18/05/2026
Si en el anterior capítulo de este serial dedicado a Mary Shelley y su Frankenstein, en el 175 aniversario del fallecimiento de la escritora británica, hablábamos de hasta qué punto los años sesenta y primeros setenta supusieron, como era de esperar, una disrupción en el tratamiento del monstruo, en tanto en cuanto se comenzaron a hacer versiones más libres, más alejadas del canon clásico establecido por Universal en sus películas de los años treinta dirigidas por James Whale y protagonizadas por Boris Karloff, en los dos decenios posteriores, desde mediados de esos años setenta a mediados de los noventa, esa tendencia se incrementará, a veces con títulos ciertamente inimaginables solo unos años atrás…
Como, por ejemplo, The Rocky Horror Picture Show (1975), hoy día uno de esos films que llamamos “de culto”, adaptación del musical “off” londinense The Rocky Horror Show. La película sería dirigida por el director teatral australiano Jim Sharman, convirtiéndose desde su estreno en un auténtico éxito, lógicamente a su escala; y es que estamos hablando de una comedia “petarda”, de lo que ahora se llama “sexualidad fluida”, que por aquel entonces apenas empezaba a despuntar, muy tímidamente, en el cine. El film, que combinaba con desparpajo la ciencia ficción, la comedia “queer” y el musical rock, planteaba la historia de una pareja de tortolitos que llegan al castillo del Dr. Frank-N-Furter (un Tim Curry en el papel de su vida), que ha conseguido crear “ex nihilo” (bueno, más o menos…) el hombre perfecto, un querubín tipo “gym”, para solaz del personal, en una película ciertamente gamberra donde las haya, en la que el terror queda absolutamente diluido en esta mezcla de cachondeo, lubricidad y ganas de pasárselo bien… Como se ve, si Mary Shelley levantara la cabeza, se volvía a morir…
En tono también jocoso, aunque menos rijoso, nos encontramos ya casi a final de los setenta con una serie norteamericana de las que se suelen llamar “de serie B”, Struck by Lightning (literalmente “Atrapado por el rayo”) (1979), 11 episodios producidos por la CBS, con Jack Elam como el monstruo, actor al que los productores le dijeron que no tendría que someterse a maquillaje alguno, porque ya de por sí parecía bastante monstruoso… no sé como se lo tomaría el hombre, pero lo cierto es que accedió al papel. La historia nos presenta en nuestro tiempo a un tal Ted Stein que (lo han adivinado…) resulta ser descendiente del famoso doctor Frankenstein, y al heredar una mansión en Inglaterra se encuentra en ella a un tal Frank que resulta ser el monstruo creado por su ancestro… todo esto en plan de comedia, con colores chillones y Joel Zwick, perito en comedias televisivas, a los mandos.
Ya hemos visto que el anime japonés había ensayado ya en décadas anteriores algunas adaptaciones sobre el mito de Shelley, y a principios de los ochenta volvieron a hacerlo en la película Kyofu densetsu: Kaiki! Furankenshutain (literalmente: “La leyenda de Kyofu: ¡Kaiki! Frankenstein”) (1981), por cierto, ¿para cuándo el Nobel para el inventor del “corta-pega”?, producida por la poderosa Toei Animation, con dirección de Yûgo Serikawa, una producción que se basaba, más que en el original shelleyano (aunque lógicamente estaba en su inspiración), en la novela gráfica editada por Marvel sobre el monstruo de Frankenstein.
A mediados de los años ochenta el cine francés adapta el clásico en la película Frankenstein 90 (1984) (esto de anticipar en el título fechas que aún no habían llegado es bastante habitual en el cine, por razones desconocidas…), con dirección de Alain Jessua, en una evidente clave de parodia, con Jean Rochefort como el doctor Frankenstein y Eddie Mitchell como el monstruo, aquí familiarmente llamado Frank, rodándose el film en los Alpes.
También a mediados de esa década, en Estados Unidos, se rueda otra peculiar variante, el corto de media hora titulado Frankenweenie (1984), de un muchacho entonces desconocido, un tal Tim Burton, que poco después empezaría a dar mucho que hablar… el corto adaptaba la trama del mito shelleyano al microcosmos de la clase media yanqui, con perrito atropellado al que su amo, un niño que es un prodigio en ciencias, tiene la tentación de volverlo a la vida… la peli funcionaba sobre todo como una ácida crítica a esa clase burguesa USA, tan contenta de haberse conocido, y de cómo para no alterar su estatus y sus rutinas es capaz de fagocitarlo prácticamente todo, por muy imposible que sea… Décadas más tarde, Burton, entonces ya cortito de ideas, retomó el tema en un largo homónimo, que comentaremos en el capítulo correspondiente al siglo XXI.
En fecha similar Reino Unido y Estados Unidos realizan en comandita una producción que se quiso ambiciosa, La prometida (1985), con dirección de un Franc Roddam que en ese momento estaba en la cresta de la ola con su muy curiosa Quadrophenia. Aquí además se contó nada menos que con el cantante Sting (que tiene también una apreciable carrera como actor) como el doctor Frankenstein, y con Jennifer Beals, que venía de hacer Flashdance y estaba en lo más alto de su carrera, aunque después ciertamente ha hecho como el “soufflé”, venirse abajo… La idea, no muy lejana de la antediluviana La novia de Frankenstein, de Whale, era imaginar que el científico loco lograba crear una mujer perfecta como pareja para su criatura, solo que éste, como sabemos, es muy deforme, así que la bella lo rechaza y ya tenemos el problema, máxime cuando después el doctor se enamora de su creación (de ella, no de él, que estamos todavía en los ochenta…) y se lía parda…
Una nueva (y exótica) variación sobre el tema nos encontramos poco después en la serie de 7 capítulos titulada La tía de Frankenstein (1987), una coproducción de varias televisiones europeas, entre ellas algunas curiosas, como la entonces todavía comunista Checoslovaquia, además de, entre otras, España y Austria, país donde se rodó, en un producto familiar que, por tanto, no tuvo muchas aristas ni incidió en demasiadas escenas de terror, contando aquí como la tía del título llegaba a la aldea donde ocurrieron los hechos para limpiar el buen nombre de la familia… ¿qué podría salir mal? Con dirección del veterano cineasta eslovaco Juraj Jakubisko, la serie tenía un reparto de orígenes muy diversos, desde la sueca Viveca Lindfords (que era la tía de Frankenstein) hasta los españoles Sancho Gracia y Mercedes Sampietro, pasando por el franco-norteamericano Eddie Constantine o la italiana Barbara de Rossi.
Cerraremos este capítulo con, a nuestro juicio, una de las mejores adaptaciones de las últimas décadas del mito que estamos glosando, la película titulada Frankenstein de Mary Shelley (1994), coproducción entre Reino Unido, Estados Unidos y Japón, con guion de Steph Lady y Frank Darabont (este último el director de Cadena perpetua, para que nos situemos…), y con dirección de un entonces joven y pujante Kenneth Branagh, que se reservó el papel del doctor Victor Frankenstein, mientras que el personaje del monstruo fue confiado nada menos que a Robert de Niro, cuya caracterización, con horribles cicatrices en la cara, se alejó del canon-Karloff para hacerlo una criatura sin duda terriblemente deforme, pero también un ser sintiente, angustiosamente conocedor de su monstruosidad y, por ello, plenamente consciente del rechazo que suscita a su alrededor y, muy especialmente, en su creador. La película, con un repartazo (además de los citados estaban Helena Bonham Carter, Tom Hulce -el alocado Mozart de la oscarizada Amadeus-, Ian Holm, el montyphytoniano John Cleese…), se publicitaba como la versión más fiel al original shelleyano, aunque en realidad, en buena medida, se apartaba bastante del texto de la escritora británica.
Ilustración: Kenneth Branagh, como el doctor Frankenstein, preparándose para dar vida al monstruo, en Frankenstein de Mary Shelley (1994).
Próximo capítulo: A 175 años de la muerte de Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, un mito más cinematográfico que literario (1999-2014) (V)