C I N E E N S A L A S
En una de las últimas escenas de esta película, en uno de los varios y agrios enfrentamientos entre los personajes de Aitana Sánchez-Gijón y Leonardo Sbaraglia, la primera, llamada Mónica en esta ficción, le espeta al otro (de nombre Raúl, pero en realidad un trasunto del propio Pedro Almodóvar) “¡tú ya has hecho tus mejores películas!”. No sé hasta qué punto el propio Almodóvar es consciente de que, efectivamente, eso es así; películas como esta decepcionante Amarga Navidad lo confirmarían…
El film se desarrolla teóricamente en dos momentos temporales distintos, 2004 y 2026, aunque pronto veremos que la primera de esas líneas argumentales en realidad es un guion que está escribiendo el mentado Raúl (o sea, Pedro…) en la segunda de esas fechas. En la primera conocemos a Elsa, una directora de publicidad que también ha hecho un par de películas, sin demasiado éxito, y que está totalmente entregada a su profesión quizá para olvidar, entre otros traumas, la muerte de su madre mientras ella trabajaba, en vez de estar a su lado en su último suspiro. Elsa padece de migraña persistente, y la vemos en esas primeras escenas luchar contra un fuerte ataque de esa enfermedad. Con ella está su pareja, Bonifacio (al que todos llaman Beau; por cierto, “guapo” en francés…), como 15 años mas joven que ella, bombero y “stripper” en sus horas libres. En la línea de 2026 vemos a Raúl enfrascado en su nuevo guion, mientras se despide de su hasta entonces mano derecha, Mónica, quien se marcha para cuidar a la que fue su novia, que lucha por la vida de su niño pequeño, gravemente enfermo de cáncer. Pero el guion de Raúl no le resulta totalmente satisfactorio, y cuando se entera del caso de su exlugarteniente y la tragedia de su exnovia, decide incorporarlo a su historia, aunque de forma camuflada…
Amarga Navidad, a lo que se ve, es una nueva incursión de Almodóvar en su propia vida, incorporando cosas de su propia existencia, obviamente disfrazadas, para hacer un nuevo film que, en este caso, nos parece que no ha dado en la diana. Mientras que una operación similar, en Dolor y gloria, se saldó con un rotundo éxito, al transmitir sugestivamente las emociones y padecimientos (mentales y físicos) del cineasta, aquí lo que aparece es una más bien onanista historia sobre el proceso de creación artística, con un tema central, el de que hasta qué punto es lícito, o no, integrar sucesos de la vida íntima de otras personas, sin su consentimiento, para dar grosor e intensidad a sus películas (o novelas, u obras de teatro…).
Pero aunque esa intención podría ser interesante, nos parece que en este caso el resultado dista mucho de serlo. Porque la película nos ha resultado falsa, artificiosa, en una historia (o dos…) en la(s) que no nos creemos nada, en una película sin “punch” ni casi tema.
El guion se desliza por donde se le antoja a Almodovar, sin importarle gran cosa que tenga, o no, coherencia argumental, estén, o no, fundados los giros de guion. Los diversos enfrentamientos verbales que nos presenta, tanto en la línea de la ficción situada en 2004, como en la supuestamente real de 2026, están provocados por el director porque le interesa hacerlo, pero no hay justificación para ellos, en especial para los que enfrenta al personaje de Elsa y su amiga Natalia, en la que pasamos de ser amiguísimas íntimas a que la segunda se comporte bordemente con la primera y, salvo de la muerte de Kennedy, la acuse de todo.
Digresiva siempre, aburridamente discursiva, se habla constante, extenuantemente, y no siempre (más bien casi nunca…) con tino, ni con sentido común, ni con términos que se utilicen en la conversación diaria; y es que, por ejemplo, nadie dice en la vida real que la "tormenta amaina", como se repite varias veces en los diálogos del film. Ya hace tiempo que Almodóvar perdió la capacidad de escribir diálogos creíbles, que sepan a verdad, y no que parezcan lo que son, frases lapidarias escritas para ser declamadas como papagayos por sus (por otra parte…) exquisitos intérpretes.
Y es que, puestos a ser creativos, en torno a la metaficción, la autoficción, etcétera, Almodóvar desperdicia la ocasión de presentar algo realmente novedoso: a ver, Pedro, por qué no has hecho que a la vez que el personaje de Raúl escribe un guion sobre la vida de Elsa, ésta, que está escribiendo su propio guion, no escriba sobre la vida de Raúl… Ahí sí que habría materia para jugar con cosas nuevas, que podrían combinarse de forma la mar de estimulantes. Porque en ese caso, ¿quién escribe en la realidad, y quién en la ficción? Pero en la forma en la que lo haces desperdicias un sugestivo sendero de metaficción por el que, al principio, parece intuirse que te vas a internar, pero no…
Y, como siempre, Almodóvar con sus cosas: otra vez Chavela Vargas, ahora hasta en tres versiones, desde un par de ellas en grabaciones de la vieja y extraordinaria cantante mexicana, hasta otra versionada en vivo por la actriz-cantante Amaia Romero, intentando infructuosamente que el público sienta la (impostada) emoción de las actrices al escuchar todas y cada una de esas versiones. Y otra vez los ambientes como de diseño, donde todo es tan guay, hasta la casa de campo a la que acude Elsa; y aquí sus personajes toman mescal, que suena como muy chic, nada de cerveza, que es una cosa de gente basta; y otra vez una miríada de referencias cultistas, que, la verdad, ya suenan un poquito a petulantes…
Y esa música omnipresente, que no cesa ni un momento, como si fuera un hilo musical permanente, un hilo musical ciertamente muy sutil y hermoso, original del siempre estupendo Alberto Iglesias, pero cuya ininterrumpida presencia la convierte en terrible, como si no pudiéramos escapar de ella.
Y es que hasta los actores y actrices, que son excelentes, aquí están regulares, poco creíbles, como la marciana historia con la que Almodóvar intenta que comulguemos como si fuera una rueda de molino. Bárbara Lennie es, como Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo o Patrick Criado, buenos intérpretes, pero sus personajes distan mucho de ser creíbles, y nos tememos que no es culpa de ellos… Y además hay algún problema de casting importante, como el hecho de que Sbaraglia y Quim Gutiérrez, supuesta pareja en la película, tienen menos química entre ellos que el agua y el aceite, no te los crees para nada como amantes.
Terminamos por donde empezamos: quizá la única verdad de la peli sea la admonición que profiere, a voz en grito, el personaje de Aitana a su ya exjefe, Sbaraglia (o sea, Almodóvar): ¡Tú ya has hecho tus mejores películas!
Y bien que lo sentimos, porque no está el cine español sobrado de talentos como el de este manchego universal que, sin embargo, da la impresión de que, creativamente hablando, no da ya mucho más de sí; ojalá nos equivoquemos…
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