Serie: The gold

ESTRENO EN FILMIN

El cine (y la televisión) cuya temática central es un atraco tiene, por supuesto, una larga y, en general, fecunda trayectoria. A vuela pluma recordaremos algunos títulos, como los clásicos Rififí, de Jules Dassin, y su sátira (igualmente estupenda) Rufufú, de Monicelli, por no hablar de Atraco perfecto, la primera gran película de Kubrick, o La cuadrilla de los once, de Lewis Milestone, o, ya en los años noventa, la iniciática Reservoir dogs, de Tarantino. Más recientemente, en este siglo XXI, podríamos recordar títulos como La casa de papel, de Álex Pina, que ha hecho escuela, Plan oculto, de Spike Lee, o la aerodinámica Baby driver, de Edgar Wright, entre otros muchos.

La peculiaridad de esta The gold radica en el hecho de que, de sus 12 capítulos (en dos temporadas de 6 episodios cada uno), el atraco realmente solo ocupa una parte (y más bien pequeña…) del primero de ellos, siendo por tanto su tema no tanto ese atraco como sus consecuencias, en una historia verídica, aunque, obviamente, adobada adecuadamente para hacerla más atractiva para el público, e inventándose y rellenando aquellos pasajes que se desconocen, como se indica expresamente al comienzo de cada capítulo. 

La acción de la serie se inicia el 26 de noviembre de 1983; vemos entonces cómo 6 hombres armados entran en un depósito junto al aeropuerto, llamado Brink’s-Mat, buscando llevarse un millón de libras, pero en su lugar se encontraron 26 millones en lingotes de oro, en un cargamento cuya existencia desconocían los asaltantes. Arramblan con todo y escapan. En Scotland Yard encargan a la llamada Brigada Móvil la investigación de este atraco, aunque los altos mandos policiales son reticentes a ello. Al frente del equipo se sitúa Boyce, un policía veterano, inflexible y tenaz, y a sus órdenes estarán dos inspectores, hombre y mujer. Los tres liderarán la búsqueda de los atracadores y lo que posteriormente se demostrará más importante, la transformación de los lingotes en dinero, cosa complicada de hacer para los cacos, pero también de descubrir para los policías.

Con producción anglo-norteamericana, se han aliado para la ocasión dos grandes que aportan sus propias cualidades: Paramount, la amenidad y capacidad para interesar al espectador del gran cine USA, y la BBC la elegancia, la solvencia y el rigor. Con estos mimbres lo cierto es que era difícil fallar… y no se ha fallado. En nuestra opinión, The gold es una afortunada mezcla de thriller y (asómbrense…) mirada social, porque resulta que, aparte de la poderosa intriga que se presenta (siempre con los ropajes de la sutileza y el buen hacer), hay una evidente visión sobre ricos y pobres, sobre desheredados de la fortuna y gente de buena cuna, con una moraleja que, en el fondo, no deja de ser descorazonadora: el ascensor social mediante métodos legales sería una falacia, solo se podría conseguir a través del crimen o, al menos, de la ilegalidad. Es posible que esto no sea, en el fondo, sino una simplificación que vendría bien para la serie, aunque no sea del todo cierta (queremos creer que es “poco” cierta), pero el mero hecho de la difícil ascensión social en nuestro tiempo (bueno, en cualquier otro…) hace que el mensaje que se manda con este audiovisual no sea banal, ni mucho menos.

Porque en la serie abundan, y de qué manera, la gente de baja cuna que ve en el robo del oro (o mejor, en su lavado) una posibilidad única de escapar del arroyo, de vivir como aquellos a los que, no tan secretamente, envidian. Pero también tendremos a los de la otra clase, la opulenta, y cómo miran a los desharrapados con el desdén propio de los de su rango, y también los que (como el abogado que encarna Dominic Cooper en la primera temporada), siendo de baja extracción social, intenta ascender por la vía académica y conyugal, para encontrarse con el desprecio de los que nunca serán sus pares, que lo consideran un advenedizo. En este sentido, en la serie se habla mucho de la diferencia en Londres entre el Norte y el Sur, las dos zonas geográficas en las que se concentran, respectivamente, los ricos y los pobres, en lo que podría considerarse una soterrada lucha de clases, o cómo los desheredados sureños intentaron ser como sus paisanos millonetis por la expeditiva vía del crimen. El paradigma de esta lucha de clases estaría en el diálogo que en la serie establecen en un momento dado un tipo de alta cuna, otro de clase media y otro de baja extracción, cuando están tratando sobre el posible lavado del dinero procedente del oro: el riquito, displicente, pero en el fondo tan realista, evoca dónde recibieron cada uno de ellos su formación: él, en un internado; el “middle class”, en un instituto; el paria, en un reformatorio, quizá la más clarividente (y rabiosa) radiografía de sus vidas, predeterminadas por sus respectivos orígenes.

Neil Forsyth, el creador, es un guionista con una carrera todavía no demasiado extensa, con lo cual no deja de ser un tanto sorprendente que se le haya encargado un proyecto como éste, ambicioso y costeado. Pero lo cierto es que responde bien, incluso muy bien, logrando un producto maduro, bien hecho, con un acertado montaje y una percutante música que contribuye atinadamente, cuando toca, a crear una atmósfera de cierto suspense, siempre bien conseguido. Los diálogos también están a la altura, al sobresaliente nivel de la BBC, donde en ese asunto siempre dan el do de pecho. Todo ello en una serie con una adecuada ambientación histórica de los años ochenta y noventa en los que se desarrolla la serie, con una buscada estética un tanto feísta, gris, incluso premeditadamente casposa, apropiada sobre todo para la década ochentera (o para cómo la recordamos, que también puede ser…), especialmente en la Inglaterra thatcheriana. 

Otra de las circunstancias peculiares de la serie, emparentada probablemente con esa especie de lucha de clases “sotto voce” que la anima, sería una tan curiosa como el hecho de que la mirada sobre los cacos, y muy especialmente sobre los blanqueadores del oro, sea benévola, incluso mejor que la que se expone sobre los policías. Y es que, aun siendo delincuentes (en un movimiento por supuesto muy estudiado por parte del creador de la serie), el espectador tiende a ponerse al lado de ellos, no solo por ser los desheredados de la Tierra, sino porque los humaniza, en ningún momento se les presenta como criminales natos, ni psicópatas, ni perversos “per se”, sino que sus ilegalidades están indisolublemente unidas a su deseo de salir de su ruina ancestral, la suya y la de sus padres, sus abuelos y toda su progenie. En este sentido la serie pinta a los delincuentes, en general, de forma más simpática que los polis, más humanos en su deseo de escapar de la parte mísera de la sociedad. Así, hay una cierta cercanía hacia los que, dentro del atraco de Brink’s-Mat y el blanqueo de su botín, actúan fuera de la ley, no siendo tratados como escoria ni como malhechores, sino como gente que quiere vivir mejor, pero equivocan la forma.

Estamos entonces ante una serie intrigante, sólida, realista sin ser naturalista ni (afortunadamente…) tremendista, con un resultado excelente, no solo por el ameno relato en sí mismo, sino por el sustrato de poder y pobreza que plantea, y sobre la dificultad del ascensor social por medios legales, y de los atajos casi siempre inútiles del arribismo y el desclasamiento, temas sabrosos y bien presentados. Y es que, en efecto, la serie manifiesta un claro subtexto de denuncia del sistema, de un sistema que tiene perfecta y abyectamente estratificado el bienestar y el poder, un sistema en el que ascender de clase por medios legales se antoja casi imposible...

Es curioso, porque hay una mucha mejor descripción de los delincuentes que de los polis; de estos apenas sabemos nada, y lo que sabemos nos importa mayormente un bledo, salvo en el caso del jefe Boyce, del que se aprecia su tenacidad e inteligencia para afrontar un caso complejísimo, en el que el atraco será lo de menos y el lavado del botín lo realmente mollar. Sin embargo, los delincuentes son mucho más interesantes: Kenny, de baja extracción social, se ha hecho a sí mismo, procurándose una educación que le permite un buen tren de vida, con cierta clase, pero que aspira a lo más alto, a la cúspide de la pirámide social, lo que le hace embarcarse en el blanqueo del oro; Parker, prácticamente analfabeto, que ve la posibilidad de salir de la miseria. Miller, un patán sin educación (es el del “reformatorio” que antes citábamos…), que sueña en secreto con una vida llena de placeres elementales, aunque también le gustaría tener la clase de la que carece; Douglas, un idiota de clase media (este es el del “instituto”…), sin escrúpulos ni empatía, que se cree mejor que nadie, aunque todos le toman el pelo como el imbécil que es; y Campbell, este sí de la casta dominante (es el del “internado”…), en el fondo también un expulsado de su paraíso de riquitos por su indolencia, que encuentra la forma de forrarse rápidamente de forma ilegal pero, teóricamente, sin riesgos, con delitos de cuello blanco...

Hugh Bonneville, recordado por su papel de duque en Downton Abbey, es el actor más conocido del elenco artístico, pero en realidad todos brillan a gran altura: dicen de los intérpretes británicos que son los mejores del mundo, y esta serie no desmiente esa afirmación…

(07/03/2026)


The gold - by , Mar 07, 2026
4 / 5 stars
El crimen como (equivocado) ascensor social