Carol Reed (Londres, 1906 – Chelsea, 1976) fue un cineasta inglés sobre el que siempre recayó la sospecha de que su película más celebrada, El tercer hombre (1949), fue en realidad dirigida mayormente (bien a las claras, bien por indicaciones desde la sombra) por el carismático Orson Welles, a la sazón uno de los actores del film. Y lo cierto es que la atmósfera, el tono, incluso la iconografía, era muy wellesiana, así que no parece demasiado desencaminada esa impresión. Otra cosa es que ello suponga un desdoro en la consideración de la obra de Reed, porque, al margen de aquella peli, tiene otras cintas también de interés, como El ídolo caído (1947), Nuestro hombre en La Habana (1959), El tormento y el éxtasis (1965), en menor medida su musical Oliver (1968), y, por supuesto, esta Larga es la noche (1947).
La película se inicia con unos rótulos que nos hablan de la inquietud política existente en aquel tiempo, mediados del siglo XX, en Irlanda del Norte (aunque por aquel entonces todavía estaba lejos de estallar el conflicto armado iniciado por el IRA en los años sesenta). Belfast: Un hombre, McQueen, llega a una casa, donde hay una reunión en la que se prepara un atraco; lo tienen todo planeado... Llevarán armas, aunque McQueen, jefe de la banda, no quiere que haya disparos. McQueen acaba de salir de la cárcel; ahora, en casa de su novia, Cathy, ésta le suplica que no que intervenga en el atraco, pero él tiene que hacerlo porque es el jefe de la organización. La chica duda si alguna vez podrán tener una relación normal… Ya en el atraco, las cosas no salen como estaba previsto: hay disparos entre policías y ladrones, McQueen, en la refriega, mata a uno de los vigilantes y resulta herido. Tiene que huir a pie por las calles de la ciudad. Se convierte así en el hombre odiado al que todos persiguen…
Con una narración clásica, sintética, invisible, Carol Reed hace una película que, en buena medida, anticipa la atmósfera sórdida, asfixiante, que le daría fama en El tercer hombre, en un tono no demasiado distinto de aquel film cuyas bondades generalmente se atribuyen a la intervención de Welles, aunque precisamente esta Larga es la noche parece confirmar que no solo fue Welles el artífice de lo mejor de aquella adaptación de Graham Greene. El precioso blanco y negro, de corte muy expresionista, en un Belfast con fuerte contraste de luces y sombras, ayuda sin duda, pero no solo eso; también funciona muy bien la presentación de una ciudad casi espectral, siempre filmada de noche (sí, efectivamente, como El tercer hombre, que se rodó dos años después...), en una película muy creativa, muy segura y firme en su filmación, con una exquisita capacidad para el encuadre, con peculiares recursos estilísticos como la frecuente utilización del contrapicado, que busca precisamente dar a la historia el carácter alucinado al que se ve abocado el protagonista en su deambular, malherido, por ese Belfast fantasmagórico en el que se ha convertido en el enemigo público número uno, en la pieza a cazar para todos, un hombre que, además, es reo de su propia conciencia, atormentado por el policía al que tuvo que matar en su huida (y es que Raskolnikov siempre está al acecho, como sabemos…).
En ese ambiente opresivo está lo mejor del film, que se puede encuadrar perfectamente dentro de los parámetros del cine negro, en una película que busca cierto tono realista, a ratos casi costumbrista, pero sin desdeñar toques descarnados como el antiguo refugio antiaéreo (la Segunda Guerra Mundial había acabado apenas un par de años antes) en el que se refugia el herido protagonista, que resulta ser un picadero para novios, quienes al toparse allí con el moribundo se darán un susto de muerte en vez del placer urgente que buscaban procurarse.
Además de cierta influencia del Crimen y castigo de Dostoievski (de ahí, por supuesto, la referencia a Raskolnikov), podría decirse que en la película, que parte de la novela de F.L. Green, hay también lo que parece una versión libérrima y con evidentes variantes del clásico griego La Anábasis, de Jenofonte, al tener el protagonista que atravesar toda la ciudad, infestada de policías (y de gente deseosa de denunciarlo) para poder llegar a casa de su novia, el lugar (como el mar para los helenos) donde cree estará seguro.
Además de los personajes centrales (McQueen y su novia, esencialmente, además de algunos miembros de la banda que da el golpe), hay también una peculiar fauna humana que la habita, una abigarrada galería de personajes raros, estrafalarios, muy curiosos, como el inescrupuloso tipo que, sabedor de quién es McQueen y deseoso de ganar dinero bien entregándolo a los suyos, bien a la Policía, se expresa siempre con metáforas de pájaros, o como el hombre con el que vive (¿su pareja quizá? A principios de los años cincuenta, si era así, no podía ni sugerirse, pero lo cierto es que viven juntos en la misma vivienda…), un pintor que tiene con el hombre de los pájaros una relación de dominación/sumisión, un pintor de agresivas maneras, que está como una chota, y que quiere a Johnny como modelo para retratarlo porque nunca ha dibujado a un moribundo…
Es cierto que las secuencias con el (llamémosle) hombre pájaro y, sobre todo, con el pintor, aunque curiosas, terminan siendo excesivamente largas, debiendo haber durado menos tiempo, sobre todo las del pintor, que debería haber sido más una anécdota que otra cosa. Esto último incide en ese baldón que persiguió toda la carrera de Reed, la sensación de cierta pesadez que aquejó con frecuencia a su cine.
Subyace en el film algunos temas ciertamente interesantes, como, en el caso del protagonista McQueen, la dicotomía entre el deber para con la organización y el derecho a una vida privada. Pero, en el fondo, la película, además de ser un thriller, un “film noir” con todos sus avíos, es sobre todo, en el fondo, una colosal historia de amor, la de una mujer, Cathy, por su hombre, McQueen, del que está absolutamente enamorada; llega ella a decir, en la muy católica Irlanda, que lo que siente por su amado es más fuerte que su religión, afirmación que, para la época, debió resultar bastante atrevida… Ese amor que, finalmente, tendrá el único final viable, en una sagaz resolución, que no destriparemos, pero que estará en la línea del “amor fou”, del amor loco, imposible, condenado de antemano por las cruentas circunstancias en las que germinó.
Gran trabajo del siempre estupendo James Mason al frente del reparto, confiriéndole a su personaje esa dualidad extraña, la del delincuente a su pesar que anhela tener una vida normal al lado de la mujer a la que ama. El resto del elenco artístico está impecable, sin que pueda reprochársele nada.
(25/01/2026)
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