C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN NETFLIX
Juan José Campanella (Buenos Aires, 1959) es un cineasta argentino que lleva haciendo cine (generalmente con éxito) desde hace casi medio siglo. Y lo curioso es que la primera película que lo dio a conocer fue una “indie” norteamericana de peculiar título, El niño que gritó puta (1991), un potente acercamiento a la figura del niño problemático (por decirlo de alguna forma…), aunque esa incipiente carrera en los USA se truncó con un fracaso, el drama romántico Y llegó el amor (1997), con nuestra Aitana Sánchez-Gijón, en su breve incursión en el cine yanqui, así que Campanella volvió a su país, Argentina, y allí lo cierto es que ha hecho buen cine, con películas que han sido éxitos comerciales y críticos, como las comedias románticas El mismo amor, la misma lluvia (1999) y El hijo de la novia (2001), esta última un auténtico suceso que catapultó a la fama internacional al gran Ricardo Darín; El secreto de sus ojos (2009), que consiguió el Oscar; una incursión en el “cartoon” digital, Futbolín (en Argentina se llamó Metegol, 2013); y la divertida comedia de enredo El cuento de las comadrejas (2019).
Ahora con esta Parque Lezama vuelve a un universo, el de las personas mayores, que ha frecuentado a lo largo de su carrera: de las citadas, por ejemplo, lo hizo en El hijo… y en El cuento… Ahora se centra casi exclusivamente en la figura de dos ancianos, Antonio y León, que se conocen en el parque del título, un espacio público verde en la capital bonaerense desde finales del siglo XIX. Sobre el momento en el que se inicia la acción, una voz en off indica al principio que podría acontecer en 2030, o en 1984, o en otras varias fechas más, evidenciando con ello la atemporalidad de lo que se nos narra. Conocemos a Antonio, que recibe en un banco del parque a León, al que rechaza compulsivamente porque, según se ha dado cuenta en los pocos días que lo conoce, es un mentiroso compulsivo que se ha presentado como Mobutu de Ruanda, supuesto agente secreto… Cuando por fin Antonio accede a hablar (no le quedaba otra, León es pesado como un tanque en la solapa…), le cuenta a su no-amigo que está pesaroso porque sospecha que su empresa (sigue trabajando a los 85 años…) está maquinando echarlo, por su edad y porque está medio “chicato” (cegato, en un delicioso argentinismo). León, entonces, se ofrece a defenderlo con otra de sus personalidades, la de un combativo representante de un “sindicato de porteros”, y así lo hace, aunque Antonio no quiere, cuando aparece Menéndez Roberts, un joven ejecutivo agresivo, todo amabilidad, que es el encargado de enseñarle la puerta de salida en la empresa a Antonio…
La película es un “remake” de un film norteamericano, Dos viejos chiflados (1996), dirigido por Herb Gardner sobre su propia obra teatral titulada I'm not Rappaport. Aquí la trama central se sigue de forma bastante aproximada a la original, en tanto en cuanto tenemos a los dos viejecitos que se conocen en un parque (en la versión yanqui era el Hyde Park neoyorquino, y los actores eran Walter Matthau y Ossie Davis), ambos exponentes de dos tipos, casi dos arquetipos humanos: Antonio, la persona que está por el “vive y deja vivir”, pragmático y apegado a la tierra; León, un idealista, un hombre muy ideologizado cuyas creencias políticas de estricta izquierda han movido siempre su vida, hasta convertirse en lo más importante de su existencia. Del choque entre ese pragmatismo con un idealismo exacerbado surge el cáustico humor en esta divertida “comedia de opuestos”, que, si nos fijamos bien, sigue en buena medida el esquema que ya en los años cuarenta imaginó Giovanni Guareschi en su ciclo de populares novelas sobre Don Camilo y Peppone, con su cura tridentino y su alcalde comunista, aunque es evidente que evolucionado (aquí Antonio tiene poco de religioso…), y con su propia personalidad.
Estamos entonces ante una comedia negra sobre la vejez, en un contexto, la Argentina de Milei, que no es precisamente muy bonancible para personas como estos octogenarios, uno de ellos obligado, para subsistir, a trabajar todavía a una edad avanzadísima, y el otro jubilado sin mucha más perspectiva que sobrevivir cada día, eso sí, imaginando personajes y situaciones con las que embaucar (sin ánimo de estafa) a pobres diablos a los que cuenta historias inverosímiles y absurdas, en ese mundo de fantasía en el que se mueve y que (como veremos en el epílogo, que no destriparemos…) no solo él se siente a gusto... Habla entonces de las dificultades económicas de estos dos infelices, pero con gracia, sin hacer drama, mucho menos tragedia, sino poniendo en solfa la situación dineraria de la gente de a pie, aunque, por supuesto, eso le importe un pimiento a Milei y sus palmeros.
Una tragicomedia, entonces, sobre la senectud, con buenos diálogos, chispeantes, chistosos, en una película que juega hábilmente con los achaques de los viejos, pero con respeto, se ríe “con” los viejos, no “de” los viejos, que es un cambio preposicional muy considerable…
Hay también, evidentemente, una acre denuncia sobre las compañías sin alma y su desprecio por los viejos, aunque esté rodeado de circunloquios, perífrasis y eufemismos para no decir lo que verdaderamente sienten las grandes compañías, un desprecio infinito por la gente mayor.
Campanella, sobre el texto de Gardner, consigue evitar el fantasma de la teatralidad, tan peligroso teniendo en cuenta el único escenario en el que se desarrolla la historia (el Parque Lezama del título), gracias no solo a la estupenda interpretación de los dos viejos actores, Brandoni y Blanco, sino también por la intersección en las escenas en las que ambos aparecen solos con otras en las que interactúan con otros personajes, desde el ejecutivo Menéndez Roberts que va a dorarle la píldora a su empleado “chicato” para ponerlo de patitas en la calle y, encima, hasta le esté agradecido (hasta que aparece León y, como tal, casi se lo come…) hasta, sobre todo, la divertidísima escena en la que los dos viejitos, a instancias del carcamal idealista, montan una imposible trama en la que intentan hacerse pasar por policías de pacotilla para amedrentar a un canalla que le está buscando las vueltas a una chica, una trama tan descabellada pero a la vez tan cachonda en la conformación de los personajes ficticios, con ese León haciendo de comisario general, con el apodo de “Ronco”, y ese Antonio, a la fuerza, interpretando, quieras o no quieras, al policía “Tarta”, y ambos enfrentados a un tipo joven, fuerte y sin escrúpulos: ¿qué podría salir mal?
Estamos entonces ante una mirada casi desde el más allá, una mirada de viejos hacia el actual mundo de locos, un mundo que desconsidera a los viejos por serlo, o bien no los ve, creyéndolos invisibles o, si los ve, los menosprecia. Es también una sentida apuesta por la capacidad del ser humano (incluso del más humilde de nosotros) para la fabulación, para inventarse mundos o personalidades distintas, especialmente cuando se siente ninguneado por la sociedad que debería abrazarle. Hay incluso lugar para que se plantee (en los diálogos de León con su hija, aleccionada en el izquierdismo por el padre en su infancia y juventud, ahora ya entregada absolutamente al capitalismo), sobre si de verdad se puede cambiar el mundo o no, lo que dicho en el contexto del rampante neoliberalismo de la motosierra de Milei que asuela la República Argentina, resulta cuando menos descorazonador. Eso sí, Campanella, quizá en un gesto de puro idealismo, se permite terminar la película a los acordes de la Internacional…
La película es, también, un sentido homenaje a la vieja generación de actores que han dado forma al último medio siglo de cine argentino, actores de la talla de Federico Luppi, Héctor Alterio (aunque es verdad que este hizo la mayor parte de su carrera en España, donde tuvo que exiliarse), Ulises Dumont, Miguel Ángel Solá, Norma Aleandro o Graciela Borges. Los propios protagonistas, Luis Brandoni y Eduardo Blanco, son buena muestra de ese talento provecto pero aún en plena forma, dos viejitos excelentes y adorables, sobre los que se sustenta la mayor parte de los aciertos del film; Campanella, en ese sentido, hace un buen trabajo, consciente de que lo esencial en la película son sus protagonistas y los estupendos diálogos, y su papel aquí es servirlos adecuadamente.
115'