ESTRENO EN MOVISTAR+
Diego San José es un guionista que ha hecho buena parte de su carrera en comandita con Borja Cobeaga. Ambos son vascos, y se dieron a conocer en la tira cómica semanal de Euskal TeleBista Vaya semanita, que se inició en 2003 y, bajo distintos formatos, aún sigue en emisión. Con toda seguridad el éxito más sonado de Cobeaga & San José fue el guion de Ocho apellidos vascos (2014), que se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine español. Desde hace algún tiempo los dos coguionistas, aunque siguen colaborando, también han iniciado cada uno por su lado su propia carrera. San José se está especializando en ejercer como creador de series televisivas que están gozando de predicamento, como Celeste (que se anunciaba como “un thriller fiscal”), que consiguió varios premios y una crítica mayoritariamente positiva.
Ahora reincide en esta miniserie de 6 capítulos (todos de duración corta, en torno a media hora), en este caso con una historia de corte más social. El primer capítulo se inicia con una escena en lo que parece un bufete de abogados; allí conocemos a Mar, una adolescente de 16 años, acompañada de su madre, que está allí para firmar un acuerdo con la Federación Española de Bádminton por la que se pondrá a las órdenes del entrenador que designe ese organismo, con lo que se beneficiará de una beca (“y de las buenas”, se dice en un capítulo posterior); para ello tendrá que dejar de lado a su entrenador actual, Joserra Garrido, personaje que tiene pocos amigos en la Federación por lo sucedido en cierta cena oficial varios años atrás. La niña duda si firmar o no… veremos entonces cómo conoció a Joserra, tiempo atrás, cuando éste, acompañando a una pupila que se quedó en nada, ve la rabia no tan contenida de Mar y se da cuenta de que ahí hay materia para sacar una buena badmintonista. Pero Joserra tiene una oscura historia detrás, que le corroe, y conseguir que Mar (que también tiene lo suyo, a pesar de su corta edad…) y su madre accedan a que este hombre (cuyo aspecto físico echa para atrás, descuidado y con mala pinta) la entrene, no será tarea fácil. Pero Joserra le promete que, si sigue sus consejos, conseguirán ir a Yakarta, al campeonato mundial de bádminton…
Ya en su anterior serie, Celeste, Diego San José demostró que una de sus virtudes como creador de audiovisuales es su capacidad para moldear personajes únicos, o al menos infrecuentes: si en la mentada Celeste era una inspectora fiscal a punto de jubilarse a la que le pone desentrañar el fraude fiscal de una cantante latinoamericana afincada en España con problemas con la Hacienda de nuestro país (no, no era Shakira, aunque se le parecía bastante…), aquí es un entrenador de bádminton expulsado de la Federación por lo sucedido en cierta cena, un hombre en el que se adivina un pasado tormentoso y un presente no menos horrible. Ese hombre, este Joserra de aspecto como de indigente venido a menos (si esto es posible…), vislumbrará su Eldorado en la jovencita Mar, en su rabia al jugar, concibiendo la posibilidad de que, esta vez sí (tras otras muchas en las que creyó tener oro pero solo encontró ganga), haya encontrado por fin ese mirlo blanco que lleva buscando desde hace años, alguien que le redima de su cotidianidad terrible: divorciado, alcoholizado, ludópata, despojado del dinero que malamente gana en un instituto de Vallecas para que no se lo gaste todo en sus adicciones, repudiado por su pares del bádminton, con un oscuro trauma que le persigue desde que era niño… Vamos, como para pegarse un tiro… su día a día solo lo consuelan, por un lado, los ensayos en un coro al que su hija lo adscribió, donde el hombre ya ha dado más de un sablazo; y, por otro, esa indagación para encontrar la jugadora perfecta, no tanto porque sea eximia en su juego, sino porque, como dice, aprenda a ganar con trampas, porque así “gana dos veces, a la adversaria y al árbitro”.
Ahí nos encontramos con otra de las características de San José: para él, el fin justifica los medios; Celeste, la inspectora fiscal, utilizaba la acreditación de Hacienda como una Magnum 44, para coaccionar, chantajear y otros verbos (igualmente odiosos) terminados en -ar, con el único fin de conseguir que Shakira, o sea, quiero decir, la cantante parecida a Shakira, se “retrate” ante el fisco. Aquí a Joserra no le importa (incluso la induce a ello) que su pupila haga trampas, con tal de que gane, o que apruebe exámenes sobre el Siglo de Oro con una serie de chuletas introducidas en un mazo de bolis Bic.
La serie juega muy atinadamente con las canciones que ensayan en el coro donde canta Joserra, utilizando ese cancionero popular (“Adoro”, “Por el camino verde”…) y también otro más actual pero ya clásico (“Me olvidé de vivir”, de Julio Iglesias), canciones relacionadas con lo que vamos viendo en cada capítulo, con una trabajada búsqueda de esos temas populares que tienen una relación conceptual con lo que se nos cuenta.
Joserra es un misántropo de libro, un hombre amargado por un trauma infantil que lo corroe, y cuya catarsis, con la que creyó liberarse, no hizo sino arrojarlo al averno del “apartheid” social, repudiado por todos los que fueron sus amigos, una situación de la que espera redimirse si consigue llevar a su pupila a lo más alto del bádminton mundial.
Estamos entonces ante el retrato de un perdedor que intenta sobrevivir, no solo económica, sino también psicológicamente, de un tipo al margen de lo estándar que sueña con la jugadora perfecta; una jugadora perfecta que, ella también, será una aprendiz de perdedora, lo que Joserra querrá evitar a toda costa. Dos náufragos, entonces, cada uno a su modo, que habrán de ayudarse mutuamente, comprenderse, desde el inicial rechazo hasta entender los motivos del otro, en especial la chica.
Bien contada, con un solvente trabajo en la realización, de la que se han responsabilizado la siempre estupenda Elena Trapé (4 capítulos), así como el propio Javier Cámara en un episodio y el casi debutante Fernando Delgado-Hierro en otro capítulo, la serie narra una historia peculiar, a su manera original, que en buena medida debe su interés y su calidad a la construcción de un personaje arquetípico, este Joserra atribulado por sus demonios, los infantiles y los sobrevenidos, cuya salvación, al final, vendrá dada por la de su discípula: y es que salvándose ella, de algún modo, su vida habrá tenido algún sentido…
A Diego San José le gustan mucho los símbolos; Celeste estaba cuajado de ellos, y aquí no se priva, desde el pelo con mechas rojas que se da Mar, para ser así “la hija en lugar de la hija”, hasta esos bolis con chuleta que serán, a la postre, lo que hará que Mar tome la decisión correcta, pasando por esos pájaros que Joserra cuida en sus jaulas y que liberará cuando todo se hunda, cuando parezca que, al final todo ha sido en vano.
Es cierto que el guion da por buenas circunstancias difícilmente asumibles, como que una madre normal y corriente (en una familia NO desestructurada, lo que podría explicarlo…), deje irse a su hija adolescente los fines de semana fuera de Madrid, con un sexagenario de aspecto deplorable al que no conoce de nada: licencia artística se llama la figura, claro… También el trauma infantil de Joserra parece un tanto pillado por los pelos; no es que (lamentablemente…) no existan ese tipo de execrables comportamientos por parte de adultos que deberían cuidar de los niños, por supuesto, sino que aquí da la sensación de estar metido un poco con calzador, para justificar la cadena de desgracias que suceden a Joserra y así entender mejor su deplorable estado actual.
Hay varias escenas de alto voltaje dramático entre Joserra y otros interlocutores, desde su pupila Mar hasta su exmujer, pasando por dos con su antiguo compañero (y sufridor de las mismas crueldades recibidas en su infancia) Millán, todas ellas resueltas con notable fuerza, pero a la vez con naturalidad, duras sin levantar la voz; así, por supuesto, resultan más creíbles sin que queden altisonantes, como tantas veces ocurre.
Por supuesto, la serie es en buena medida Javier Cámara, como siempre excelso, regalándonos otro personaje inolvidable. Carla Quílez, la talentosa adolescente descubierta en La maternal, de Pilar Palomero, confirma que aquello no fue el sonido de la flauta del burro.
(18/01/2026)