Rafael Utrera Macías

En pos del cinema, antología realizada por Carlos y David Pérez Merinero, está dedicada a la memoria de César M. Arconada. Quien fuera durante algún tiempo redactor-jefe de La Gaceta Literaria, César Muñoz Arconada, se interesó vivamente por el cine y más allá de ejercer la crítica cinematográfica en diversas revistas especializadas (Nosotros, Nuestro cinema), dedicó su escritura a ciertos cineastas de quienes publicó sugerentes y personales biografías. Implicado en un proyecto editorial del que su revista dio noticia (La Gaceta Literaria, nº 71) pero que, desgraciadamente nunca se llevaría a término, el crítico Juan Piqueras quiso establecer una colección cinematográfica, “Figuras del Cinema”, popular y económica, cuyos autores serían los representantes de la nueva literatura en España; así, Arconada redactaría la vida de Clara Bow, Alberti la de Harry Langdon, Neville la de Chaplin y Bergamín la de Lloyd, entre otros títulos y autores. 

La imposibilidad de llevar a término la edición, obligó a Arconada a incluir su original sobre la Bow en un nuevo volumen titulado Tres cómicos del cine (1931), que vería la luz en la Editorial Ulises (donde con anterioridad, en 1929, había publicado su Vida de Greta Garbo). Las “biografías” de Chaplin y Harold Lloyd conformarían la trilogía aludida en el título (Posteriormente, en 1973, la editorial Castellote volvería a editarla, con presentación de Carlos y David Pérez Merinero, por la que citamos).


Los niños trabajan…

El personal estilo del escritor se apoya en un seguimiento sui géneris del currículum del biografiado, muy lejos de los recursos propios de la gacetillería o de las “biografías autorizadas” elaboradas desde los propios estudios cinematográficos; el método de Arconada parte de describir el hábitat común y cotidiano del personaje mostrándonos cuanto de fracaso y suerte se da en su vida y en la de cualquier mortal. La descripción de las fases de un “artista” cuyo destino último ha sido conseguir la popularidad y el éxito, se hace analizando su individualidad, pero ejerciendo sobre ella concreto análisis de su situación, desde el estricto entorno familiar hasta el más complejo profesional y social. No es ajeno a ello, la inyección de crítica que el autor desarrolla para con la sociedad, una sociedad de aquí y de allá, más temporalmente coetánea que circunstancialmente geográfica. La ideología de izquierdas y, consecuentemente, la visión que se haga del mundo, no estará exenta en las biografías de estos cómicos de una mirada humana y social donde cierto maniqueísmo suele dividir a unos y a otros. El título de un capítulo ejemplifica sobre el claro posicionamiento del autor: “Los niños trabajan... si son pobres”. 

Los diversos capítulos en que Arconada divide la biografía de Harold Lloyd nos llevan desde su infancia hasta los finales profesionales de su etapa muda. Las características familiares, los primeros empleos, el empeño en querer ser actor, los productores y directores con los que trabajó, la búsqueda de un personaje propio, etc., constituyen los bloques de un sugerente relato construido desde una mirada siempre situada a la altura del hombre y nunca desde el ángulo contrapicado con el que suele construirse la vida de los artistas.

Las metamorfosis que antes mencionábamos tienen algún ejemplo aquí. Harold vendedor de maíz en un carro blanco y ligero, con una cubierta de cristal por donde pudiesen penetrar –añade el autor- los ojos, llenos de deseos, de los niños ricos: “Los granos de las mazorcas de maíz parecen de oro. Es pura poesía (...) Azúcar y esencias... una sartén hirviente... Y los granos se abren en rosas, en rosetas variadas”.

El símil de la escalera como separadora de hombres le permite al autor establecer una doble tipología de seres humanos: los simples hombres, los que nunca se han colocado sobre nadie, y los hombres dioses, que utilizando las escaleras se han colocado en la superioridad de los estratos (entre otros elementos, las pantallas). Sin embargo, la insegura condición profesional de los actores que empiezan le hace escribir al autor que “marchan y viven como las pulgas y las ranas: a saltos”. Lloyd saltó de una a otra profesión provisional y de una a otra ciudad buscando mejores condiciones de vida, siempre con la única idea de convertirse en actor de cine. Como comparsa en diversas compañías y estudios conoció a Hal Roach, comparsa a su vez, pero con la idea clara de convertirse en director. Arconada especifica que sellaron la amistad “con el signo que hace a las aventuras más firmes: con la miseria, con la desventura, con los sueños”.


Búsqueda de un tipo con gafas

Tras las primeras experiencias como actor en numerosas bobinas de dos rollos, Lloyd entendió que debía concebir un tipo personal y evitar las imitaciones de otros, especialmente de Chaplin. Y para ser imperecedero se necesita hacerlo “humano” y “representativo”. La calle es el mejor lugar para encontrarlo. Y lo encuentra recurriendo a la normal vulgaridad y a la elemental sencillez. Las gafas de concha serán el objeto determinante para construir el personaje en su configuración externa. El resto de características, psicológicas, temperamentales, sentido del mundo, del amor, del humor, se irán construyendo según cada argumento, cada corto o largometraje, pero de acuerdo con lo que el hombre y el artista llevan dentro.

El autor le pregunta al actor:
“Desde que tenías un teatro de niños debajo de la cama, Harold, hasta hoy, que tienes la popularidad del mundo, ¿verdad que han ladrado mucho los perros en las noches del alma -todas sin estrellas-, y las travesías de allá a aquí, de años a años, han sido sobre tempestades y sobre el furioso acordeón de las olas?”.

El libro se cierra con una larga diatriba anti-burguesa donde las diferencias sociales entre hombres se ponen de manifiesto. Los múltiples parágrafos se construyen en antítesis donde el contraste entre el diverso modo de vida de unos, los ricos, frente a los otros, los pobres, genera una reiterada anáfora y una repetitiva recomendación: “De cualquier modo, sois felices burgueses. Os recomiendo vuestro género: ¡Harold Lloyd: reíd!”. La crítica al sistema cinematográfico americano y al cine como fábrica de sueños se deja ver en quien defendería, por encima de todo, el sentido social de este arte.

Ilustración: Portada del libro Tres cómicos del cine, de César M. Arconada, en su reedición de 1973 de Castellote Editor.

Próximo capítulo: Generación del 27. Harold Lloyd: filmografía selecta. La policía y “el gafitas” (y V)