Rafael Utrera Macías

Lawrence de Arabia

Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), con Peter O’Toole y Omar Shariff, es catalogada por Cernuda como buena y aconsejable; además: “lo que en teoría parece ocurrir en El Cairo está filmado en Sevilla” (Cernuda 2003: 1088). En efecto, el carácter del personaje junto a la presencia de cierta arquitectura sevillana en el entramado paisajístico del film interesó a nuestro poeta espectador.  

Del legendario militar se plantean, entre su procedencia inglesa y su vocación arabista, sus problemas de identidad (hipótesis de homosexualidad y tendencia al masoquismo) y de adaptación al mundo militar donde sirve; a la par, su mitificación entre las tribus árabes que intuyen su talante heroico y carácter semidivino. 

Las composiciones de algunas secuencias resultan poemas visuales: el personaje enciende un fósforo; en continuidad, el amanecer del desierto inunda visualmente la pantalla al tiempo que el sonido convertido en silencio refuerza la belleza y significación de la imagen. Los jóvenes criados, Farraj y Daud, más allá de su consideración efébica, se convierten en víctimas propiciatorias cuya muerte traspasa lo simbólico: aquél, víctima de un disparo perdido a quien Lawrence decide rematar; éste, absorbido por las arenas movedizas de un desierto carnívoro que no distingue ni la juventud de sus víctimas ni tampoco su belleza.

Tal como Cernuda advirtió, Andalucía está presente en Lawrence de Arabia. Las inmediaciones de Carboneras, en Almería, permitiría construir un poblado de cartón-piedra, Ákaba en la ficción, la ciudad que Lawrence, en una de sus insensatas locuras, tomaría desde el desierto. Sevilla por su parte, se convertiría en idóneo lugar de rodaje para simular ciudades foráneas cuya semejanza con la hipotética realidad en nada contravenían las leyes de la verosimilitud.  

En efecto, la parte ocupada por la capitanía general en la Plaza de España, con su torre norte y sus amplios soportales, se transformaban por la magia del arte cinematográfico en el cuartel del general británico Allenby, en El Cairo, mientras que los patios de la Casa de Pilatos servían de marco adecuado a las beligerantes actividades inglesas contra el enemigo turco. A su vez, el Casino de la Exposición (de 1929), anejo al Teatro Lope de Vega, con su brillante espacio circular, servía de mesa redonda para celebrar la conferencia de Damasco y el entorno menos definido de traseras y alrededores acogía las algaradas que se suponen entrada del ejército en Jerusalem. 

En palabras del director Martin Scorsese, Lawrence de Arabia significa “la pasión privada de un hombre angustiado” (Riambau 1994: 73). Tras la visión del film, ¿qué sensaciones sentiría Albanio ante aquel Edén, reflejado en Ocnos, que la magia del cine convertía en exótica urbe oriental?


Cinematográfico final: Divorcio a la italiana

La última película vista por el poeta, el 4 de noviembre de 1963, fue Divorcio a la italiana (1962), con Marcelo Mastroianni y Stefania Sandrelli; le había gustado tanto que propuso verla al día siguiente con Paloma Altolaguirre; la muerte se cruzó en el camino y en la mañana del día 5 se produjo su fallecimiento. El cineasta italiano Pietro Germi había entretenido, con una comedia satírica, las últimas horas del poeta sevillano. 


Cernuda debió reír con las aventuras del barón siciliano Ferdinando, Fefé, casado con Rosalia, empalagosa mujer, aunque enamorado de su joven sobrina Angela, quien no le hace ascos a su tío. El código penal condena de forma laxa a quien mata al cónyuge sorprendido en adulterio; el breve paso por la cárcel dará paso a una nueva vida... con la deseada sobrina.

Germi apuntó, sarcásticamente, que la indisolubilidad del matrimonio y el asesinato del adúltero no se resolvían civilizadamente ante el juez, sino visitando al armero y comprándole una pistola. Y es que en Sicilia el honor es tratado como una institución. El director se preguntaba tras el estreno del film: “¿Cuál es la emoción que está en las raíces de Divorcio a la italiana? Es una emoción de rebeldía: el violento rechazo de los usos y costumbres (y las leyes que los aplican) que ofenden la conciencia moral y civil. De esta negación, de esta rabia, nace la sátira, lo grotesco” (Germi 1963: 7).

Las últimas voces oídas desde la pantalla por Cernuda fueron las de Ferdinando en su llegada a casa tras los meses de cárcel y los de su madre, Doña Matilde, gritando de alegría “Hijo... hijo mío”; seguidamente, el casamiento en la iglesia de Fefé y Angela y una prolongada luna de miel en su yate. Un joven marinero cuida del timón. Angela, en bikini, toma el sol muy cerca de él.

Ferdinando aparece por la escotilla, se acerca a su mujer, la besa. Seguidamente, el pie de Angela... busca… busca… encuentra… y… acaricia… el del marinero…

Fueron las últimas secuencias cinematográficas que Luis Cernuda degustó en la pantalla, “cuna de los modernos héroes", donde vivió la vida, la ilusión y el deseo literariamente despierto.

Ilustración: Una imagen del actor John Barrymore.

Próximo capítulo: Generación del 27. Películas mencionadas por Cernuda. Bibliografía citada o mencionada en el conjunto de artículos (y IX)