C I N E E N S A L A S
Hay toda una nueva y prometedora generación de cineastas colombianos que en los últimos años viene presentando sus credenciales en el cine mundial. Hablamos, por ejemplo, de Laura Mora Ortega y sus potentes Matar a Jesús (20174) y, sobre todo, Los reyes del mundo (2022), pero también del originalísimo Theo Montoya y su poética Anhell69 (sic, 2022), y de Alejandro Landes y su Monos (2019), entre otros. Ahora habrá que sumar el nombre de Simón Mesa Soto (Medellín, 1986), formado en la Universidad de Antioquia y posteriormente en la London Film School, que consiguió hace unos años la proeza de recibir la Palma de Oro de Cannes para su Leidi (2014), un corto de 16 minutos que ya marcaba su interés por historias pequeñas pero universales, aquí la adolescente ya madre que busca desesperadamente al padre de su bebé cuando se entera de que lo han visto con otra. Simón debutó 8 años más tarde en el largo con Amparo (2022), de nuevo una historia incardinada en su Medellín natal, donde rueda todas sus películas, con una madre coraje que, en el escaso lapso de un día, tendrá que impedir la leva forzosa de su hijo para llevarlo a la selva como soldadito (y no de Pavía…), donde le espera un (in)cierto futuro en la infructuosa lucha del estado contra las narcoguerrillas, un film que arrasó en los premios Macondo (los Goyas de Colombia) con siete laureles de los ocho a los que optaba, además de conseguir premios en varios festivales, como (de nuevo) Cannes, Chicago y La Habana, entre otros.
Con su segundo largo, este Un poeta, Mesa Soto vuelve a sorprender con una historia peculiarísima, la de un pobre diablo, Oscar Restrepo, un cincuentón al que vitalmente se le ha pasado el arroz: en su juventud escribió algunos libros de poesía que tuvieron cierta repercusión, pero los años pasaron y no triunfó, y ahora vive con su madre, ya muy mayor, emborrachándose con frecuencia, repudiado por su hermana que no entiende cómo no hace nada con su vida; ésta consigue que Oscar se emplee en un instituto de enseñanza secundaria, donde nuestro poeta conoce a Yurlady (estos peculiares nombres que se gastan en Hispanoamérica…), una adolescente que le muestra un cuaderno donde escribe poesías que hacen ver a nuestro bardo que hay un gran potencial en la chica. Entonces convence a la abuela de la muchacha, que actúa como guía de una familia desestructurada, para que la deje llevarla a una escuela de poetas, aunque la propia chiquilla no está demasiado entusiasmada con el tema…
Como el resto de su todavía escasa obra, Un poeta es, esencialmente, un film de corte realista, de un realismo que a veces se torna en atroz naturalismo, especialmente cuando se acerca al panorama familiar de Yurlady, con abuela como cabeza del clan, madre empleada como interna cuidando casas ajenas, y una recua de adolescentes o jóvenes ya cargados de bebés, en un hogar donde solo entra el modesto salario de la madre y en el que se amontonan abuela, tío, hermanos, yernos y bebés. Pero sobre todo es un retrato tan tierno como desesperado de un pobre hombre cuyos sueños de triunfar como poeta hace tiempo que se apagaron, un hombre que admira sobre todo y sobre todos al malogrado José Asunción Silva, poeta maldito donde los haya, un poeta que se pegó un tiro en el corazón, víctima de una profunda depresión, al perder gran parte de su obra en un naufragio y profesar un amor no precisamente fraterno hacia su hermana.
Cuando Oscar Restrepo, en su nueva función como docente, descubre el talento de Yurlady, concebirá la idea de triunfar vicariamente, de conseguir el éxito descubriéndola para el mundo, y eso será, en buena medida, a través de una serie de catastróficas desdichas (gracias, Daniel Handler), su perdición, cuando resulte acusado falsamente de conducta inapropiada con la emergente (y renuente…) poeta, en una película que juega inteligentemente con referentes literarios, como ese corazón que se pinta en el pecho Oscar cuando, deprimido, fantasea suicidarse justamente como su admirado José Asunción Silva, que se hizo marcar la zona del órgano vital humano por parte de un médico para asegurarse de no marrar el tiro e irse para el otro barrio. Son también frecuentes las alusiones a otros escritores, como García Márquez, pero sobre todo a Bukowski, al que se cita en varias ocasiones, confirmando que nuestro Oscar es, en buena medida, una especie de Bukowski en Medellín, que habla con el suave acento español de los colombianos, un poeta borrachuzo (o borracho directamente, sin ambages…), desaliñado (cuando no directamente sucio y desgreñado), un trovador que, en el caso de nuestro Restrepo, se debate entre su frustración por no haber triunfado en lo que es, sin duda, su vocación más acendrada, la de poeta, y la vía más realista, pero también más prosaica, de ganarse la vida dando clases a un puñado de chicos a los que lo que les cuenta no les interesa lo más mínimo. Por eso el descubrimiento del talento de Yurlady será para él su posibilidad de redención, de conseguir el triunfo por persona interpuesta, sin saber que el destino siempre conspira contra los infelices.
Un poeta es, en buena medida, una cierta radiografía de una clase social baja que intenta sobrevivir como puede, cargada por la inercia de la vida, con todos los miembros de la familia arremolinados en una infravivienda, con jóvenes ya cargados de hijos, todos con un pavoroso porvenir, un lugar donde el ascensor social ni está ni se le espera. Pero es también, y quizá de forma preeminente, el retrato de un soñador cuyos sueños se fueron por el desagüe del paso de los años y la incomparecencia del triunfo, unos sueños que presentirá que finalmente podrá cumplir, aunque a través de otra persona, pero cuya capacidad para ser un problema ambulante (como lo define el director de la escuela de poetas donde lleva a Yurlady) lo convierte en una metafórica caja de bombas cuyas desacertadas decisiones, una tras otra, le conducen al desastre. Hay también, aunque de soslayo, una cierta crítica, sutil pero evidente, hacia los clubs de enseñanza de poesía del país, vistos aquí más como una forma de medrar para sus dirigentes que como una forma real y eficaz de descubrir nuevos talentos de la lírica.
Mesa Soto, el director, ha optado por rodar su película en formato de 16 milímetros, lo que confiere al film, con toda intención, una peculiar fisicidad, un realismo no impostado, no hay ni rastro de esa falsedad digital hoy día tan habitual en cine y series.
Muy interesante película esta Un poeta, aunque es cierto que le cuesta un tanto entrar en materia. Pero cuando lo hace, la cinta vuela, y de qué forma, con una puesta en escena que busca la invisibilidad, una invisibilidad muy personal, si se nos permite ese cierto oxímoron. Simón Mesa se confirma así como uno de los más estimulantes cineastas colombianos de la nueva hornada, un director que hace un cine en el que se dan la mano el realismo y los castillos en el aire, pero sobre todo el ser humano, en especial el ser humano de baja extracción social, ese que tiene todas las papeletas para llevarse todas las guantás del mundo…
Gran trabajo del protagonista, Ubeimar Ríos, actor no profesional que se dedicaba hasta ahora precisamente a la docencia como profesor de Filosofía, a lo que ha dedicado 30 años de su vida, y que aquí, más con intuición que con la técnica de la que obviamente carece, consigue una interpretación curiosísima, la de un pobre diablo sobrepasado por su fracaso existencial y por las peripecias que le suceden cuando intenta redimirse mostrando al mundo el talento de alguien que (en contra de lo que le sucede a él) sí lo tiene. El resto muy bien, todos ellos actores no profesionales, que se comportan con una naturalidad, con una frescura, que parece realmente increíble que no se hayan puesto delante de una cámara en su vida.
(25/04/2026)
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