CINE EN SALAS
Hikari es el nombre artístico de la directora, guionista, productora y actriz Mitsuyo Miyazaki (Osaka, 1976 -nada que ver con Hayao Miyazaki, fundador y alma mater del famoso Studio Ghibli-), aunque también se ha desempeñado como cámara, directora de fotografía y hasta sonidista. Comenzó en el mundo del audiovisual en los primeros años de este siglo XXI. A los 17 años se mudó a Estados Unidos, donde se formó y vive, aunque trabaja indistintamente en los USA y en su país natal. Como directora ha hecho varios cortos que han conseguido galardones en diferentes certámenes, y también un largo, 37 seconds (2019), que fue premiado en Berlín. Pero quizá su mejor carta de presentación sea la realización de tres de los seis capítulos de la celebrada serie Bronca, que se alzó con tres preciados Globos de Oro.
Ahora nos llega su segundo largometraje como directora, este Rental family, al que los distribuidores, que se fían poco del nivel de inglés del público, le han añadido entre paréntesis ese (Familia de alquiler) que, la verdad, es bastante obvio… La historia se ambienta en el Japón actual; conocemos a Phillip, actor cincuentón que llegó 7 años atrás al país para grabar el “spot” televisivo de una pasta de dientes, y desde entonces sobrevive allí como puede con escasos trabajos y mal remunerados. Un día le llega un encargo insólito: tiene que hacer de norteamericano en un evento del que no le dan muchas pistas. Cuando llega al supuesto “set” de rodaje, resulta que es un funeral, en el que el muerto está muy vivo… es una “performance” que se ha permitido el falso fiambre para que le digan en vida lo bueno que es (cada loco con su tema…). A Phillip entonces le ofrecen integrarse en el equipo que ha realizado aquella patochada (perdón, acto funerario…), una empresa que se dedica a suministrar parientes de alquiler a aquellas personas que necesitan tenerlos; aunque inicialmente renuente, al final Phillip accede. Su primer trabajo será convertirse en el falso marido de una chica lesbiana que quiere que, con una boda de pega, sus padres se queden tranquilos y así ella poder vivir su vida. Otros encargos posteriores tendrán como objeto una niña de 6 años para la que deberá ser el padre que nunca tuvo, y un viejo actor al que, como supuesto periodista, le debe hacer creer que su obra sigue siendo de interés para el público…
Nos parece que Hikari es una cineasta especialmente interesada en las relaciones humanas que se mantienen entre el amor y el odio, esas dos caras de la misma moneda. Porque el protagonista, ese actor entrado en kilos que es Phillip (quizá como rémora aún de su engordamiento para La ballena, por la que Brendan Fraser consiguió el Oscar), mantendrá a lo largo de la película, en especial con los dos casos citados (la niña de 6 años, el viejo que se cree olvidado), una relación como de montaña rusa: la niña, porque cree haber recuperado el padre que nunca tuvo, y el propio protagonista se siente concernido por ese amor que, piano piano, va fluyendo naturalmente de la niña, desde el inicial y lógico resentimiento hacia quien no había hecho acto de presencia en su vida, hasta que el roce, la empatía, el abrirse sin recato (salvo en lo de que es un padre más falso que Judas, claro…), hace que la cría entable con el progenitor postizo algo parecido a una entrañable relación paterno-filial. Igualmente, la relación con el viejo actor olvidado hará que el anciano consiga, antes de morir, ver realizado su sueño de volver a donde nació para ponerse en paz consigo mismo.
El amor, entonces, pero también el inevitable odio, o al menos rencor, son los inestables elementos con los que Hikari moldea su película, un film que, ciertamente, resulta irregular, porque también el tratamiento de esas dos historias es distinto, resultando quizá menos conseguido el segmento que tiene a la niña como coprotagonista, siendo fácil aquí incurrir en terrenos donde lo sentimental puede confundirse con lo sentimentaloide, que no es lo mismo aunque compartan buena parte de las letras, aunque es verdad que la implicación de Phillip trascenderá, con mucho, el personaje que se le había confiado, para convertirse, quizá sin querer, en lo más parecido a un progenitor que había tenido (quizá que tendrá…) la pequeña.
Por el contrario, la historia con el viejo actor nos parece más conseguida: aquí es donde el protagonista tendrá que lidiar con sus propios demonios (ese padre a cuyo entierro no pudo, o no quiso asistir), intentando encontrar la paz interior al propiciar que el viejo cumpla su último sueño, ese retorno a las raíces que tanto anhela. Hay una rara compenetración entre este blanquito elefantiásico y ese vejete que en otro tiempo lo fue todo y ahora cree que ya no es nada, una compenetración que resultará entrañable en sus resultados: para el yanqui, entender una forma de vida distinta de la occidental, tan dada a la superficialidad; para el nipón, conseguir cerrar el círculo de su vida.
Película irregular, entonces, pero ciertamente muy agradable, a ráfagas incluso notable (especialmente en el segmento con el viejo actor), es cierto que su tema no es la primera vez que se lleva a la pantalla; recordemos, por ejemplo, Familia, una de las primeras películas de nuestro Fernando León de Aranoa como director, o la poco conocida Alpeis, del después mucho más famoso Yorgos Lanthimos, o incluso aquel viejo y divertido anuncio de hace un cuarto de siglo, del Renault Mégane, que hablaba de una falsa compañía llamada “Teleamigo”. Pero, por supuesto, la originalidad, a estas alturas, resulta cuasi imposible, y lo importante no es que el tema tenga concomitancias con otros productos audiovisuales, sino que esté bien hecho y que la historia tenga sentido y coherencia, lo que es el caso.
Estamos entonces ante una agradable “feel good” (ya saben, pelis para sentirse bien) de ojos rasgados, aunque el personaje central sea blanco, de raza caucásica y tenga la misma cara (aunque con dos décadas largas más) que aquel jovenzuelo que corría y brincaba en la exitosa serie cinematográfica iniciada por La momia (1999), que lo lanzó a la fama. Por cierto que Fraser, como los buenos vinos, ha mejorado mucho con la edad; de los actores nipones nos quedamos con el viejo Akira Emoto, un intérprete con una carrera larguísima (53 años en activo, en los que ha hecho nada menos que 321 películas o series…), que está eximio en su personaje, el hombre que, quizá en la estela del mito del eterno retorno, quiere volver, al término de su vida, a donde empezó: el principio, el fin, tal vez lo mismo...
(21/01/2026)
109'