C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN FILMIN, MOVISTAR+, PRIME VIDEO, APPLE TV Y RAKUTEN
Aunque Irak, la antigua Mesopotamia, es una tierra ancestral, su independencia como país moderno es relativamente reciente, datando de 1932, con la forma de reino, tras la caída del Imperio Otomano al que estuvo sometido durante siglos. Pero, por supuesto, Mesopotamia es vieja como el mundo; de hecho, fue la primera civilización humana que se puede considerar como tal, al ser la primera que dejó rastro escrito de sí misma. Aquellos sumerios que la habitaron dejaron huella de su escritura cuneiforme hace la friolera de 5000 años, que se dice pronto, así que ya tienen pedigrí como civilización… pero no solo eso, sino que en el bíblico Génesis hay datos que indican que el Paraíso, aquel del que fueron expulsados Adán y Eva, se encontraba entre los ríos Tigris y Éufrates, los ríos que dan nombre a Mesopotamia (en griego, “en medio de los ríos), así que la antigüedad del país se pierde, literalmente, en la noche de los tiempos…
Pues la historia moderna de Irak, sin embargo, no ha sido un camino de rosas; tras caer la monarquía en 1958 por su desastrosa gestión económica, la república solo mejoró la situación a principios de los años setenta con la nacionalización del petróleo. Pero en 1979 se produce el hecho esencial del país en el último medio siglo, la llegada al poder, mediante un golpe de estado interno, de Sadam Hussein, quien, al mando del partido único Baaz, instauró un ignominioso régimen represivo que liquidó toda disidencia y creó un aberrante culto personalista al líder que a día de hoy quizá solo se dé en Corea del Norte. Sadam embarcó al país en sucesivas guerras: contra el Irán de los ayatolás (un decenio tirándose bombas entre ambos países), conquistó Kuwait (liberándolo una coalición internacional), y, ya en el siglo XXI, fue invadida por otra coalición bajo pretexto de tener armamento de destrucción masiva, que nunca se encontró, siendo derrocado y ejecutado el tirano y sustituido por un gobierno títere como protectorado “de facto” de las potencias ocupantes (mayormente USA y Reino Unido).
Así que el país las ha pasado canutas en el último medio siglo. Nos llega poco cine de Irak, quizá precisamente por esas penurias tanto económicas como políticas y sociales que lo han asolado: no están para otras historias que no sea (sobre)vivir… Esta La tarta del presidente se ambienta precisamente durante la I Guerra del Golfo, a principios de los años noventa, cuando al ambiente asfixiantemente represivo instaurado por el felón Sadam se unían las graves dificultades para la mera supervivencia de la gente de a pie, con falta de los alimentos básicos. Conocemos a Lamia, una niña de 9 años, y a su abuela Bibi, que es quien la cría. La chiquilla tiene un amigo, Saeed, hijo de un tullido de la guerra que se gana la vida con pequeños hurtos. En el colegio a Lamia le ordenan que se encargue de hacer “la tarta del presidente”, como homenaje a Sadam, que cumple años en esos días. Ya en su casa, la abuela le dice que al día siguiente irán a por los ingredientes para la tarta a la ciudad, para lo que venderá sus pequeños tesoros domésticos. Ya en Bagdad, se hace evidente que no será fácil encontrar los ingredientes, y menos cuando Bibi (que sabe que está muy enferma) le dice a la niña que a partir de ese día vivirá con una familia a la que ha hablado ya del tema…
La IMDb censa apenas 800 audiovisuales iraquíes (incluidos largos, cortos, documentales, series, animación…) desde su independencia hasta la fecha: quiere decirse que su producción es bajísima. Hasan Hadi (Bagdad, 1988), el director de este film, ha sido periodista antes de dedicarse al cine, habiéndose formado en Estados Unidos; su filmografía se limita hasta ahora a solo dos títulos, el corto Swimsuit (2021) y este largometraje, La tarta del presidente, que consiguió la preciada Cámara de Oro en el Festival de Cannes, y ha sido la candidata del país al Oscar a la Mejor Película Internacional.
El film es, en buena medida, un retrato desolador de un país y una época (quiero creer que en la actualidad será algo mejor, pero no las tengo todas conmigo…), un país con recursos naturales extraordinarios, uno de los mayores productores de petróleo del mundo, sin embargo subyugado por un régimen feroz al que solo cabía idolatrar, aunque fuera de boquilla, y aguantar los desmanes del déspota. Pero es también una dura invectiva de hasta qué punto, en una situación como aquella, en la que la democracia y las libertades públicas ni estaban ni se les esperaban, la degradación de la sociedad alcanzaba niveles abisales: los médicos pidiendo descaradamente ser “untados” para hacer su trabajo, el relojero engañando a los niños pagándoles con dinero falso, el abyecto maestro convertido en servil adoctrinador en favor del tirano, y robándole (literalmente) a sus pupilos sus escasas pertenencias, el tendero que quiere aprovecharse sexualmente de la clienta embarazada a cambio de víveres, los policías que desprecian a los ciudadanos a los que se deben, los pederastas que campan a sus anchas intentando abusar de niñas… un panorama como para salir corriendo, máxime cuando el guion está escrito por el propio director basándose en sus vivencias infantiles, así que sabe de lo que está hablando…
Reconforta que, en ese panorama como para pedir bajarse del mundo, haya algunos personajes positivos: la protagonista, por supuesto, una niña ingenua que solo quiere vivir con su abuela y su gallo, al que nunca pierde de vista (y, cuando lo pierde, se lía parda…); también su vecinito, el hijo del carterista, sin embargo lo más parecido que tiene a un entrañable amigo de verdad; el personaje del cartero, un tipo bondadoso que será el único que se preocupará de la abuela y de la niña, procurando la salud de la primera llevándola al hospital, y la recuperación de la chiquilla, huida para que no cristalice la adopción de hecho a la que se ve abocada. Pero poco más: el resto de los personajes son malos de solemnidad, conformando una sociedad en la que el engaño, el robo, la dejadez, la negligencia, el delito, la venalidad, están a la orden del día, gente execrable que utiliza el hambre de su prójimo en su provecho, para su beneficio económico, social o sexual.
Intermitentemente suena el ominoso vuelo de los aviones, recordándonos que el país, en ese comienzo de los años noventa, estaba en desigual guerra contra una coalición internacional que, sin embargo, dejó vivo a Sadam y a su régimen cuando las tropas terrestres (en aquella famosa “operación Tormenta del Desierto”) estaban a solo unas decenas de kilómetros de Bagdad, en una de las más extrañas retiradas bélicas que se hayan producido jamás.
La puesta en escena de Hadi es un tanto tosca pero eficaz, con una narrativa clásica, efectiva, sin florituras ni subrayados. Se permite el director algunos toques poéticos: esa lona que cubre el ataúd de la abuela, colocado sobre el coche, una lona que sale volando por el viento, quizá como el alma de la vieja; la imagen de la niña reflejada en el agua, en el que de repente veremos a la abuela; y la recurrente escena, que se repite también en el último plano, en la que los niños juegan a no parpadear: todos ellos son leves elementos líricos, bien dosificados y armónicos con el tono realista, a ratos incluso costumbrista de un relato atroz, que refleja un país que, al menos en aquel tiempo, era un país fallido, un estado quebrado en lo esencial de una nación, que no debería ser otra cosas que una comunidad de personas que actúan de consuno para procurar el bienestar global de todos.
Buen trabajo interpretativo de los actores y actrices, todos ellos no profesionales; en especial brilla la pequeña Baneen Ahmad Nayyef, la protagonista, un prodigio de naturalidad, frescura, vulnerabilidad y, sin embargo, fuerza para intentar conseguir esos ingredientes para la tarta del presidente que, a la postre, no deja de ser una metáfora de la supervivencia: adaptarse o morir.
105'