La obra de Charles Dickens, en cine, tiene dimensiones de océano: a la fecha de este texto, sus novelas y relatos han propiciado casi 500 títulos audiovisuales, según censa la IMDb. Oliver Twist, una de sus más celebradas novelas, también ha constituido la base para varios films y series. Las más famosas de esas versiones son, seguramente, la que hizo David Lean en 1948, y la que dirigió Roman Polanski en 2005.
Esta Oliver es la versión al cine del musical teatral homónimo, original de Lionel Bart, estrenado en Londres en 1960 y en Broadway en 1963, consiguiendo esta última producción varios premios Tony. Cinco años más tarde, cuando el musical cinematográfico clásico languidecía, se llevó a la gran pantalla con pabellón británico y con la distribución mundial garantizada por la “major” norteamericana Columbia.
La versión, aunque en términos generales se adapta al texto original de Dickens, se toma bastantes libertades, sobre todo simplificando la trama y haciendo que algunos personajes odiosos, como el viejo Fagin, sea más cómico que sádico. La historia, más que conocida, narra la triste historia de Oliver Twist, un huérfano que malvive en un hospicio, en el que la pésima comida (siempre horribles gachas) escasea; sus colegas eligen a Oliver como portavoz para pedir más alimento, lo que termina haciendo que los torvos gestores del establecimiento se lo vendan (literalmente…) a una funeraria, donde será de nuevo sojuzgado por sus fúnebres amos. Consigue huir del establecimiento y, al llegar a Londres, un pícaro de su edad, Jack, lo embauca hablándole de lo bien que está con su jefe, Fagin, y otros niños, llevándolo hasta él. Fagin, ladrón, estraperlista, delincuente de amplio espectro, lo acoge en el seno de su variopinta comunidad de ladronzuelos y carteristas, viendo en el pequeño, con su ingenuidad y candidez, una trampa perfecta para ricos bondadosos…
Carol Reed (1906-1976), el director de esta película, fue un cineasta de larga carrera, que se extendió entre 1935 y 1972, pero su filmografía no abunda en títulos de relieve: se pueden entresacar, a vuela pluma, algunos significativos, como el film de espías El tercer hombre (aunque aquí la sospecha de la intervención de Welles en la puesta en escena ensombrece su autoría), Nuestro hombre en La Habana, sobre la novela de Graham Greene, y el drama histórico El tormento y el éxtasis, sobre la complicada relación entre Miguel Ángel y el papa Julio II, que dio lugar a la Capilla Sixtina.
La versión cinematográfica de Oliver tiene varios problemas: el principal quizá sea que se hizo cuando el musical clásico agonizaba, una vez que nuevas propuestas mucho más libres y vanguardistas, como West Side Story (la versión de 1961, se entiende) había puesto patas arriba el concepto del musical fílmico; otra, no menos importante, sería la de la escasa capacidad creativa de Reed, que además no había rodado un musical en su vida, con lo cual tampoco conocía el género; Reed, además, como queda dicho, nunca fue un cineasta precisamente exquisito, así que su versión, sin ser deleznable, sí fue bastante envarada y acartonada, algo que ya se dijo en el momento de su estreno: y es que el tiempo de los grandes musicales de inspiración puramente teatral había pasado…
Hay cuestiones curiosas en la película, como por ejemplo una frecuente utilización de perspectivas arquitectónicas con simetrías muy marcadas y con coreografías que a veces recuerdan poderosamente los desfiles militares. También hay, por supuesto, una evidente utilización de los colores y la iluminación para remarcar los espacios en los que se desarrolla la historia, con la escenografía lóbregamente gris, cenicienta, de los escenarios sórdidos (orfanato, guarida de Fagin…) a la que se contrapone el hogar del Sr. Brownlow, el rico caballero que acoge a Oliver en su casa, donde todo será luz y blancura, en una interpretación obviamente maniquea, inevitable seguramente en su tiempo.
Estamos entonces ante una versión dickensiana pero también muy victoriana, con una clave musical y un humor negro que la hace menos circunspecta que la original de Dickens, en una adaptación más infantil, premeditadamente menos oscura y patética, buscando también un público más familiar, que ahora llamaríamos transversal. Los personajes malvados también son menos malos que en la novela, especialmente el perverso Fagin, aquí, como se ha comentado, más cómico que cruel; el que se lleva la palma en maldad será el bellaco Bill Sykes, un tipo sin entrañas, pintado con todos los defectos que puede tener el ser humano, incluso cargando la mano en ello para que al final, cuando llegue su inevitable destino (que el público ya sabe cuál es: estábamos en los años sesenta, qué diantres…), el espectador se sienta liberado. En este sentido, Fagin actúa, curiosamente, casi como un contrapunto benévolo con respecto al felón Sikes, cuando en la novela ambos son igualmente canallescos.
Hay otro personaje (en este caso positivo) muy interesante, sobre todo porque prefigura un rol muy actual, el de la mujer vejada y maltratada por su pareja, la Nancy que es novia (eufemismo para decir amante, que en esa época -y menos en esta película de vocación infantil- no se podía decir) de Sykes, y que, aunque se juega la vida, literalmente, por salvar a Oliver, no repudiará a su hombre, con esa típica e increíble miopía femenina para los marrajos.
Hay buenos números musicales, por supuesto, como la escena en el mercado en la primera parte de la película, pero con frecuencia se incurre en el pecado de dilatar demasiado esos números, tal vez porque, como queda dicho, ya era un musical fuera de su tiempo, confirmando el declive del musical clásico, de una fórmula ya periclitada. Y es que al film le falta frescura, ligereza, también en los números bailables de coreografías que resultan ya anticuadas.
La película está filmada enteramente en estudio, presentando un Londres victoriano de los barrios bajos de medidos del siglo XIX, reconstruido en clave misérrima, pero sin el feísmo típico del realismo sucio. Ello le confiera un evidente tono teatral, aunque se procura huir de la cuarta pared. Los recursos cinematográficos que utiliza Reed son un tanto pedestres, con una puesta en escena impersonal, bastante estándar.
Correcto trabajo actoral, con un pequeño Mark Lester que fue una revelación en su momento, sobre todo por la ingenuidad y el desvalimiento que transmitía, muy apropiados para el papel de Oliver Twist; Ron Moody compuso un interesante, también ambiguo Fagin, un personaje que, en el fondo, es un poco una mezcla de varios arquetipos de avaros, como el Harpagon de Molière, el Scrooge del propio Dickens, o el dómine Cabra de Quevedo. El papel femenino más relevante es el de Shani Wallis, muy atinada como Nancy, escindida entre su instinto maternal con el pequeño Twist y su amor incondicional por alguien que, sin duda, no lo merecía, ese Sykes que compone muy acertadamente un Oliver Reed en su mejor época, la de Mujeres enamoradas y Los demonios.
(12-07-2025)
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