ESTRENO EN MOVISTAR+
No descubrimos nada si decimos que el audiovisual, cada cierto tiempo, tiene su guapo oficial, un guapo cachas al que se le confeccionan productos para su lucimiento (y solaz del personal…). Allá por los años setenta causó furor el actor hindú Kabir Bedi como protagonista de la serie Sandokán, sobre las novelas de Salgari. Más recientemente, ya en este siglo XXI, ese trono lo ocupó el cubano William Levy, pero como la edad no perdona, ya va de salida. Ahora su sustituto es un actor turco, Can Yaman (pronúnciese “Yan Yaman”), que se graduó en Derecho en su Estambul natal, e incluso ejerció su carrera dentro del bufete de PriceWaterhouse & Coopers, hasta que se dio cuenta que aquello de los pleitos no era lo suyo, y, dejándolo todo, inició hacia 2014 una carrera como actor y modelo que le ha llevado hasta aquí, siendo como intérprete muy solicitado para series en su país, aunque, dado su poderoso porte, ha llamado también la atención de otras nacionalidades. El hecho de que el guapo hable cinco idiomas (español incluido) sin duda debe haberle ayudado, aparte de que es evidente que tonto no es… Eso sí, los audiovisuales en los que hasta ahora ha intervenido, como cabía imaginar, no son sino vehículos para lucir cuerpazo, que para eso lo tiene; si en el futuro buscara brillar como actor, además de como estrella, deberá elegir otros productos de más fuste.
Porque este El turco es, desde luego, un producto audiovisual endeble, por más que se ve costeado, tanto en medios económicos como artísticos, con un elenco actoral internacional, con actores ingleses, suecos, italianos… vamos, una ONU en el rodaje…
La historia se sitúa en el siglo XVII, según informan unos rótulos iniciales, en el que se cuenta que el Imperio Otomano asediaba la ciudad de Viena; conocemos a Balaban, un oficial jenízaro (así llamaban a los militares turcos de origen cristiano, secuestrados por los otomanos en sus “razzias” por el Mediterráneo y criados en la religión islámica, convirtiéndose en feroces guerreros para el imperio turco), que se introduce en la ciudad para rendirla desde dentro, pero allí le traiciona su “hermano” (en sentido de afinidad, no de consanguinidad) Meté, haciéndolo de tal manera que parece que Balaban ha traicionado a los suyos. De regreso a Turquía, su padre lo repudia, ante la supuesta traición, pero Balaban consigue escapar. Más tarde será herido en una refriega cuando intenta esclarecer lo ocurrido con la traición de Meté. Huye y es recogido, en un pueblecito italiano, Moena, por una mujer, Gloria, quien le cuida y sana, aunque los turcos en la zona no son apreciados. Gloria tiene adoptado a un niño, Topo, que hace buenas migas con Balaban. Pero Meté, ahora ya con su nombre de cristiano, Marco Benedetti, ha enviado a su lugarteniente SkeletWolf a buscarlo, encontrando a Gloria, Topo y, dentro de la casa, Balaban, que escapa antes de que lo pillen…
Esta miniserie de 6 capítulos, ciertamente, no va a pasar a ninguna historia del audiovisual. Y lo cierto es que la serie tiene buena calidad de imagen; en ese sentido, se nota que el director, Uluç Bayraktar, ha filmado un puñado de videoclips musicales, dominando la estética de anuncio, que es la que predomina aquí, con una iluminación plana, con la que busca la brillantez hueca. Pero la historia es elemental, como cabía esperar, con incoherencias de guion notables, en un relato de narrativa tradicional, con una realización impersonal, estándar, y con una puesta en escena al servicio de la historia, que busca lo habitual en este tipo de productos: lucimiento (físico, se entiende…) del macizo protagonista, en una trama fácil de seguir, con temas archiconocidos como redención, honor, lógicamente amor, quizá algo de sexo...
Es verdad que la serie cuenta con una costeada ambientación histórica, y no solo tirando de efectos digitales (que también), sino con utilización de suntuosos edificios reales y construcción de complicados decorados. Tiene hasta varias escenas con movimientos de masas, que siempre evidencian que ha habido pasta a espuertas de por medio, pero ello está puesto al servicio de una historia muy básica, sin profundidad, que busca la mera y superficial aventura, tampoco demasiado distinguida...
Como seguramente es inevitable en este tipo de historias “de época” en la que alguien se opone al gobierno despótico de turno, hay ciertas reminiscencias del rebelde popular por antonomasia, Robin Hood, con un paladín que galvaniza al pueblo contra los poderosos, que son malos y crueles, aunque aquí, como innovación, ese rebelde tendrá que vencer las resistencias de una comunidad recelosa de los de su etnia.
Hay (además de la historia de amor de turno) una reiterativa insistencia en la hermandad entre el prota y sus “hermanos” (que no lo son de sangre), que se conocen a sí mismos como “la garra”. Pero quizá lo más llamativo sea la proliferación de villanos, de los que aquí tenemos un repertorio curioso: el peor es el traidor Meté, convertido al cristianismo, un tipo infecto en el que convergen todos los pecados; también es muy malo su sicario, SkeletWolf, un albino con más mala leche que la Madrastra de Cenicienta… Y el príncipe-obispo (en aquella época le daban a todo…) tampoco es manco, otro gobernante déspota (uy, perdón por la redundancia…); y no digamos su hija (por cierto, recuerda bastante a Dominique Sanda, aunque sin su misterio…), una arpía que busca parecerse a la estirpe de las vampiresas del “film noir”. Pero todos estos malos son poco sutiles, se les nota demasiado lo malos que son, carecen de cualquier atisbo de profundidad, son villanos sin fisuras, no como los que se estilan en nuestro tiempo, con tantos matices…
Un final confuso, apresurado, con agujeros de coherencia y continuidad, y dejando abierta la posibilidad de otra temporada, cierra una serie que, ciertamente, como apuntábamos, no es precisamente la octava maravilla, en una historia bastante simple, sin complejidad alguna, una aventura que incluye una trama de buenos y malos absolutos, además de los siempre inevitables toques románticos y sus buenas dosis de acción.
La interpretación es cualquier cosa menos interiorizada; bueno, la verdad es que todos saben que tampoco están haciendo Shakespeare...
(26/01/2026)