Retórica de la tontería: otros aspectos
¿Fuiste tú la que tuvo la culpa de la lluvia? / Tú no tuviste nunca la culpa de la lluvia/Alicia, Alicia, yo fui/ yo que estudio por ti...”
Alberti enjuicia al cómico desde fuera – atuendo, tipología, acción, etc. - y desde dentro -psicología, concepto de la vida, del amor, de la muerte, etc.-; a la hora de construir el poema, más allá del título, le hace personaje con voz propia; el “yo”, los distintos “yoes” que van apareciendo en el poemario hablan, se expresan, viven, según su modo de entender la vida. Desde su yo interior, el personaje comunica y transmite sus preocupaciones, sus complejos, sus puntos de vista, sus situaciones dramáticas o cómicas. Alberti les deja “hablar”, como bien precisó C.B. Morris, lo que, en un sistema comunicativo como era el cine silente, no podían hacer en el “lienzo de plata”.
El poemario albertiano se conforma, pues, con un abigarrado sistema basado en la interdependencia de sus intervinientes, pertenezcan estos a la “vida real” de la vida, Rafael Alberti y Maruja Mallo, o a la “vida real” de la pantalla, los “tontos” del cine cómico americano; dicho de otro modo, los personajes “reales” entran a formar parte del mundo de ficción presentado, del universo poético-cinematográfico que se crea.
Bajo un título genérico, Yo era un tonto..., cada poema se precisa con el nombre del actor y se produce una enunciación desde una tercera persona que describe una situación, “busca”, “hace”, “explica”, “rompen”, etc.; por el contrario, el texto queda enunciado desde la primera persona. Por lo que respecta a la estructuración sintáctica de los títulos, se sirve de una elemental simplicidad, “cita triste...”, “...estudiante”, basado en elementos nominales y adjetivales, o de una mayor complejidad a base de coordinadas y subordinadas, “le preocupa...”, “explica...”, “rompen...”, cuyo entramado maneja los necesarios complementos directos y circunstanciales hasta ampliarse con las correspondientes explicativas y copulativas. Por su parte, la estructuración sintáctica de los poemas se condiciona en algunos casos al elemento comunicativo – aparente canal- utilizado en su retórica: “carta” (... “que Harry Langdon dirigió...”; “...de Maruja Mallo...”), “telegrama” (“...de Luisa Fazenda...”, “noticiario” (“...de un colegial...”), “titulares de prensa” (“...Beery, bombero...”).
Consecuentemente, los recursos utilizados en el poemario establecen un sistema comunicativo donde la voz del poeta se bifurca en propia y en ajena.
Harold Lloyd, estudiante
Ya los peces no cantan en el Nilo / ni la luna se pone para las dalias del Ganges
El título del poema consta de dos elementos: el primero, el nombre y apellido del actor, del cineasta, seguido de un adjetivo, “estudiante”; la separación del sintagma nominal del adjetivo mediante una coma delimita las características y significados, la suma de denotaciones y connotaciones inherentes a este conjunto onomástico. La adjetivación reduce la amplia significación previa, selecciona un rasgo específico, el de estudiante, por lo que concreta y señala un elemento único del personaje. Como en dos planos distintos, se muestra, primero, al protagonista y, luego, su muy específica actuación. La tipología, caracterización y filmografía del cineasta conformarán, de acuerdo con un anecdotario concreto, unos recursos temáticos, estilísticos y estéticos en el texto de Alberti.
El poema es un arco tensado donde se enfrentan dos factores: la pereza vital para cumplir una obligación académica y la libertad mental de un estudiante perezoso que no encuentra límites para su fantasía. El “yo” del actor, transformado en personaje de película, dialoga con el “tú” de Alicia, la del país de las maravillas, según Lewis Carroll, para elucubrar sobre situaciones y lugares vistos, recordados o sentidos desde su personal experiencia.
Los primeros versos ponen en antecedente sobre las intenciones del autor, lo que afecta a todo el conjunto del poema: la mofa y caricaturización de un sistema pedagógico basado en la memorización y el mecanicismo donde la lógica y la conceptualización no tienen cabida. La interrogación y la enunciación se utilizan para la expresión de una semántica absurda donde la repetición y el paralelismo sintagmático operan deliberadamente en beneficio de unos procedimientos memorísticos utilizados en el aprendizaje de idiomas extranjeros. En este caso, el francés (ocasionalmente incorrecto en función del género de un artículo: le parapluie) actúa como lengua de contraste con el castellano; uno y otro son ocasionalmente punteados por un término inglés (Yes, Smith).
La triada de variantes en una y otras lenguas para la expresión de la afirmación contrasta con la enumeración de los relativos (que, cual, quien, cuyo) y termina con el juego antitético del posesivo, mostrado de modo paralelo (...mía, ...tuyo). Los recursos estilísticos utilizados se apoyan en una diversidad de representantes del mundo animal (hipopótamo, lagarta, escarabajo, mosca, ruiseñor), en fenómenos naturales (la lluvia), una cierta toponimia (Los Ángeles), con sus variantes fluviales (Nilo, Ganges).
El estudiante parece pasar de un estado de estudio, muy a su pesar, a un estado imaginativo donde la conversación con Alicia se sitúa entre la rigurosidad de las estructuras sintácticas predeterminadas por el sistema de aprendizaje y una imaginación que se evade más allá del tiempo y el espacio.
Elementos matemáticos como elementos poéticos
La vuelta al mundo real viene producida por la perturbación ocasionada por la mosca (“inevitables golosas” las llamó Antonio Machado), “inconsciente” porque no sabe la repercusión de su vuelo, y al tiempo “ruiseñor” porque zumba y canta alrededor de sus gafas. El elemento más llamativo y peculiar de Lloyd, dentro de su indumentaria de burgués medio, eran, precisamente, las grandes gafas de carey; fueron su gran hallazgo a la hora de construir un “tipo” cómico suficientemente diferenciado de los demás y en el que la adecuación entre atuendo y comportamiento social fueran compatibles.
La reincorporación a la materia de estudio por parte del estudiante se orienta hacia la matemática; diversos significantes numéricos se muestran en progresión descendente; la repetición del primer elemento, el 2 escrito, el veinte pronunciado (22, 23, 24, ...29), produce un ritmo músico-fónico que contrasta con los enunciados anteriores y que terminan con la fórmula matemática donde el número pi abandona su valor cuantitativo para erigirse en significativo valor rítmico y poético con la anteposición o posposición del 2 en la fórmula pi r. Otros elementos semejantes manejados por Alberti en esta composición se refieren a la humanización de conceptos matemáticos donde “la ecuación de segundo grado” conlleva pena profunda; “los triángulos isósceles” se suicidan; “un logaritmo neperiano” sufre de melancolía; “la cuadratura del círculo” es capaz de llorar.
Del mismo modo, los recursos estilísticos basados en sintagmas latinos alternan con los mencionados. El comienzo de la Catilinaria (Quousque tandem...) fue un tópico memorístico mantenido por los estudiantes de la cultura humanística que, antes o después, abandonaron los estudios de latín; aquí, el autor combina su triste concepción de la matemática con latinajos diversos procedentes tanto de la prosa ciceroniana como de un cierto galimatías de dudosa sintagmática (unibusquibusque).
Ilustración: Harold Lloyd, en una imagen de la película El estudiante novato (The freshman, 1925), de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor
Próximo capítulo: Generación del 27. El estudiante Harold Lloyd según el poeta Rafael Alberti (III)