C I N E E N S A L A S
Anna Cazenave Cambet (Nèrac, 1990) es una todavía joven guionista y directora francesa, que ha hecho hasta la fecha dos cortos y dos largos, incluido este Love me tender que, evidentemente, evoca la famosa canción homónima de Elvis. Se graduó inicialmente en fotografía, para después derivar a estudiar Dirección en la prestigiosa La Fémis. Su cine se inscribe de forma monográfica, al menos hasta ahora, en el drama de temática LGTBI, en concreto en su faceta lésbica, a veces con menores de por medio, como en su corto Gabber Lover (2016), con el que consiguió nada menos que la Palma de Oro “queer”.
Aquí Cazenave Cambet adapta la novela homónima original de la escritora Constance Debré (nieta del que fuera primer ministro de De Gaulle, Michel Debré), publicada por Flammarion en 2020, una novela de autoficción en la que cuenta, con los ropajes de la ficción, parte de su vida, aquí con el nombre de Clémence, en concreto la etapa en la que, tras una exitosa carrera como abogada, decidió dejarlo todo, y también su matrimonio, para dedicarse a escribir. El hijo en común de la pareja, Paul, menor de edad, queda en custodia compartida, pero a partir de que Clémence le dice a su ex que ahora está experimentando sexualmente con mujeres, el hombre empieza a poner pegas para que vea al niño, hasta convertir tal cuestión en un auténtico infierno para la madre…
Love me tender, la película (quizá titulada así por llamarse Elvis el hijo real de Constance Debré, con lo que jugaría con una cierta metáfora, o al menos cierto simbolismo personal), nos tememos que no termina de convencernos. A ver, se aprecia la historia, contada en primera persona, de una mujer que decide dar un cambio radical a su vida, cambiando profesión y tendencia sexual, y cómo tal muestra de valor, al buscar hacer lo que realmente le gusta, le deparará sinsabores sin cuento, al oponerse el exmarido en plan “ghosting” (vamos, sin hacerlo frontalmente, sino mediante evasivas) a que la prota pueda seguir viendo con normalidad a su hijo, que la adora.
Pero (siempre tiene que haber un pero, mecachis…) la película nos ha parecido demasiado dispersa: además de la línea central, que obviamente es la lucha de Clémence por recuperar su relación con el pequeño Paul, habrá también tiempo para dedicar a los sucesivos ligues o amores de la prota, para ver su (más bien prescindible, porque no aporta nada…) relación con su casero juvenil, también la de cervezas que se toma con sus amigos LGTBI (que tampoco aportan mucho, más allá de dar cierto tono costumbrista sobre su vida), más sus diarios ejercicios de natación, sus visitas periódicas a su padre en el hogar paterno, en el campo, en Garonne, al sur de Francia, y algunas otras cosas más que nos dejamos en el disco duro: es decir, el tema central queda opacado con frecuencia por esos otros temas que, en puridad, no aportan gran cosa a lo que se nos está contando, pareciendo más bien relleno en una película a la que, en nuestra opinión, le sobra hasta media hora de los 132 minutos que dura, una auténtica barbaridad que no se justifica como no sea por ese tópico idiota de que no hay película importante que baje de las dos horas (eso es que no han visto Zelig, que no llega a los 80 minutos…).
Tampoco ayudan demasiado, en el guion, algunas explosiones emocionales no suficientemente motivadas, como en la penúltima secuencia, en el centro de mediación, con el pequeño estallando sin una causa ni medianamente clara, o, en esa misma secuencia, cuando sale la prota del centro y se encuentra con su amante, a la que le echa una bronca desmesurada que resulta artificiosa y escasamente justificada.
Hace bien la película en criticar la anquilosada burocracia que, incluso en un país tan avanzado como Francia, permite que el progenitor o progenitora que tiene la patria potestad exclusiva pueda faltar a lo acordado judicialmente sin que pase nada... si esto es en Francia, da miedo pensar en lo que ocurrirá en otros países socialmente más atrasados (aquí en, en España, sin ir más lejos…). En ese sentido, extraña que en la muy liberal Francia le dieran inicialmente la razón al padre en base a peregrinas acusaciones de incesto y pedofilia, y por acusaciones de que ella escribiera historias, en buena medida autobiográficas, sobre relaciones lésbicas. También es relevante que se ponga sobre la mesa el siempre controvertido tema de la manipulación que sobre el niño o la niña a veces puede realizar el cónyuge que mantiene la patria potestad, para indisponer al menor contra el otro exmiembro de la pareja, poniendo así en abominable práctica aquello de que “en el amor y en la guerra todo vale”.
Los textos en off que oímos en boca de la protagonista, bastante plomizos, buscando sin mucha fortuna una cierta poesía, nos parecen también un error, enlenteciendo la trama y rompiendo el ritmo narrativo, ya de por sí, con tanta dispersión, bastante desvaído. En nuestra opinión, esa narración en off podría haberse obviado, para centrarse en la historia que realmente importa e interesa, profundizando en la trama central, en la lucha de la protagonista por recuperar a su hijo.
No deja de resultar curiosa la moraleja de la película, una rabiosa autoafirmación de la individualidad, contrariando ese absoluto amor de madre que se reputa(ba) hasta hace no mucho como norma inquebrantable. Aquí ella (otra vez en off, con uno de esos textos pesados cual tanque en la solapa) llega a la conclusión de que no merece la pena sufrir más por intentar recuperar al niño, que crecerá muy pronto y entonces decidirá lo que quiera... y es que no es frecuente este distanciamiento, ese desapego, sobre todo después de cómo ha luchado a brazo partido por mantener la relación materno-filial; quizá ésa sea la peculiaridad más llamativa de la película.
En el apartado actoral, Love me tender descansa de forma casi absoluta sobre los experimentados hombros de la luxemburguesa Vicky Krieps, que habla cuatro idiomas con fluidez, entre ellos el francés, como demuestra en este film. Krieps se está convirtiendo en un rostro habitual en el cine europeo; de todas formas, no es éste su mejor papel, o así nos lo parece, quizá porque el personaje (la controvertida Constance Debré) es ambiguo y con una esencia difícil de captar. Muy bien el pequeño Viggo Ferreira-Redier, que encarna al hijo Paul, muy fresco y natural, a pesar de que el guion le hace, a veces, actuar contra la actitud que ha mantenido durante esa misma escena. De los secundarios nos quedamos con Féodor Atkine, que 20 o 30 años atrás hacía unos villanos buenísimos, pero que aquí ya hace de abuelito… tempus fugit…
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