ESTRENO EN FILMIN
Mujeres al frente del poder en las naciones no habido muchas que digamos. En España solo ha habido dos reinas efectivas (al margen de las consortes), Isabel I e Isabel II, aparte de otra que lo fue “de iure” pero no “de facto”, la conocida como Juana la Loca. En los períodos democráticos tampoco ha habido ninguna presidenta del gobierno ni, cuando hubo república, presidenta de la ídem. En otros países la cosa tampoco es mucho mejor: es cierto que Reino Unido ha tenido varias reinas (además, de armas tomar, como Isabel I e Isabel II) y también varias primeras ministras (Thatcher, entre ellas, que mandaba mucho), y en otros países, excepcionalmente, han tenido mujeres al frente del estado o del gobierno (Golda Meir en Israel, Merkel en Alemania, Indira Ghandi en la muy machista India, incluso Tansu Çiller en Turquía, país que tampoco se queda atrás en el tema del machismo…).
Pero lo cierto es que suele ser la excepción, incluso en países de honda raíz democrática, como Islandia, país fundado como tal en 1944, pero que no tuvo al frente del estado a ninguna fémina hasta 1980, treinta y seis años después de su constitución como estado soberano. Esta serie, Vigdís, cuenta precisamente la historia de esta primera presidenta de la república, Vigdís Finnbogadóttir.
La miniserie, de 4 capítulos, se inicia en un plató televisivo, donde vemos a Vigdís durante la campaña electoral que, en ese 1980, la llevó a la primera magistratura del país. Desde ese punto vemos cómo Vigdís recuerda su vida, en un amplio flashback que durará casi toda la serie, aunque puntualmente retornaremos a esa primera escena. La vemos adolescente, con sus amigas, y conocemos a su hermano menor. Estamos alrededor de 1946, ya terminada la Segunda Guerra Mundial. A Vigdís le choca que sus padres le impidan ir a Reikiavik, la capital, pero sí dejen a su hermano, que es más pequeño que ella… En clase, Vigdís observa que la educación que dan a las chicas (entonces la enseñanza estaba segregada por sexos) es muy deficiente, porque se supone que lo que tienen que hacer es prepararse para tener un marido… Así que la chica toma una decisión drástica, presentarse en el instituto, junto a otras compañeras, vestida de chico, exigiendo a los profesores su derecho a una educación en igualdad con los hombres. Vigdís tiene una excelente relación con su hermano, que la empuja a intentar alcanzar su sueño, que es viajar a Francia para terminar de formarse allí…
Los biopics son peligrosos, porque se corre el riesgo de la hagiografía (vamos, hacer una vida de santo, aunque sea laico), sobre todo si vive la biografiada, y sobre todo si ésta ha alcanzado gran popularidad y gran consenso social en su país respecto a su excelente gestión del poder. No parece que este haya sido el caso, porque desde luego Vidgís, especialmente durante su juventud y primera madurez, no aparece retratada como una mujer especial, sino más bien corriente, una mujer con problemas de autoestima, a la que era su hermano menor el que la azuzaba para que luchara por los derechos de las mujeres. La vemos en toda esta parte de su vida como una chica dominada por sus padres, con problemas de formación, que no pudo completar, pero también con el tremendo trauma que le supuso la trágica muerte de su hermano, con el que estaba muy unido; también veremos los crecientes conflictos con su marido, sufriendo varios abortos espontáneos que fueron el detonante de que el esposo la dejara por otra mujer que sí le dio hijos. Es cierto que, a partir de la madurez plena, de la cuarentena, Vigdís pareció tomar el control de su vida con varios actos que en aquellos tiempos parecieron casi heroicos: se empeñó en adoptar un bebé siendo soltera, cosa que en Islandia parecía no ser legal, hasta que ella demostró que sí lo era; se convirtió en la directora de la Compañía de Teatro de Reikiavik, siendo la primera mujer que detentó ese cargo, que tuvo que compatibilizar con su recién estrenada condición de madre soltera (con bebé en el carrito en las oficinas del teatro, al no haber entonces guarderías ni permisos de maternidad para madres adoptivas, otras batallas que emprendió -y ganó…-); y, finalmente, tras ser propuesta por una serie de colectivos y personas, se presentó a las elecciones a la presidencia de la república y, contra todo pronóstico, en una campaña electoral cuajada de juego extremadamente sucio en su contra, consiguió vencer a sus tres contrincantes masculinos.
Pero es cierto que esa vida muy curiosa nos es presentada en la serie con falta de fuerza, resultando un tanto gélida (no es un chiste fácil, dado donde se sitúa la miniserie, Islandia…), con una puesta en escena bastante impersonal, bastante sosa, en un biopic académico, desangelado, si bien es cierto que el audiovisual va de menos a más, desde esos dos primeros capítulos en los que vemos a la chica, la mujer joven, dubitativa, llena de complejos y problemas, hasta los dos últimos, en los que veremos ya a la mujer madura que toma las riendas de su vida, que sabe ya lo que quiere, aunque sienta el vértigo ante la posibilidad de convertirse en la primera presidenta del país, ganando hasta cuatro veces seguidas las consecutivas elecciones presidenciales, y no presentándose ya para un quinto mandato para dejar paso a las nuevas generaciones.
En general, se puede decir que la miniserie no tiene mucha profundidad, no hace honor a la figura gigante de Vigdís, pero se agradece que no se la presente como tal, sino como una mujer normal que hizo lo correcto, una mujer armada de una enorme sensatez y de un gran sentido de la justicia, que luchó por la igualdad efectiva de hombres y mujeres en su país. La miniserie, entonces, tiene la función de dar a conocer a una estadista de la talla de Vigdís Finnbogadóttir, pero no tiene mayor relevancia artística.
La miniserie se revela, evidentemente, como un audiovisual de corte claramente feminista, criticando las posturas machistas y misóginas que, al menos hasta que Vigdís ganó las primeras elecciones, eran la norma común en el país, con cosas tan chocantes como que incluso algunas de las feministas de la época estuvieron en contra de su postulación a la presidencia de la república.
Es llamativo que, según la serie, Vigdís no fue una mujer extraordinaria, sino una mujer normal, y de hecho hasta los cuarenta y tantos años no empezó en política. Quizá su caso es el de la persona anónima que, en un momento dado, siente la vocación del servicio público, la cumple, y después se retira absolutamente: el éxito del ciudadano anónimo, el triunfo de Juana Nadie…
Pero la serie, aunque mejora con el paso de los capítulos, en su conjunto es más bien mortecina, pulcra pero apagada, sin demasiado interés más allá de conocer la vida y milagros de esta mujer que no parecía llamada a concitar consensos como para ser elegida hasta cuatro veces consecutivas presidenta del país... Quizá las penalidades de su vida la forjaron como la gran mujer de estado que resultó ser, una mujer que en su juventud nunca pareció tener dotes de liderazgo, aunque ya en la madurez sí se hizo firme en sus convicciones, haciendo de la sensatez y la defensa de la tolerancia las mejores virtudes de su política (¡qué envidia, diremos, tal y como está el patio!).
Como curiosidad, en el último capítulo, que se cierra con su proclamación como nueva presidenta de la república, veremos a la auténtica Vigdís Finnbogadóttir en la grabación que se realizó en su primer discurso dirigido a la nación.
Buen trabajo actoral del reparto, con Nína Dögg Filippusdóttir a su frente, como la Vigdís ya adulta y madura.
(05/02/2026)