09/05/2026
Aunque ya en décadas anteriores el mito de Frankenstein, en cine, había empezado a dar muestras de que servía igual para un roto que para un descosido, en los años sesenta y setenta eso se hizo aún más evidente, conviviendo las versiones más o menos clásicas de la novela con otras que buscaban, sobre todo, la comicidad, pero también (glup…) la lubricidad...
Con el primero de esos tonos, el humor, es con el que se acometió la serie televisiva La familia Monster (1964-66), producida por la poderosa CBS, que presentaba un peculiar clan familiar formado por un abuelo de apariencia vampírica, un padre con toda la pinta de Boris Karloff caracterizado como el monstruo de Frankenstein, una madre que parecía una vampiresa de los terrores de la Universal de los años treinta, un niño de 7 años con aspecto como de hombre-lobo (bueno, de niño-lobo…), y una adolescente rubia con pinta normal (ésta debía ser adoptada…), en una serie que ciertamente hizo historia, muy divertida en su contraposición de la peculiar idiosincrasia de este clan disfuncional y el entorno digamos más o menos normal de los Estados Unidos de los años sesenta, una serie que se vio en España a través de Televisión Española (la única que había entonces), con gran éxito de público.
Japón ya era en los años sesenta toda una potencia en la animación, habiendo sido el país creador del anime, esa singular fórmula que combinaba en la forma la animación (tradicional, entonces no existía aún el 3D en el “cartoon”, ni se le esperaba hasta varias décadas después) con, temáticamente, los traumas, conscientes o subconscientes, de la nación nipona de esa época (Hiroshima, sobre todo). En ese contexto nos encontramos con la coproducción japo-norteamericana Furankenshutain tai Baragon (1965), literalmente “Frankenstein contra Baragon”, un largometraje hecho para cine, dirigido por el veterano Ishirô Honda, en una historia muy influida por bestias legendarias de la imaginería audiovisual japonesa como Godzilla o Manda, en la que se injertaba la leyenda de Frankenstein, partiendo nada menos que del corazón del monstruo shelleyano expuesto a radiación, generándose a partir de esa víscera todo un cuerpo gigantesco que (obvio, como dirían nuestros hermanos argentinos y uruguayos) luchará contra otros monstruos también con tamaño de edificio de diez pisos.
En el capítulo anterior ya vimos la importancia, a partir de los años cincuenta, de la productora británica Hammer en el reverdecimiento del cine de terror, incluyendo, por supuesto, el mito creado por M. Shelley. A finales de los años sesenta nos encontramos otra interesante muestra del cine de esta compañía, con el título de El cerebro de Frankenstein (1969) y dirección del cineasta por antonomasia de la productora, Terence Fisher, presentando aquí la historia una variante curiosa, el hecho de que el barón Frankenstein decida trasplantar el cerebro de un célebre científico, el Dr. Brandt, que le iba a comunicar un trascendental descubrimiento, al encontrar que esa eminencia ha perdido la razón; pero si trasplanta el cerebro a otro cuerpo, éste le podrá contar de qué se trata… (¿qué podía salir mal…?). Peter Cushing es aquí el barón, y el monstruo, como el Dr. Brandt, fue interpretado por el actor checo George Pravda.
Una de las variantes que encontraremos en el período que estamos analizando es el hecho de cambiar de sexo al protagonista, el científico, lo que ocurre en la película italiana Lady Frankenstein (1971), dirigida por el norteamericano Mel Welles (nada que ver con el gran Orson…), auxiliado por el cineasta italiano Aureliano Luppi, que contó con una vieja estrella de Hollywood, ya de retirada, Joseph Cotten, como el famoso doctor, pero ahora con una hija recién graduada como cirujana (que ya es imaginación, en el siglo XIX…), en una versión en la que ya veremos bastante epidermis, como correspondía a una época, los años setenta, en la que el cine empezó a liberarse en el aspecto sexual y las pantallas se llenaron de señoritas (y señoritos también) en pelota picada (fuera de España, eso sí; aquí tardaría algunos años más en hacerse habitual), con Rosalba Neri, una actriz habitual en subgéneros como el “peplum”, el “spaghetti” y el “giallo”, siempre pronta a desembarazarse de la ropa (debía ser muy calurosa…).
En aquellos primeros años setenta Jesús Franco (que solía firmar como Jess Franco y otros seudónimos) ya llevaba años cultivando, por decir algo, un tipo de subterror que, extrañamente, ha suscitado una rara fascinación entre la clase crítica (fascinación que, en mi caso, ha pasado de largo…), un subterror que fue derivando hacia el cine erótico y, después, directamente al porno, para qué andarnos con rodeos… Pero cuando Franco (el director, no el otro…) hacía cine de terror de serie B, rodó Drácula contra Frankenstein (1972), coproducción entre España, Francia, Portugal y hasta Liechtenstein, con Howard Vernon (uno de los actores fetiches franquistas – también de Jesús Franco, no del otro…-) como el vampiro del título y Dennis Price como el doctor Frankenstein, con papeles secundarios para gente como Paca Gabaldón (entonces todavía Mary Francis), en una historia más bien disparatada que juntaba inopinadamente al vampiro por antonomasia con el famoso científico obsesionado con crear vida, más algunos secundarios que pasaban por allí, como un hombre lobo y la tópica gitana con dotes brujeriles: vamos, lo que viene siendo un gazpacho…
Nada que ver esa peli con El espíritu de la colmena (1972), que viene aquí no por recrear la historia de Frankenstein, lo que no es el caso, sino por el hecho de que la visión de la película clásica de la Universal, con Boris Karloff, por parte de las dos niñas protagonistas en la España de la dura postguerra civil, supondrá un impacto emocional singularísimo en sus pequeñas mentes, en una de las obras cinematográficas más sugestivas del cine español de todos los tiempos, una joya serena, melancólica, precisa y preciosa, debida a Víctor Erice, ese director que se vende tan caro que en más de cincuenta años de carrera solo nos ha regalado cuatro largometrajes y un segmento de otro…
Solo un año después la cadena de televisión Universal Television, bajo pabellón anglo-norteamericano, filma La verdadera historia de Frankenstein (1973), con dirección del británico Jack Smight, que había hecho previamente la estupenda Harper, investigador privado, con Paul Newman; aquí, aunque en el título se habla de la “verdadera” historia del mito, la verdad es que poco tiene que ver con la peripecia original de Mary Shelley, con un doctor Frankenstein recién graduado y traumatizado por la muerte de su hermano, lo que le hace abjurar de Dios y obsesionarse por crear vida; tendrá ayuda de un famoso científico que lo toma bajo sus auspicios, pero la criatura creada por ambos, inicialmente de gran belleza, se irá deteriorando con rapidez, con el consiguiente fiasco… Además, la historia incluía personajes como el Dr. Polidori, que ya sabemos fue el único que, junto a Mary Shelley, concluyó los “deberes” que se autoimpusieron los asistentes a aquella famosa velada en la mansión suiza de Villa Diodati, en aquel famoso “año sin verano” de 1816: escribir una historia de terror. Así que, para ser la “verdadera” historia, lo cierto es que faltaba mucho a la verdad… Eso sí, esta costeada TV-movie tenía un reparto de lo más apañado, con James Mason al frente (que hacía de Polidori), más Leonard Whiting, que entonces estaba muy de moda por haber hecho pocos años antes el Romeo y Julieta de Zeffirelli, más David McCallum, muy famoso por la serie El hombre de CIPOL, más Jane Seymour y un jovencísimo Michael York.
Dentro de las variantes que cualquier mito admite, por supuesto, está la que podríamos llamar “rijosa”, la que toma la historia original para, modificándola según proceda, tomar el sendero del erotismo. Algo de eso es lo que ocurre en Carne para Frankenstein (1973), una producción italo-francesa, un producto de serie B con el cineasta “underground” USA Paul Morrissey a los mandos, y con Udo Kier, Joe Dalessandro (actor-fetiche de Morrissey e icono sexual del cine “indie” de la época) y Dalida Di Lazzaro, con muchos centímetros de epidermis y un ambiente de lo más tórrido, por no decir abiertamente lascivo, en una película que tuvo muchos problemas con la censura de su tiempo y que, desde luego, se alejaba considerablemente de la historia shelleyana para ser más bien una coartada para presentar tíos y tías en pelotas cada dos por tres…
De nuevo será la productora británica Hammer la que vuelva sobre el mito shelleyano en Frankenstein y el monstruo del infierno (1974), también con Terence Fisher a los mandos, lo que siempre era una garantía, y de nuevo con el gran Peter Cushing como el barón Frankenstein, mientras que la criatura la interpretaba David Prowse, cuyo nombre no dice gran cosa… salvo que digamos que fue el actor que estaba debajo de la máscara de Darth Vader (aunque la voz en inglés la puso James Earl Jones, y en España Constantino Romero). Prowse mide casi dos metros, así que era un monstruo imponente… Esta sería la última película que la Hammer hizo sobre el mito creado por Mary Shelley, aquí en una variante en la que encontraremos a un médico obsesionado con devolver la vida a los muertos que, enviado a un manicomio, se encuentra allí con el doctor Frankenstein, con el que conjuntamente hará experimentos para insuflar vida donde no la hay… la versión, visualmente muy en línea con el terror gótico, retomaba la caracterización de la criatura monstruosa, aunque con una apariencia alejada del canon impuesto por las películas de Universal/Whale/Karloff.
Cerramos este capítulo con otra variante muy distinta sobre el mito shelleyano: El jovencito Frankenstein (1974) supuso, en su momento, todo un acontecimiento, una versión abiertamente humorística de la historia, con dirección de Mel Brooks (que venía de ser el “alma máter” de la divertida serie televisiva El superagente 86), en la que se le daba la vuelta a la trama, aunque conservando lo esencial, con un chistoso doctor Frankenstein interpretado por Gene Wilder, un Igor (o “Aigor”, como decía jocosamente el susodicho…) al que encarnaba inolvidablemente Marty Feldman, y un monstruo al que interpretaría también muy cómicamente Peter Boyle. La película, que tuvo la osadía de rodarse en blanco y negro cuando esa fórmula, en los años setenta, estaba prácticamente desechada para el cine comercial, fue un éxito extraordinario, triunfando comercialmente (y también críticamente) en todo el mundo, recaudando, solo en Estados Unidos y Canadá (no hay datos del resto de mercados), la bonita cifra de 86,4 millones, cuando había costado solo 2,8 millones, confirmando con ello que los grandes mitos lo aguantan todo, y no solo eso sino que, cuando se hace bien, pueden dar lugar a nuevos y muy singulares enfoques, como éste en clave humorística (fuente de los datos: The-numbers.com).
Ilustración: Cartel español de El jovencito Frankenstein (1974), de Mel Brooks.
Próximo capítulo: A 175 años de la muerte de Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, un mito más cinematográfico que literario (1975-1994) (IV)