Gary Cooper, Douglas Fairbanks, John Gilbert, Rodolfo Valentino, Ramón Novarro
Cooper
“Nevada” es el nombre de un personaje interpretado por Gary Cooper. La prensa gacetillera reconoció que el actor, en Nevada, estaba mejor en las escenas de acción que en las amorosas por más que, en la vida real, sus devaneos sentimentales discurrieran entre las impertinentes indiscreciones de Clara Bow y los vergonzantes escándalos de Lupe Vélez. Su interpretación se caracterizaba, precisamente, por la aparente ausencia de la misma, por mantener una pose habitual de quien se deja sorprender por la “codicia de la cámara” y le responde con habitual indiferencia mezclada de perezosa ironía.
Los historiadores más sensibles supieron apreciar una “limpieza de espíritu” (Zúñiga 1948, II: 425) cuya superficial rudeza se transformaba siempre en comprensión y amor para los otros. Si para los espectadores admiradores de su fotogenia, Cooper representaba el arquetipo de amigo ideal, para sus compañeros, cual es el caso de Charles Laughton, tener su aspecto y exhibir su sex-appeal debía ser algo muy dichoso.
Fairbanks
Douglas Fairbanks (Douglas Elton Ullman) fue, en la pantalla, además de ladrón en Bagdad y pirata negro en los mares, D’Artagnan, El Zorro, Robín de los Bosques y cuantos personajes requirieran fotogenia, atractivo físico, desbordante vitalidad deportiva, además de “intuición para entender la mecánica de la interpretación, unido a un sentido espectacular de la narración donde el exotismo y la fantasía alcanzaban el rango primordial convirtiéndole en una estrella de fábula”. El historiador Charles Ford lo definió como “el príncipe valeroso del reino de los sueños” (Sánchez González 1993: 17) y Cernuda en su poema “Luis II de Baviera escucha Lohengrin” (Cernuda, Poesía: 489) se preguntaba con su personaje: “¿Gobernar? ¿Quién gobierna en el mundo de los sueños?”.
Gilbert
Al contrario, el aspecto varonil de John Gilbert no estuvo exento de marcada fatuidad lo que hizo que, en determinado momento, su interpretación y fotogenia fueran cuestionadas por la Fox; aprovechada de otro modo por la Metro, esta Compañía le construyó un arquetipo destinado a manifestarse en papeles románticos no exentos de cierta carga exótica, donde se mezclaron sutilmente virilidad con fragilidad. Estos evidenciaban manejo interpretativo en la etapa silente y, por el contrario, escasa disponibilidad para adecuarse a las nuevas técnicas, dictum y modus, del sonoro. Su belleza viril, acentuada por el atuendo de la época y el modélico bigote, componía un prototipo gallardo cuyos personajes se orientaban a ser vestido con impecable traje cruzado o con habitual smoking para uso vespertino. Modelos de figurín admirados y deseados por Cernuda.
Valentino
Por su parte, Rodolfo Valentino, arquetipo del latin-lover, fue un conseguido producto del star-system organizado por la industria del cine norteamericano: su ascendencia italiana, su piel morena, sus ojos expresivos, su exótico atuendo, su pose romántica, fuera caíd o gaucho, transmitían desde la pantalla “una estética de la pasión” cuyos efectos no sólo hacían mella en las gentes sencillas sino en todo tipo de espectadores atentos a las delicias de una notable interpretación y a los efectos de una tentación cuyos resultados traspasaban los límites de la pantalla. Si la espectadora femenina se identificaba con los personajes amados por Valentino, al espectador masculino, pongamos el poeta sevillano, sólo le quedaba reprimir la envidia o admirarlo de modo semejante.
Novarro
“Durango” es un poema de Cernuda (Poesía: 97) en el que alude a “los bellos guerreros impasibles”, como también es el lugar de nacimiento del mejicano Ramón Novarro. Lanzado al estrellato desde el oficio de extra, fue nombre capaz de competir con Valentino desde su primer gran papel en El prisionero de Zenda.
Su natural atractivo físico rompía con los forzados toques de romanticismo barato; este provocado antagonismo exacerbaba una sensualidad propia combinada oportunamente con las exigencias de una postura deportiva y moderna. Por ello, la Metro no dudó en ofrecerle el papel protagonista de Ben-Hur (Fred Niblo, 1925), acaso el más brillante de su filmografía, y en el que la carrera de cuadrigas, con “guerreros bellos como luz, como espuma” (Cernuda dixit), supondría un hito relevante de la puesta en escena, la interpretación y el montaje.
En la pantalla, estos hombres fueron todo lo que Cernuda no pudo ser, aunque le “permitieron fantasear” (Morris: 131); por ello, “adoptó la ilusión poética de abandono en un pacifismo feroz desdeñoso de los puños, el acero y la gloria” vistos en el lienzo de plata cinematográfico o en la iconografía de las revistas ávidamente leídas y coleccionadas por el sevillano.
Ilustración: Una imagen de Gary Cooper.
Próximo capítulo: Generación del 27. Luis Cernuda: etapa americana de un ferviente espectador (VII)