Pelicula:

C I N E   E N   P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN FILMIN

Harris Dickinson (Essex, 1996) es un jovencísimo actor británico que, a pesar de su juventud, ha estado ya en varios títulos significativos de los últimos años, como El triángulo de la tristeza, Babygirl y La chica salvaje, entre otros, aunque se inició en los ambientes del cine “indie”, con films como Beach rats y Matthias y Maxime. Ha trabajado con divas como Nicole Kidman, estrellas emergentes como Saoirse Ronan, actores consagrados como Ralph Fiennes… en fin, que el joven Harris, con tan pocos años (no ha cumplido todavía los treinta, el tío, y tiene un carrerón que envidiarían actores que han dejado atrás ya el medio siglo…), es ya una presencia conocida para los cinéfilos de todo el mundo.

Dickinson (buen apellido, por cierto, para el arte, como el de la poetisa Emily ídem) da el salto ahora a la dirección de largometrajes (antes ya había hecho algunos cortos) con este Urchin, que podría traducirse como “erizo”, una palabra de corte muy dickensiano que generalmente se atribuye, en plan metafórico, a la infancia desvalida, que actúa como un erizo, efectivamente, cuando se encuentra acosada. Pero la verdad es que la película no termina de encontrar su tono, quizá por la inexperiencia como director de Harris, que actúa también como único guionista, error que nos parece capital en la cinta, más allá de que, formalmente, el film sea correcto.

La historia se ambienta en nuestro tiempo, en Londres. Conocemos a Mike, un chico sin hogar, adicto a todo tipo de sustancias tóxicas (alcohol incluido), que lleva cinco años viviendo en las calles. Sus padres adoptivos han tirado la toalla con él, una vez que han entendido que no hay nada más que hacer. Mike cree que otro colega “homeland”, Nathan, le ha robado la cartera, y se pelea con él. Un hombre de color, Simon, media para que no se peguen, y se ofrece a darle a Mike un bocadillo, pero por el camino el indigente le golpea y le quita el reloj para empeñarlo. Detenido (todo ha sido filmado por cámaras de vigilancia callejera), es encarcelado; tiempo después es liberado con la condicional y tutelado por el estado, que le busca alojamiento en un albergue. Se coloca en el (infecto) restaurante de un hotel de medio pelo, pero allí pronto empieza a tener problemas, tanto por sus errores como por la desidia de los demás, que descargan en él sus tareas…

Temáticamente, Dickinson parece fijarse en autores como Ken Loach o en las películas más sociales de Stephen Frears (que cultiva también otro tipo de cine, no como Loach, que en ese aspecto es monotemático), pero sin su fuerza combativa; parece que Urchin busca más el retrato de un desarraigado, de un marginal que, por diversas circunstancias (desatención de unos servicios sociales rutinarios, también su propia dinámica autodestructiva, entre otras), va dando bandazos por la vida con esporádicas reinserciones, en las que alberga los mejores propósitos, pero que después, a las primeras de cambio, se hunde para caer aún más bajo que antes. 

Es evidente entonces que el título Urchin conviene al film, porque, de alguna forma, estaríamos ante una actualización de los arquetipos dickensianos; parece que Dickinson intenta que su Mike, su protagonista, fuera una especie de continuación natural y obviamente actualizada de alguno de los pequeños y míticos personajes creados por Dickens, quizá Oliver Twist o David Copperfield, pero en realidad dista mucho de conformar un rol reconocible, y su prota lo que hace es deambular de mal en peor, con algún tiempo en el que parece que todo puede revertirse hacia una situación de normalidad, incluso con sus sueños insensatos (crear una compañía que proveería de chóferes para limusinas, nada menos…), para después, como ya imaginábamos, irse todo al garete. Busca, entonces, Dickinson incardinar su película en ese cine realista británico que, desde Loach sobre todo, es un potente venero de esa cinematografía, aunque nos parece que todavía tendrá que pulir mucho sus historias. 

Aquí, por ejemplo, mezcla con no demasiado tino ese tono realista, casi naturalista, con excursos entre lo fantástico, lo surrealista y lo absurdo, con escenas como la del agujero del desagüe de la ducha de Mike, que nos llevará, en plano subjetivo, atravesando múltiples figuras caleidoscópicas, hasta un entorno como de gruta que verdea de tanto liquen, tema que se repetirá varias veces a lo largo del film, en una propuesta críptica que el neófito director no termina de concretar, quizá buscando reminiscencias de films de culto del cine extraño (Under the skin, Donnie Darko…), aunque en su final lo que intenta es entroncar nada menos que con 2001, Una Odisea del Espacio, con un último plano que nos parece busca recordar el homólogo de la película de Kubrick, aunque es obvio que no tiene la altura filosófica, ni conceptual, de la obra maestra del cineasta yanqui. Y es que esos excursos surrealistas, incluso abstractos, no nos dicen tampoco gran cosa, más allá de escenificar (de aquella manera…) la espiral de degradación de Mike.

En sintonía con el cine de nuestro siglo, la película se enfoca absolutamente en un personaje que hace veinte años hubiera sido imposible de ver en una pantalla, una persona en los márgenes de la sociedad, una persona a la que, en puridad, nadie presta atención: ni su familia, que se ha desentendido totalmente de él, ni el estado, cuyos servicios sociales no se implican sino que desarrollan su labor por pura inercia, ni siquiera aquellos que supuestamente intentan ayudar, como el dueño del restaurante que lo expulsa del trabajo, si bien hay que entender que el prota no era precisamente un dechado laboral…  

Dickinson no parece tomar partido, ni tampoco empatiza con su protagonista; su acercamiento podríamos convenir en que es entomológico; en todo caso, hay una cierta complicidad en sus intentos por reinsertarse en la sociedad, aunque sepamos que están abocados al fracaso; pero tampoco le ahorra críticas cuando su personaje se comporte horriblemente con otros que le ayudan: el buen samaritano del principio, al que golpea para quedarse con su reloj y empeñarlo; la chica con la que se empareja, a la que ofende estúpidamente, provocando que lo eche de su casa/furgoneta y comience así su imparable cuesta abajo… y es que, en el fondo, la película, como decíamos, no parece buscar especialmente la empatía con el protagonista, un tipo que con su actitud y comportamiento no resulta precisamente simpático.

Retrato de un bala perdida que sabemos a ciencia cierta que no tendrá buen fin, el retrato de una vida sin vida, debería interpelarnos como sociedad el hecho de que personas como este Mike no puedan rehacer su existencia; pero tampoco parece que Urchin aporte nada especialmente novedoso sobre lo que ya conocíamos. También presenta Dickinson una visión no precisamente benévola sobre las herramientas de autoayuda (aquí audios “ad hoc”), horribles peroratas sin ton ni son, pura palabrería vacía, que difícilmente van a ayudar a nadie (salvo al que los ha hecho, claro, vía factura cobrada por su trabajo…). 

Frank Dillane, el joven protagonista del film, hace un esforzado trabajo, apreciándose que se entrega totalmente a su personaje; de hecho, consiguió el Premio al Mejor Actor en la prestigiosa sección Un certain regard, del festival de Cannes. El director, Dickinson, se reserva un papel secundario, el de su amigo Nathan, también poliadicto, aunque la película parece reservarle un mejor destino que a Mike.


(12/03/2026)


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100'

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Urchin - by , Mar 12, 2026
2 / 5 stars
Vida sin vida