C R I T I C A L I A C L Á S I C O S
Es frecuente encontrar en textos o libros relacionados con el universo cinematográfico el adjetivo "sobrevalorado" o "encumbrado" cuando se cita a John Huston, en su faceta de realizador. Por ejemplo, en la conocida Guía del Video-Cine, de Carlos Aguilar, reeditada muchas veces y publicada por Cátedra, en la que se recopilan miles de películas (de las que da una breve pero ajustada reseña que nos informa del film), es uno de esos casos, en los que muchos títulos de ese director salen malparados. Y no deja de ser chocante al tratarse de una personalidad más que garantizada en el mundillo fílmico. Pero ya sabemos que de gustos no hay nada escrito.
Nacido en Nevada en 1906 y fallecido en Rhode Island en 1987, Huston rodó una treintena de largos y un buen puñado de trabajos como intérprete, alternando toda clase de géneros en sus cintas, desde la primera El halcón maltés, piedra maestra del llamado cine negro, hasta cerrar con Dublineses poco antes de morir, mejores o peores, pero siempre con una soltura y una narrativa eficaz, con cumbres como Moby Dick, Freud, pasión secreta, o Fat City, sin olvidar Vidas rebeldes (The Misfits), la película que significó la despedida en pantalla de dos grandes mitos de la interpretación, como Marilyn Monroe y Clark Gable, que murieron poco después de terminar el rodaje.
Pero nuestro autor tuvo la mala suerte de ser menospreciado por la influyente crítica francesa, que lo ninguneó frente a la admiración mostrada ante Alfred Hitchcock, Howard Hawks o Nicholas Ray. Es cierto que todo realizador tiene mejores rachas frente a otras, en las que por diversos motivos el resultado final no es tan halagador. Y esos años fueron quizás para Mr. Huston los de finales de la década de los años cincuenta, cuando solo dos películas suyas se consideraron que bajaban su nivel: El bárbaro y la geisha y Las raíces del cielo, si bien la primera tenía el morbo de contemplar a John Wayne en pleno imperio nipón, sin pistolas ni cartucheras, y enamorándose de una ingenua japonesita. La segunda fue a contar con un guión bastante loco y un plantel de famosos como Juliette Gréco, Errol Flynn, Trevor Howard, Eddie Albert, y hasta el mismísimo Orson Welles, cada uno de ellos haciendo lo que se le antojaba...
Bueno, pues justo delante de estas dos, en 1957, se sitúa Sólo Dios lo sabe, lo que nos lleva (como otras veces), a considerar el peligro de los títulos, originales o en español, y precisamente dos años antes, en 1955, se estrenaba en nuestro país Sólo el cielo lo sabe, un excelente melodrama de Douglas Sirk, especialista en ese género, con Rock Hudson y Jane Wyman, y que llevaba el término inglés Heaven (cielo) en su título de origen, como la que hoy reseñamos. Y menos mal que en ella Rock no se apellida Allison... para acabar de confundir a los espectadores más de la cuenta.
Nuestra cinta cuenta los avatares de un infante de marina de EE.UU. -Henry Allison- en una isla del Pacifico en plena Segunda Guerra Mundial y en territorio del enemigo japonés, lugar al que llega milagrosamente tras ser hundido el submarino donde estaba destinado. Allí deambula por la costa y -fortuitamente- encuentra a una monja misionera que se ha quedado aislada de sus compañeras, cuando aparecen por la playa tropas japonesas, con el consiguiente peligro. Unidos por las circunstancias, entre ellos surge una amistad imposible, entre la novicia Angela y el soldado, con caracteres y enfoques incluso antagónicos, pero que se van mitigando por la convivencia. Y si antes no hemos citado La reina de África entre las grandes obras de su director es porque pronto surgió entre críticos sagaces los paralelismos y semejanzas entre una y otra cinta: hombre y mujer en un espacio obligados a compartir, sea un barco que hace travesía fluvial llevando mercancías por un río africano, y patroneado por un borrachín empedernido, acompañado de dos metodistas, uno de ellos reverendo y su hermana, y esta vez en la Primera Guerra Mundial, la que llamaron Gran Guerra, hasta que lamentablemente llegaría una Segunda... o sea los que ya vimos, la monja y el marine -por una parte- y la metodista y el vitalista patrón de su barcaza, llamada "La reina de África".
Ni que decir tiene que los intérpretes tienen mucha importancia en este tipo de films de escasos personajes, y -también- que todas las reseñas consideraron la versión fluvial, de 1951, mejor que la oceánica, de 1957. Lo mismo que es razonable valorar el trabajo de dos mitos como Humphrey Bogart y Katharine Hepburn, por encima de los otros dos estupendos actores de la segunda elícula, la sensible Deborah Kerr (que lo mismo tenemos en Narciso Negro -también como monja- que en De aquí a la eternidad o en La noche de la iguana, mira por donde también firmada por John Huston...). Sin olvidar a un duro y polifacético Robert Mitchum, quizás recordado por el terrible papel de predicador sicópata, vestido siempre de negro, con sus manos tatuadas en dos polos antagónicos: HATE, en la izquierda, y LOVE en la derecha, un asesino que busca mujeres indefensas para embaucarlas, robarles y terminar matándolas, y todo ello en la increíble, magistral y pesadillesca La noche del cazador, único film dirigido por Charles Laughton, tan famoso como actor como olvidado por esta obra fuera de normas e incasillable.
Sin figurar entre las obras punteras de su autor, Sólo Dios lo sabe tiene sin embargo la curiosidad -poco frecuente- de que sea como una variante, una nueva versión de algo que ya se ha contado, pero en otros ámbitos y época. Y como en "Criticalia" tenemos mucho aprecio por Mr. Huston, poco a poco vamos rellenando su lista de títulos, para que nuestra visión global sea cada vez más certera y enriquecedora…
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