Rafael Utrera Macías

Llanto poético de Federico por Ignacio 

Aquella curiosa combinación de torero y mecenas artístico que, con tanta fortuna se dio en Ignacio Sánchez Mejías, acaso fue razón suficiente para que un grupo de amigos se reunieran en Sevilla, acogidos en los salones del Ateneo sevillano, y conformaran un conjunto de escritores, que, en función de una específica cronología, permitiría denominarla “generación”, siguiendo las pautas de su precedente “98”, mientras que, para otros, debería denominarse “grupo”. 

Más allá de disquisiciones terminológicas, en función de significantes o significados diversos, es evidente que, el conjunto de escritores reunidos en el mencionado centro cultural sevillano, conformaron un grupo cuyos primeros frutos literarios ya eran muy evidentes y, cuantos estaban por venir, aseverarían la solidez de una agrupación donde el significado de sus trabajos estaba por encima de las citadas disquisiciones más o menos precisas o ambiguas. 


Etapas en la estilística lorquiana

Siguiendo concretos estudios sobre el lenguaje poético de Lorca, pueden señalarse, al menos, tres etapas en la consideración, a grandes rasgos, de su estilística: 
a) la tendencia a la concreción frente a la abstracción; 
b) el predominio de la expresión metafórica y 
c) el uso de la simbolización como el máximo exponente de la intuición poética. 

Esta triada de elementos es obvio que se encuentra dispersa a lo largo de su obra; pero, del mismo modo, puede observarse que, en El llanto…, se reúnen, con ingeniosa intuición, las tres técnicas antes mencionadas. 

Al tiempo, este “planto”, conforma un punto de contacto entre dos periodos diferentes en la obra del poeta: de una parte, la expresión natural de la cosmovisión andaluza; de otra, la estancia neoyorquina como moduladora alternativa a su primitiva concepción expresiva.


Denominación, polisemia

La denominación de “Generación del 27” no es la única etiqueta que ha recibido el grupo de estos amigos escritores; en cualquier caso, se ha privilegiado el término “generación” popularizando así, no solo el mismo “concepto” sino semejante “estructura”, al margen de disquisiciones temporales, estilísticas o de cualquier otra índole. 

Obviamente, tal elemento es meramente denominativo y está lejos de ofrecerse como valeroso aglutinador único de conceptos o definidor de los mismos. Más allá de las fronteras estrictamente literarias, podemos encontrar otras terminologías con igual empeño en la denominación; valgan dos adjetivos para delimitar el término “generación” tomando como línea del horizonte “la modernidad”: (generación) del cine y los deportes. O, saltando a otros novedosos planteamientos, pertenecientes a campos semánticos muy distintos, la tauromaquia o el psicoanálisis, nos darían ocasión de justificar su más que obligada relación. En cualquier caso, no serían los términos citados los únicos que justificarían su familiaridad o parentesco con la materia o especialidad mencionada.


El llanto por Ignacio según Federico 

Aquella curiosa combinación de torero y mecenas artístico que, con tanta fortuna se dio en Ignacio Sánchez Mejías, acaso fue razón suficiente para que un grupo de amigos escritores se reunieran en Sevilla, acogidos en los salones del Ateneo sevillano, y conformaran un conjunto de poetas que, en función de una específica cronología, permitiría denominarla “generación”, siguiendo las pautas de su precedente “98”, mientras que, para otros, debería quedar precisada como mero “grupo”. 

Más allá de disquisiciones terminológicas en función de significantes o significados diversos, es evidente que, el conjunto de escritores reunidos en el mencionado centro cultural sevillano, conformaron un grupo cuyos primeros frutos literarios ya eran muy evidentes y, cuantos estaban por venir aseverarían la solidez de una agrupación donde el significado de sus trabajos estaba por encima de tales disquisiciones más o menos precisas o ambiguas. 

Siguiendo concretos estudios sobre el lenguaje poético de Lorca, pueden señalarse al menos tres etapas en la consideración, a grandes rasgos, de su estilística: la tendencia a la concreción frente a la abstracción; el predominio de la expresión metafórica y, en último término, el uso de la simbolización como el máximo exponente de la intuición poética. 

Esta triada de elementos es obvio que se encuentran dispersos a lo largo de su obra; pero, del mismo modo, puede observarse que, en El llanto…, se reúnen, con su habitual intuición, las técnicas mencionadas. 

Al tiempo, este “planto”, conforma un punto de contacto entre dos periodos diferentes en la obra del poeta: de una parte, la expresión natural de la cosmovisión andaluza; de otra, la influencia de la estancia neoyorquina como alternativa a su primitiva expresividad.

Ilustración: Ignacio Sánchez Mejías, vestido de luces en una corrida de toros.

Próximo capítulo: Generación del 27. Llanto de García Lorca por Sánchez Mejías (y III)