CINE EN SALAS
El caso del cineasta Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) es curioso: nacido en una familia de intenso pedigrí artístico (su padre, José Ramón Sánchez, famoso pintor e ilustrador de notable fama en los años ochenta; su madre, Carmen Arévalo, exquisita actriz teatral de larguísima trayectoria sobre las tablas; su padrastro, Héctor Colomé, igualmente excelente actor característico hispano-argentino), así que si el niño no salía artista, raro sería… empezó como coguionista de la mítica serie Farmacia de guardia, para después, a primeros de este siglo, iniciarse como director con varios cortos que obtuvieron numerosos premios. Su debut en el largo, con la dramedia Azuloscurocasinegro (sic) (2006) fue toda una revelación, con proliferación también de laureles varios, entre ellos tres Goyas.
Su obra posterior mantuvo en principio ese buen nivel, con títulos como Gordos (2009), Primos (2011) y La gran familia española (2013), siempre con historias en las que el vínculo familiar era muy importante, pero también en claves entre la comedia y el tibio drama. Sin embargo, a partir de ahí, como si su talento para el cine comercial se cortocircuitara, apenas ha hecho algunos cortos, también varios anuncios (muy celebrados, como el de Campofrío de las Navidades de 2018), alguna serie manifiestamente olvidable, y un único largometraje, además directamente para plataformas, Diecisiete (2019), de nuevo con las relaciones familiares como eje, que no tuvo apenas repercusión.
Ahora vuelve, por fin con todas las de la ley con esta nueva película para cine, Rondallas, que lo devuelve al primer plano de la actualidad, y la verdad es que lo vemos en forma… La historia se ambienta en nuestro tiempo en Galicia, en concreto en Vigo, donde conocemos a Luis, pescador que sufrió dos años atrás un grave naufragio del barco en el que faenaba, habiendo sido uno de los pocos supervivientes; Carmen, esposa del capitán del barco, que murió en aquel suceso, así como sus hijas, en especial la adolescente Andrea, siendo la otra aún pequeña; a Yayo, otro de los supervivientes, un viejo faenador que perdió una pierna en el naufragio. Todos ellos, y los fallecidos en la tragedia (que aún se está investigando, al no haberse podido alcanzar aún los restos del barco profundamente hundido) formaban parte hasta aquel momento de una rondalla, un tipo de manifestación artística que combina desfile, música de instrumentos mayormente de la zona, como gaitas, y amplios y vistosos movimientos coreográficos de la numerosa grey que la componen. Tras la tragedia, de la que han pasado dos años, Luis, que era amigo íntimo del capitán y ahora es también (en secreto para todos…) pareja de Carmen, decide intentar poner de nuevo en marcha la rondalla como homenaje a los fallecidos y también para intentar cerrar el doloroso duelo. Pero la tarea se revelará tirando a titánica, por diversos motivos…
Gusta este regreso de Sánchez Arévalo, porque confirma que, como sabíamos, está ampliamente dotado para contar historias que interesan, aquí en un ambiente muy específico, el de los pescadores del puerto de Vigo que, además de su trabajo, periódicamente se encuentran para ensayar estas rondallas que, ciertamente, son una cosa la mar de curiosa, con pocos puntos de contacto con otras manifestaciones artísticas de carácter colectivo o coral, como es el caso, porque combina elementos cuasi militares (con esos marciales desfiles en los que hasta se marca el paso, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho…) con preciosas músicas folclóricas del entorno, en cuya ejecución brillan esencialmente los instrumentos de la tierra, y hasta con briosos abanderados que se marcan sus numeritos casi de “cheerleaders”.
Con ese paisaje de fondo, y con la necesidad de volver a sonreír, a creer en la vida, que en realidad es lo que se buscaba con la resucitación de la rondalla, la película plantea temas que no son baladíes, no limitándose a ser (que también lo es) un film sobre la necesidad de levantarse tras la caída, sino también a hablarnos de cuestiones tales como la redención, con el amor que, aun siendo culpable, se sacrifica por los que aman; la necesaria maduración de los que con cuarenta años aún siguen en la adolescencia; las relaciones paterno-filiales sin que se comparta ni una gota de sangre; y también, entre otros temas, en una deliciosa finta casi final, la generosa renuncia fraterna que habrá de permitir el crecimiento del hermano.
Así que, sí, Rondallas es en parte una película que hemos visto con frecuencia, la de la panda de pelanas que se sobreponen contra todo pronóstico y consiguen éxitos inimaginables para sus muy mejorables cualidades, pero hay también intensas cargas de profundidad sobre las relaciones familiares que la hacen mejor que eso, que logran que no sea el típico y tópico producto estándar con el que sestear en la sobremesa de los domingos en el sofá ante la tele.
Buen cine de comedia entonces, con sus bien medidos toques de drama, muy bien servidos por un elenco ciertamente excelente (Sánchez Arévalo ha sido siempre un gran director de actores y actrices), desde un siempre espléndido Javier Gutiérrez, aquí en un papel complicado por el secreto que guardaba y cómo finalmente se sacrifica absolutamente por los que quiere (por personas vivas, pero también por la memoria del muerto), hasta una María Vázquez que tiene la rara virtud de hacerlo todo bien, sea lo que sea. Pero los más llamativos son algunos secundarios, como Tamar Novas, descacharrante como el abanderado cuarentón con mente y corazón de púber más bien acarajotado, o Carlos Blanco, un Yayo “pata-palo” divertidísimo en su retranca, o la joven pareja que componen Judith Fernández y Fer Fraga; este último, en particular, con su marcadísimo acento gallego resulta graciosísimo, aparte de fresco y natural: todo un descubrimiento…
(09/01/2026)
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