Enrique Colmena

02/07/2026

Ya decíamos que la década de los noventa fue muy fructífera para Loach; así, interesó mucho Ladybird, Ladybird (1994), el desgarrador relato de una mujer con cuatro hijos de diferentes padres abusadores y maltratadores y (lo que en realidad es la clave de la historia, no que tuviera hijos con quien le diera la gana) una inestabilidad emocional y personal que afectaba gravemente a la crianza de esos vástagos, motivo por el que los servicios sociales se los arrebató para darles una infancia mínimamente segura. Cuando la mujer, con su nueva pareja, tenga dos nuevos niños, aunque parece que se ha encauzado razonablemente, el intransigente estado volverá a quitárselos, en lo que es una acre denuncia sobre la falta de humanidad de las instituciones públicas. La película, ambientada en los estratos de clase baja que son consustanciales a la obra loachiana, ganó varios premios en la Berlinale, Chicago y la Seminci de Valladolid, entre otros certámenes.

Tierra y libertad (1995) es una de las pocas películas “de época” que hizo Ken Loach, un film ambientado en la Guerra Civil Española, en una mirada nada complaciente con las luchas intestinas que se desataron en el bando republicano, especialmente en los enfrentamientos entre anarquistas y comunistas, tomando partido Loach por los primeros y poniendo de chupa de dómine a los estalinistas del PCE, cuyas taimadas intenciones para hacerse con el poder entre los combatientes rojos pone en solfa el cineasta inglés, en una película en la que, como ya era una de sus marcas de fábrica, habrá algunas escenas de enfrentamiento de gran violencia verbal y casi física, con toda la pinta de estar improvisadas por los actores. La película, una ambiciosa coproducción con España, entre otros países, contaba con algunos conocidos intérpretes de nuestro país, como Rosana Pastor, Icíar Bollaín y Sergi Calleja, y ganó el César y el Goya a la mejor película extranjera, entre otros premios.

Con La canción de Carla (1996) Loach salta el charco y se va a Hispanoamérica, situando su historia en la irredenta Nicaragua con gobierno sandinista (con Daniel Ortega a la cabeza, en su primera etapa, no en esta segunda donde evidentemente ha perdido la cabeza, si no el alma…) y la en su momento famosa Contra, el ejército contrarrevolucionario que los Estados Unidos del presidente Reagan armó hasta los dientes, con el famoso Comandante Cero al frente (el legendario Edén Pastora, cuya vida y peripecias daría para una serie de varias temporadas…), con la indisimulada intención de derrocar a las autoridades comunistas. La película, que se iniciaba en Glasgow, se centra en un conductor de autobuses al que la palabra rebelde se le queda pequeña, y su relación con una nicaragüense a la que ayudará incluso marchando a su país de origen, donde se encontrará con la terrible realidad del ominoso poder de la Casa Blanca en todo el patio trasero hispanoamericano; claro que si el presidente Monroe dijo aquello de “América para los (norte)americanos” (el paréntesis es mío), ahora Trump dice eso mismo, pero sin el paréntesis…

Ya casi a finales del siglo XX, Loach vuelve al Reino Unido para hacer una de sus mejores pelis de la época, Mi nombre es Joe (1998), donde veremos una de las constantes que, de vez en cuando, aparece en la filmografía loachiana, lo que podríamos llamar el “romance proletario”, la relación sexual, afectiva, sentimental, entre dos desheredados de la fortuna: él, exalcohólico, desempleado, en el último escalón de la sociedad; ella, modesta trabajadora social para la comunidad, tan volcada en su trabajo como en principio renuente a relaciones que traspasen el umbral profesional. Todo ello en una película que demostraba que Loach también sabía hacer “historias de amor”, pero, desde luego, a su muy peculiar manera, y sin perder nunca el norte de la preocupación social, que ha sido su santo y seña desde el comienzo de su carrera.

Ya en el siglo XXI Loach rueda Pan y rosas (2000), dando de nuevo el salto a América, ahora a la mismísima Estados Unidos, para hablarnos de las condiciones de trabajo de los hispanos en el país del Tío Sam; es cierto que aquí a Loach se le fue la mano en el maniqueísmo, con unos empresarios que resultaban ser unos malos de opereta y unos proletarios tan buenos que se pasaban de rosca de buenos que eran, también de listos, aunque fuera para chuscas anécdotas como la de zamparse la chuleta del magnate (gran triunfo para la causa, ciertamente…). La peli vino a confirmar que los vientos americanos no eran del todo propicios para Loach, así que en lo sucesivo procuró quedarse en el Viejo Continente, y a ser posible en el Reino Unido.

Este comienzo de siglo no fue precisamente afortunado para Ken, cuya siguiente peli, La cuadrilla (2001), la historia de un grupo de trabajadores (la cuadrilla del título) de los ferrocarriles estatales, que al llegar la privatización de los entes estatales (que se creyó era la panacea para la economía y el bienestar: vaya vista, miarmas…), se ven abocados a sobrevivir en los entes sucesores de los operadores públicos, con la imaginable precarización y pérdida de derechos de todo tipo. Fue este un film tan justo en su denuncia de la injusticia que supuso aquella privatización salvaje, como endeble en su plasmación cinematográfica, hasta el punto de que la peli pasa por ser uno de sus proyectos más flojos, fiado demasiado de la brocha gorda y el esquematismo que, por supuesto, no forma parte de la realidad, de ninguna realidad.

Con Felices dieciséis (2002) Loach ensayó el melodrama proletario en la pubertad, centrándose en un adolescente escocés cuya madre está en la cárcel, proponiéndose el chico conseguir dinero para, cuando su progenitora salga de prisión, poder alejarla de su novio y de su abuelo, ambos varones tóxicos que le han arruinado la vida; claro que hacer eso en un barrio marginal de Glasgow, y sin apoyo de ningún tipo, no resultará nada fácil… Loach buscó aquí acercarse al complejo mundo de la adolescencia marginal, de la que no tiene futuro ni horizonte más que caer en la droga, el pequeño delito, aunque centrándose en un joven que busca otras perspectivas vitales para sí y para la persona que más quiere en el mundo, su madre… y es que en el fondo, Loach es también un sentimental…

Su época más endeble, ese final de siglo y comienzos del siguiente, se cerrará con otra peli que tampoco tuvo demasiado repercusión, Solo un beso (2004), de nuevo un “romance proletario”, aquí haciendo intervenir el factor racial, cuando en Glasgow (que en esa fecha parecía haberse convertido en su ciudad preferida para rodar) un joven pakistaní, lo que se llama un buen partido, desoye las admoniciones paternas de casarse con una chica de su etnia, al haberse enamorado de una mujer, blanca, irlandesa y católica (vamos, un repóquer de ases para los muy conservadores y tradicionales pakistaníes; nada más que le faltaba que hubiera sido un tío…), en un film que buscaba establecer puentes entre comunidades étnicas tan diversas, pero resultando aquí que las personas que ejercen el racismo son de raza hindú (en su variante pakistaní), no los habituales blancos, lo que desde luego, mostraba una perspectiva hasta entonces todavía bastante novedosa, aunque hoy ya no tanto. La peli, sin embargo, tampoco tuvo apenas repercusión.

Pero a partir del segundo lustro de esa primera década del siglo XXI las cosas cambiarán para Loach, como veremos en el siguiente y último capítulo.

Ilustración: Una imagen de la película Tierra y libertad (1996), de Ken Loach.

Próximo capítulo: Los 90 años de Ken Loach, el cineasta del compromiso social por excelencia (2006-2023) (y III)