Rafael Utrera Macías

          A los hermanos Pérez Merinero, Carlos (in memoriam) y David, como reconocimiento a su edición de En pos del  cinema, en el ya muy lejano 1974, porque señalaron un camino a seguir en los estudios de literatura y cine.

Al iniciarse la década de los setenta del pasado siglo, los citados estudiosos del cinema español publicaron en la editorial Anagrama un volumen compuesto por una selecta antología de textos procedentes de la revista La Gaceta Literaria; la autoría de la misma pertenecía a poetas, escritores, intelectuales que, siguiendo riguroso orden alfabético, comenzaba con Rafael Alberti y terminaba con Guillermo de Torre, aunque no faltaron últimas apostillas salidas de la pluma de Baroja o Marañón que se remataron con algunos poemas de Buñuel. Tales colaboraciones aparecieron en la referida publicación entre 1927 y 1930. El volumen En pos del cinema fue dedicado por los antólogos “a la memoria de César M. Arconada”.

A nuestro contemporáneo lector se le deberá precisar que este “Cuadernos Anagrama”, de tan humilde como austera presencia literario/cinematográfica, fue, en el momento de su publicación, una joya, dado que la colección de La Gaceta Literaria era “rara avis” sólo servible al público en alguna hemeroteca madrileña. Tendrían que pasar varios años para que la edición facsímil, editada conjuntamente por una firma alemana y otra española, estuviera disponible en algún departamento universitario y acercarla así a estudiosos e investigadores. Consecuentemente, el librito de los Pérez Merinero se convirtió en imprescindible sustituto de la revista que dirigió Ernesto Giménez Caballero, al menos en su parte vinculada al cinematógrafo. La lectura de los muy distintos textos que componían el volumen conformaron una paleta de colores muy diversa que daba pie a una polivalente mirada sobre la esencia del cinematógrafo, su composición y características, así como sus posibles relaciones con la literatura.

Desde aquella primera lectura, efectuada el año de su edición, hemos releído y consultado numerosas veces este ejemplar de bolsillo cotejando, en variadas ocasiones, sus páginas con las de la propia revista y comprobando el contexto en el que esta selección de textos cinematográficos estaba ubicada en las amplias hojas de la publicación. El autor con el que se abre la mencionada selección (no olvidemos que en virtud del rigor alfabético) es Rafael Alberti, de quien se reproducen sus poemas “Harold Lloyd, estudiante”, “Noticiario de un colegial melancólico”, “Carta de Maruja Mallo a Ben Turpin”, “Telegrama de Luisa Fazenda a Bebe Daniels y Harold Lloyd” y “Falso homenaje a Adolphe Menjou”, todos ellos pertenecientes a ese libro que su autor dio  en llamar “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”, donde los ecos de Calderón, en su obra La hija del aire, ofrecían tal dicho según lo expresaba Chato, el bufón, quien remataba la frase con un “no sé si he de acertar el camino”.

También, desde aquellas primeras lecturas de los poemas del vate portuense en En pos del cinema, el interés de este articulista por la poesía de Alberti, en general, y del libro de los “tontos”, en particular, se ha mantenido durante años, ejercitando tanto la sosegada lectura de sus versos como las posibles comparaciones y supuestos paralelismos entre estos y las películas con las que, posiblemente, tenían algún parentesco. No ha faltado para ello una entrevista que el autor nos concedió (en Sevilla, 24 de junio, 1982, con ocasión de los recitales ofrecidos por el poeta junto a la actriz Nuria Espert) y cuyo único tema de conversación estuvo referido al poemario mencionado. El autógrafo del poeta (dibujo incluido) recogía nuestros respectivos nombres, la mención a la ciudad, y, naturalmente, a los “tontos del cine”, aunque advirtiendo: “sin que nos hayamos vuelto dos tontos”.

Como homenaje tardío a En pos del cinema y a su generoso “acertar el camino”, hemos elegido para su comentario el poema de Rafael Alberti que abre (páginas 23-25) tan histórica antología: “Harold Lloyd, estudiante”.

Harold Lloyd, estudiante

Retórica de la tontería literaria o, simplemente, la “tontería de la retórica”.

¿Tiene usted el paraguas?/ ¿Avez-vous le parapluie?/
No, señor, no tengo el paraguas. Non, monsieur, je n´ai le parapluie (…) Oui. Yes. Sí

Los distintos poemas que se acogen bajo el título “Yo era un tonto...” conforman un macrotexto donde los “yoes” se entrecruzan y, en algunos casos, remiten unos a otros bien por las referencias a los personajes bien por los elementos retóricos utilizados. Dado que el poeta se incluye en la obra, “A Rafael Alberti le preocupa mucho ese perro que casualmente hace su pequeña necesidad contra la luna”, ese primer “yo” adquiere, ante todo, un carácter y un tratamiento semejante al resto de los personajes para, a partir de aquí, dar voz a cada uno de ellos y establecer las pertinentes relaciones o interrelaciones entre los mismos. El autor, convertido en personaje, se instala en la misma constelación poemática que sus criaturas.

Precisamente, el comienzo del poema citado se inicia con un telegrama firmado por Harry Langdon y, entre paréntesis, se nos aclara que está dirigido a Ben Turpin; sin embargo, debajo, aparecen las siglas “R. A.”.  A su vez, Langdon, es el personaje protagonista y enunciador de “Harry Langdon hace por primera vez el amor a una niña” y Ben Turpin es el receptor al que Maruja Mallo le ha escrito una carta, “Carta de Maruja Mallo a Ben Turpin”; dicho telegrama es explicado por Larry Semon a Stan Laurel y Oliver Hardy (el primer verso, “angelito, constipado, cielo”, remite al texto firmado por Langdon que escribe “sueño ángel acatarrado”), quienes, al tiempo, serán los héroes capaces de romper 75 ó 76 automóviles; otro telegrama ha sido emitido por Luisa Fazenda a Bebe Daniels y Harold Lloyd que, en su particular poema, es “estudiante”, y, otro más, de Robert Happton a Wallace Beery; mientras, Charlot, está solo porque nadie, ni Georgia, le ha escrito carta ni telegrama alguno; por el contrario, Keaton, busca por el bosque a su novia pero, a su vez, es colegial melancólico, según sabremos por un noticiario. Fuera de esta constelación, sin conexiones entre ellos, están todavía, Charles Bower, difunto inventor, y Adolphe Menjou, dandy presumido.

El Yo pronominal con el que se abre el título (como su artículo “Autobiografía”) indica el sujeto activo de la creación poética, “el tonto de Rafael”; el verbo en pretérito imperfecto, “era”, contrasta con el perfecto, “he visto”, donde la lejanía del pasado se corta con un pasado menos pasado o más presente; donde “un” se ofrece como indeterminado, pero al contrastar con el numeral “dos”, solicita, en una doble significación, un valor semejante, por lo que el hipotético adverbio doblemente (“tonto”) queda ausente del nivel de significación, del mismo modo que el adjetivo “tonto” se pluraliza (“tontos”) en el segundo bloque de la frase.

La morfosintaxis utilizada en lo que para Alberti es una frase hecha se compone de dos factores: “Yo... y...”. El sintagma “un tonto” frente a “dos tontos” ofrece no sólo un paralelismo en su estructura sintáctica, sino una antítesis en el uso del singular / plural, lo que, en un nivel simbólico superior, funciona como el cuerpo y su sombra: el grado de tonto queda duplicado por cuanto afecta también a la persona tonta.

La cita de Calderón, “Yo era un tonto...”, y su puesta en boca del “gracioso” de la obra, Chato, remite a un sentido literal tanto en su estructuración sintáctica como en la semántica; sin embargo, en la utilización de la misma por Alberti (al incluirla como pórtico de un entramado poético donde los personajes cinematográficos se erigen en tontos de carne y hueso) la connotación resultante deriva hacia una poética muy particular que engarza no sólo con la textura de las piezas contemporáneas del autor sino con un estado creativo correspondiente a un específico momento de su biografía personal y literaria.

En consecuencia, la “retórica de la tontería” debe entenderse de dos maneras: de una parte, la mencionada capacidad albertiana para recepcionar, adecuada y personalmente, los factores esenciales de la filmografía cómica; de otra, semejante capacidad para recrear rasgos de esos personajes e identificarse con ellos tal y como sucedió en la conferencia pronunciada (o actuada) en el “Lyceum Club”, donde su vestimenta se conformaba con una heterogénea selección de la indumentaria utilizada por los cómicos de la pantalla. Por ello, a la recepción personalísima de la filmografía sucedía una emisión cuya traducción, literario /poética, implicaba una selección de secuencias, de personajes, para establecer la más oportuna verbalización de una imaginería /iconografía representada por los tipos y personajes del popular género cinematográfico.

Ilustración: Portada del volumen En pos del cinema, de los hermanos Pérez Merinero, publicado por Editorial Anagrama en 1974.

Próximo capítulo: Generación del 27. El estudiante Harold Lloyd según el poeta Rafael Alberti (II)