericanos) y los nativos, los amerindios, que por supuesto en esta época todavía aparecían en el cine como unos tíos más malos que la quina, y no como lo que eran, los primitivos habitantes de las tierras que fueron arrollados por aquellos presumidos blanquitos…
John Sturges, uno de los cineastas del Hollywood clásico que mejores wésterns hacía (aparte de los maestros Ford, Hawks y Mann, por supuesto, que, como diría el ministro tuitero Óscar Puente, eran los putos amos del género…), rodó a mediados de los años cincuenta Duelo de espías (1955), basada libremente en una historia real, un (como dice el título español) duelo de espías, uno de cada bando, el del Ejército Continental (nombre que tomó la milicia de las 13 colonias), interpretado por Cornel Wilde, y el de la Corona Británica, que encarnó Michael Wilding, todo ello con el trasfondo histórico real de la traición de Benedict Arnold, que conspiró para entregar West Point a los ingleses.
Johnny Tremain (1957), basada en una entonces famosa novela juvenil de Esther Forbes, fue producida por Disney, siendo la primera película de acción real (vamos, no animada) de la Casa del Ratón, con su director “de cabecera”, Robert Stevenson, a los mandos, en una aventura muy infantil, que tenía como peculiaridad poner en imágenes algunos hechos fundamentales de la progresiva desconexión de las 13 colonias de la metrópoli británica, como el Motín del Té de Boston, o presentar al joven protagonista enrolado en la que fue la red clandestina de resistencia de los colonos, los Hijos de la Libertad.
La Guerra de la Independencia se libró en tierra, por supuesto, pero también en mar, y de ello habla El capitán Jones (1959), producida por Samuel Bronston (el que años después rodaría en España pelis como El Cid o 55 días en Pekín), con John Farrow, el padre de Mia Farrow, a los mandos, con un reparto de lo más apañado: además del “intocable” Robert Stack estaba nada menos que Bette Davis y Peter Cushing, en una historia que cuenta la azarosa historia de John Paul Jones, uno de los grandes héroes de la Armada Continental, nombre que tomó la fuerza armada marina de los rebeldes colonos, habiendo vencido en varias batallas a los ingleses, aunque de poco le valió porque al terminar la guerra se tuvo que exiliar en Rusia, donde dirigió la Armada de Catalina la Grande…
La película 1776 (1972) presentaba varias peculiaridades, siendo la fundamental su carácter de musical, el primero que se hacía en el marco de la Guerra de la Independencia. Dirigida por Peter H. Hunt (no confundir con Peter R. Hunt, el de 007 Al servicio de Su Majestad…), fue la adaptación a la pantalla de homónimo musical de Broadway, ambientada en Filadelfia en el año de la Declaración de Independencia, en torno a los dimes y diretes que tuvieron lugar en el Segundo Congreso Continental, en el que la facción de John Adams, Benjamin Franklin y Thomas Jefferson, entre otros, impusieron su tesis independentista sobre las otras más conservadoras, todo esto entre los gorgoritos, trémolos y dos de pecho lógicos de una película musical.
A mediados de los ochenta Al Pacino, ya convertido en una estrella, protagoniza Revolución (1985), dirigida por el británico Hugh Hudson, muy de moda entonces tras el éxito de Carros de fuego. La historia, ficticia, se ambientaba en el contexto de la Guerra de la Independencia, con un trampero que, al alistarse su hijo adolescente en el ejército británico, lo hace él también para cuidar de su vástago; cuando ve la cruel forma en la que se comportan los británicos, decidirá cambiar de bando y pasarse a los rebeldes. La película, con vistosas escenas bélicas reproduciendo algunas batallas de la conflagración, fue sin embargo un fiasco comercial y crítico, hundiendo a su productora, Goldcrest, y dejando en el paro a Pacino durante cuatro años, todo ello a pesar de un elenco artístico de lo más apañado, con Donald Sutherland y Nastassja Kinski, entre otros.
Aquel fracaso debió servir como vacuna contra la puesta en escena de pelis sobre la Guerra de la Independencia, porque tenemos que dar un salto hasta comienzos del siglo XXI para encontrar un nuevo título relevante, El patriota (2000), a mayor gloria de su fulgurante estrella, Mel Gibson, con dirección del alemán (afincado en USA desde hace decenios) Roland Emmerich, con una historia no demasiado distinta de la del fiasco de Revolución, con héroe militar de anteriores conflictos bélicos (nuestro Gibson con su mejor pose de Bravehart ahora vestido con casaca…) que no quiere intervenir en esta guerra para cuidar de su numerosa prole, hasta que el mayor de estos, henchido de fervor patriótico, se alista en el Ejército Continental, así que nuestro buen héroe, ¿qué va a hacer? Exacto, lo has adivinado, lector… La peli se desempeñó económica y críticamente bastante mejor que la anterior, así que algo se había avanzado… Eso sí, llovieron las críticas sobre lo malvados que eran los ingleses y lo angelicales que eran los colonos, en una visión muy maniquea (y eso que aún no había llegado Trump a la Casa Blanca…).
John Addams (2008) fue una miniserie de 7 capítulos producida por HBO, creada por Tom Hopper, sobre la mítica figura del que fuera uno de los padres fundadores del país y su segundo presidente, interpretado por el gran Paul Giamatti, que narraba la historia de este prohombre que se dio a conocer, paradójicamente, defendiendo en los tribunales a los soldados británicos acusados de la llamada Masacre de Boston, para después unirse a las fuerzas políticas que llevarían a las 13 colonias a convertirse en una jovencísima república independiente.
Ilustración: Mel Gibson, en una escena de masas de El patriota (2000), de Roland Emmerich.
Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La esclavitud y su abolición. La guerra de Secesión (III)