Rafael Utrera Macías

Harold, estudiante a la fuerza

Ya los peces no cantan en el Nilo / ni la luna se pone para las dalias del Ganges

Otro término multisilábico, Nabucodonosor, el rey de Babilonia, en la imaginación del estudiante “se convirtió en mulo”. Nada tiene de extraño en una mente con buena dosis de imaginación una mutación tan violenta como la de transformar a la persona en animal, más allá de la consideración que el personaje pudiera tener no sólo desde el punto de vista histórico sino humano. Menos aún pueden extrañar dichas transformaciones, en este contexto, donde cualquier cineasta, Méliès el primero, convertía, por arte de magia cinematográfica, un objeto en otro, como antes lo había hecho el mago en el circo. “Nadie más tonto que yo, convertido de pronto en algún animal desconocido”, dice el propio Alberti en La arboleda perdida

Harold, estudiante a la fuerza, divaga en su pereza académica en beneficio de dosis imaginativas que hacen de la mosca, ruiseñor; de Nabucodonosor, mulo; de su alma y de la de Alicia, aves reales del Paraíso; de las lámparas, flor de acetileno y golondrina de gas. Como ahora se dirá, Lewis Carroll abundaba en su imaginativa obra, en diversos casos de metamorfosis semejantes a los ejemplos antedichos.

Su presencia en algunos poemas de Alberti y, concretamente, en este sobre Harold Lloyd se hace más que evidente; y ello no sólo porque Alicia sea la interlocutora del personaje cinematográfico, sino por ciertos repertorios lingüísticos que el poeta portuense sabe muy bien llevar a su terreno de los cómicos/tontos de la pantalla. Así, este espacio entre imaginativo y real que el poema del estudiante nos presenta, tiene su primera correspondencia con ese mundo de la niña que se inicia en un razonamiento cuyas delimitaciones entre sentido lógico y experiencia vital aún no están debidamente marcadas. 

La imaginación de Lloyd actúa o funciona como un sueño entrecortado que le devuelve al mundo real ante cualquier incidencia voluntaria o involuntaria; la mosca es uno de esos agentes que llevan al estudiante de la inconsciencia soñadora al estado de consciencia donde el imperio de la obligación se cierne sobre / contra su espíritu antiacadémico. Este viaje de Lloyd y Alicia a su propio país de las maravillas es una huida del universo real, sometido a las reglas de la matemática y la gramática, al universo del sueño que equivale a situarse en el mundo del deseo; el juego freudiano se palpa en las dos dimensiones en que suceden los hechos vividos, al menos imaginativamente, por Lloyd.


Una fauna solidaria

Los animales que presenta Alberti como fauna específica de su poema y solidarios “personajes” de su estudiante, son elementos pasivos a los que se les menciona por la actividad natural hasta entonces llevada a cabo o por haber modificado sus actitudes en virtud de no se sabe qué circunstancias. Como en el País de las Maravillas o, simplemente, como en el mundo donde se desarrollan las fábulas clásicas (desde Fedro y Esopo hasta Iriarte y Samaniego), estos animales, hipopótamo, lagarta, escarabajo, mosca, mulo, ave real, peces, cocodrilo, cabra, traspasan su régimen biológico y cíclico marcado por la naturaleza, su modo de actuación vital y heredado, para transgredir con un modo de acción sin cortapisas las reglas del juego lógico tal como sucede en “tengo el hipopótamo” o “la lagarta es amiga mía”. La aparente contradicción discurre entre una estructuración morfosintáctica adecuada y una semántica que sobrepasa las reglas de la lógica. Alberti, como Carroll, se rebela contra una pedagogía donde el proceso memorístico y la inducción propia de catecismo son fin en sí mismo y, al tiempo, satiriza un modo de docencia donde el aprendizaje se apoyaba fundamentalmente en lo rutinario.

Los casos de metamorfosis tienen fecundos ejemplos en el relato de Alicia; las piedrecitas que se iban transformando en pastelillos, el bebé que es un cerdito, etc. Las metamorfosis conllevan un problema de identidad. Si ya los pronombres han dejado en evidencia su significación general y se completan semánticamente según el contexto y la situación, los consejos de una oruga a Alicia establecen un juego gramatical con la presencia de yo, tú, su, a mí misma, etc., organizan un entramado de disquisiciones donde Alicia supera una crisis de identidad al haber sido víctima de sucesivas transformaciones y asegura no estar muy segura de quién es. Todavía, el autor sentencia con rotundidad que aquella niña tan original jugaba a veces a ser dos personas distintas.


Matemáticas y Geografía: sin resultados académicos

Otra cuestión paralela en ambos textos literarios, el de Carroll y Alberti, es la recurrencia a la Matemática y a la Geografía para mostrar el estado o la identidad del personaje; tales materias se ejemplifican muy lejos de sus resultados universales, académicos, aceptados. La crisis de identidad de Alicia le hace plantearse no sólo quién es sino quién no es: Alicia no es Mabel. Y para su comprobación pone a prueba su experiencia memorística obteniendo resultados erróneos: la tabla de multiplicar la recuerda como “cuatro por cinco son doce” y la Geografía, que la capital de Londres no es París.

El final del poema de Alberti, donde solicita a Alicia que le siga en bicicleta, presenta dos oraciones adversativas construidas de modo paralelo. Si el estudiante enamorado y su imaginativo amor actúan como sujetos activos y principales de esa situación, los elementos negativos, que nada tienen que ver con ello, son los agentes de policía, identificados con el genérico “la Policía”, a quienes se les carga con los sinónimos negativos “no saber” e “ignorar” en cuestiones relativas a la astronomía y la poesía. El autor de “Harold Lloyd, estudiante” pone en solfa a un cuerpo del que se ha burlado el cine cómico americano de muy diversas maneras, aunque, generalmente, golpeando al agente o haciéndole caer en la trampa que el propio “poli” está intentando contra el ingenuo ciudadano.

Gómez Mesa (La Gaceta Literaria, nº 108) ha titulado a situaciones cinematográficas semejantes a ésta como “La autoridad por los suelos”. Según cuenta, el origen de todo ello está en la detención sufrida por el cineasta Mack Sennett, a quienes los guardias confundieron con un peligroso asesino y lo encarcelaron hasta que el asunto fue aclarado. Liberado el ciudadano, prometió que los guardias pagarían su torpeza; en numerosas películas mantuvo su venganza sometiendo al individuo policía o al cuerpo entero a numerosas vejaciones que, por el contexto humorístico en el que se presentaban, estaban lejos de ser interpretadas al pie de la letra. Harold y los policías, como Charlot en la calle de la Paz, o Keaton en La mudanza, junto a mil ejemplos más, abundan en la situación mencionada. A Alberti, en paralelo con ellas, le sobran cuatro renglones para transformar cualquier caída idiota de un agente en simple pero humillante ignorancia de todo un cuerpo.

Ilustración: Harold Lloyd, en un icónico plano de una de sus películas más famosas, El hombre mosca (1923), de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor.

Próximo capítulo: Generación del 27. César M. Arconada, biógrafo de Harold Lloyd (IV)