CINE EN SALAS
La Nouvelle Vague fue un movimiento cinematográfico que surgió en la Francia de finales de los años cincuenta, esencialmente de la mano de un grupo de jóvenes críticos de cine que escribían sus ardorosos textos en la mítica revista Cahiers du Cinéma: François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette, Éric Rohmer, todos ellos conocidos coloquialmente como “la banda de los Cahiers”; hubo algunos otros que también tuvieron una carrera cinematográfica, como el cofundador de la revista Jacques Doniol Valcroze, pero de mucho menor repercusión popular y crítica.
La Nouvelle Vague no solo fue un movimiento esencial en la renovación del cine en Francia, sino que impulsó, con su ejemplo, otros nuevos cines europeos, como el Free Cinema británico, el alemán Neuer Deutscher Film, o nuestro Nuevo Cine Español, e incluso fuera del Viejo Continente, como el Cinema Novo Brasileiro. Estamos entonces ante un fenómeno cultural de primera magnitud que ahora Richard Linklater lleva a la pantalla, centrándose en el caótico rodaje de una de las películas fundacionales de la Nouvelle Vague, À bout de souffle, que en España se estrenó como Al final de la escapada (aunque literalmente sería “Al límite del aliento”, o simplemente “Sin aliento”).
La película, en efecto, se ambienta en el verano de 1959, cuando Jean-Luc Godard es el único de los miembros de “la banda de los Cahiers” que aún no ha rodado su primer largo; lo habían hecho ya Truffaut y Chabrol, y Rivette y Rohmer mucho antes, y él solo había rodado algunos cortos. Nuestro hombre, Godard, está deseoso de filmar su ópera prima, aunque tiene mala fama porque es persona con ideas estrafalarias que no gustan demasiado al gremio de los productores. Por fin, Georges de Beauregard, productor de bajo presupuesto de la época, le encarga el rodaje de À bout de souffle, con guion de Truffaut y Chabrol, aunque el propio Jean-Luc también meterá la pluma. Se contrata a Jean-Paul Belmondo, actor amigo del director, y, sorprendentemente, a la estrella norteamericana Jean Seberg, que viene de un rodaje horrible con Otto Preminger (era Buenos días, tristeza) y no sabía dónde se metía… Porque el rodaje, hecho a salto de mata, dependiendo de cuando Godard se encontraba inspirado, fue un auténtico infierno…
De Richard Linklater se ha dicho, no sin razón, que es un director norteamericano que parece europeo. Algunas de sus películas, como la trilogía iniciada con Antes del amanecer, presentan efectivamente a un cineasta más preocupado por los sentimientos que por los actos o acciones (que es más propio del cine yanqui). Aquí nos parece que se ha sentido extasiado pudiendo poner en imágenes aquellos años efervescentes, a finales de los cincuenta, en los que en Francia nacía ese movimiento de la Nouvelle Vague que, ciertamente, cambió el cine, y con algunas de sus películas (notoriamente con Al final de la escapada) cambió también muchas de las normas del cinematógrafo que parecían como cinceladas en piedra. Fue en este film donde Godard, no sabemos si por intuición, porque era un desorganizado absoluto, o porque en la sala de montaje tuvo que aviarse con lo que tenía, inventó cosas como saltarse el “raccord” (vamos, para entendernos, que si un objeto estaba en un plano a la derecha, en el siguiente no podía estar a la izquierda, por ejemplo…) y el montaje entrecortado, ese que ahora hace furor en los vídeos de Instagram, pero que se le ocurrió (a lo mejor sobrevenidamente…) a este parisien chalado que siempre llevaba gafas oscuras, como si fuera un mafioso de opereta…
Claro que resulta agradable ver representados en pantalla a muchos de los personajes de la época que fueron parte indisoluble de un fenómeno cultural único, desde la que ya sabemos era conocida como “la banda de los Cahiers” (Godard, Truffaut, Rohmer, Rivette y Chabrol) y sus adláteres (el operador Raoul Coutard, la directora Agnès Varda, la “script” y guionista Suzanne Schiffman...), hasta otras figuras del arte francés de aquel tiempo, como la actriz Juliette Greco, el poeta y cineasta Jean Cocteau, el director Jean-Pierre Melville o (ya fuera del ámbito galo) el maestro Roberto Rossellini, al que adoraban todos los de la Nouvelle. Pero esa (re)presentación nos parece que termina teniendo más de cierto refocilamiento onanista que de imbricación de los personajes en una historia; a ratos da la impresión de que lo que estamos esperando es que aparezca otra tanda de personajes conocidos (bueno, algunos; de otros ya no se acuerdan ni sus nietos…), pareciendo inicialmente figuras de cera mientras Linklater, pulcramente, nos los identifica con su correspondiente letrerito, no nos vayamos a perder…
Gusta, claro está, que se nos cuente este rodaje caótico en el que había jornadas en las que se rodaban dos planos, o ninguno, haciendo que De Beauregard, el sufrido productor, cuando Godard, en plan genio, le decía que quería “captar la realidad”, le apostillara, “sí, pero a jornada completa”… Gusta que a Godard se le retrate como al parecer era, un tipo bastante fatuo, muy contento de haberse conocido, un engreído envidioso de que sus colegas de redacción hubieran rodado ya todos su primer largo, mientras que él, el mejor de todos (según él, claro…), todavía no había hecho más que unos cuantos cortos… En este sentido, se agradece que no se produzca una hagiografía del “genio” (perdonen las comillas…), que era otro de los peligros de este empeño cinematográfico.
El resultado, en su globalidad, nos parece interesante pero demasiado arrobado en la pintura de un momento histórico excepcional, tan arrobado que le impide contar una historia con naturalidad, una historia que interese al espectador, una historia con la que el público se pueda sentir concernido. Una pena, porque en la intrahistoria del surgimiento de la Nouvelle Vague puede haber un audiovisual sumamente atractivo, pero nos parece que no es éste…
Y eso que le reconocemos el valor de rodar, a estas alturas, una película en blanco y negro (lógicamente, por coherencia con el precioso blanco y negro que Coutard elaboró para Al final de la escapada), cosa a la que ya pocos se atreven, ni siquiera Woody Allen (si es que vuelve a dirigir otra vez, que nos parece que no…), que ha hecho varios films con este tipo de fotografía a lo largo de su carrera.
Correcto trabajo actoral, teniendo en cuenta que casi todos ellos representan a popes de la cultura no solo francesa, sino internacional: Guillaume Marbeck, que hace un Godard adecuadamente excéntrico y tirando a idiota; Zoey Deutch, muy convincente como Jean Seberg (que salió del Guatemala de Preminger para meterse en el Guatepeor de Godard, pobretica…); y Aubry Dullin, que se parece bastante a su representado Jean-Paul Belmondo, aunque en más feo…
(15-01-2026)
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