01/03/2026
La gala de los Premios Goya, que llegaban a su cuadragésima edición, se celebró ayer sábado 28 de febrero en Barcelona, ciudad en la que hacía 20 años que no se entregaban los galardones otorgados por la Academia de Cine de España. El evento estuvo presentado por el actor gallego Luis Tosar y la cantante y compositora barcelonesa Rigoberta Bandini; tal circunstancia, así como el lugar donde se producía el acontecimiento, en la capital catalana, y el origen de buena parte de los premiados (vascos, sobre todo), propició que la gala se hablara con frecuencia no solo en castellano, sino también en las otras lenguas cooficiales de España, lo que por supuesto está muy bien, aunque en el caso del euskera, que no es fácilmente inteligible (más bien nada inteligible…) para los no euskaldunes, se echó en falta una traducción simultánea o unos subtítulos que nos informarán de qué se estaba diciendo; con el catalán, y no digamos con el gallego, no había demasiado problema, pero con la recia lengua vascuence la cosa era (mucho) más complicada…
A la ceremonia asistió la plana mayor política del gobierno de la nación, con el presidente Pedro Sánchez a la cabeza, pero también la presidenta del Congreso, la vicepresidenta segunda, el ministro de Cultura, el president de la Generalitat, el alcalde de Barcelona… Bien está que los políticos se interesen por los actos culturales, pero aquello olía más bien a intención preelectoral que otra cosa (uno que es mal pensado…).
La gala se cerró con un triunfo de calidad y otro numérico; nos explicamos. El triunfo de calidad fue el de Los domingos, la película de Alauda Ruiz de Azúa que, aunque solo consiguió 5 Goyas, estos fueron todos de primera línea (entendiendo esto como premios generalmente considerados “de primera”, en contraposición con los técnicos). Así, la peli de Alauda se llevó los galardones relativos a Película, Dirección, Actriz Protagonista (Patricia López Arnaiz, excelsa, como siempre, en su papel), Guion Original y Actriz de Reparto (Nagore Aranburu, también espléndida, igualmente como siempre). Sin embargo, Sirat. Trance en el desierto, la estupenda película de Oliver Laxe, aunque ganó en número de estatuillas del pintor aragonés, 6 en total, al final se fue con un cierto sabor agridulce, porque todas ellas fueron de carácter técnico: Dirección Artística, Fotografía (para el gallego Mauro Herce, que conseguía el segundo Goya de su carrera), Dirección de Producción, Sonido (para las tres sonidistas que están nominadas a los Oscars, guau…), Montaje, y Música (para el francés Kangding Ray, autor de la hipnótica partitura del film). Pero Laxe se quedó sin sus estatuillas como director y guionista, y los hermanos Almodóvar (et alii), como productores, sin la suya como película.
Y lo cierto es que, a nuestro juicio, el fallo de la Academia ha sido eso, un fallo… Porque, como tenemos escrito, nos parece que Los domingos es una película tramposa, que habla supuestamente de equidistancia en un caso atroz, pero que en realidad es sibilinamente tendenciosa, y no precisamente “hacia el lado correcto de la Historia” (ahora que se ha puesto tan de moda esta expresión). Y es que si al obispo de Bilbao le ha gustado la película, entonces claramente no puede ser un film equidistante… Pero con Alauda está pasando una cosa curiosa: es una cineasta evidentemente muy interesante; aunque Cinco lobitos nos pareció sobrevalorada, su serie Querer era potentísima, muy buena y apegada a la realidad de nuestro tiempo, en verdad excelente. Pero con esta Los domingos parece que quiere hacernos comulgar a todos con ruedas de molino (qué propia la expresión, y qué ajustada a lo que estamos hablando…). ¿Qué será lo próximo, hacer un “remake” del Raza, de Sáenz de Heredia (con guion de Franco…) y hacerlo pasar por el no va más de lo progre?
Sirat, por el contrario, es cine distinto, cine poderoso e innovador, cine sobre todo hipnótico, una tragedia inmensa y consecutiva, un viaje existencialista que termina de forma casi abstracta, una película apocalíptica a la vez que casi metafísica (pero de verdad, no con trucos de trilero…).
El resto del palmarés se repartió de la siguiente forma: Sorda, el drama de Eva Libertad sobre los problemas de las personas sordas aún hoy en día, se llevó tres Goyas que, está claro, les supieron a gloria: Dirección Novel, Actriz Revelación (Miriam Garlo, la prota, que hizo un sentido discurso reivindicativo sobre las personas sordas y sus problemas de comunicación con las personas sin esa discapacidad) y Actor de Reparto (Álvaro Cervantes, que tuvo que aprender el lenguaje de signos para hacer su papel).
La cena, la comedia negra y evidentemente política que ha supuesto el regreso al éxito de Manuel Gómez Pereira, se llevó 2 Goyas (Guion Adaptado, Vestuario), que fueron muy celebrados, porque las comedias no suelen ser muy premiadas por la Academia. El resto ya fue a razón de un Goya por peli: Maspalomas se llevó el de Mejor Actor Protagonista (José Ramón Soroiz, que hizo casi todo su agradecimiento en euskera, así que nos quedamos sin saber qué es lo que dijo); Los tigres, que consiguió el de Efectos Especiales, y fue, si no nos equivocamos, el único Goya que se vino para Andalucía (en una ceremonia copada por las nacionalidades históricas, Cataluña, País Vasco y Galicia); Ciudad sin sueño, quizá el más emocionante, el de Actor Revelación para el jovencísimo Antonio Fernández Gabarre, él mismo habitante de la Cañada Real, una “ciudad”, efectivamente, sin sueños, más bien con pesadillas, uno de los barrios (por llamarlo de alguna forma) más económicamente deprimidos de Europa; Tardes de soledad, de Albert Serra, que se llevó el de Documental, el más controvertido de todos los premios, dada su temática, la taurina; El cautivo, la última peli de Alejandro Amenábar, una fantasía homoerótica sobre el cautiverio de Cervantes en Argel, que se llevó el premio de Maquillaje y Peluquería; y Flores para Antonio, el sentido homenaje de Alba Flores a su padre, Antonio Flores, en el trigésimo aniversario de su muerte, que se llevó el premio relativo a Canción Original.
La gala, en general, bien: los presentadores (bueno, el guion que habían escrito para ellos…) no cayeron en los chistes fáciles y menos aún en los chistes privados, que a lo mejor pillan (o no…) los mil y pico de asistentes en la sala, pero no los millones que la ven por televisión. Las actuaciones musicales estuvieron en general bien, con algunas que llamaron la atención por su exotismo (en Cataluña, se entiende…), como la flamenca eminentemente andaluza que se marcaron preciosamente Ángeles Toledano y Alba Molina. Otras sí fueron más cercanas a la tierra que albergaba el acto, como el homenaje a la rumba catalana que se marcaron Bad Gyal y otros artistas del lugar. También estuvieron muy bien las canciones que interpretaron la andaluza Ana Mena (que esa misma mañana había conseguido la Medalla de Oro de Andalucía, vaya día completo…) y la propia copresentadora, Rigoberta Bandini, con una preciosa interpretación de la canción De tot cor, “de todo corazón”.
Sobre las reivindicaciones políticas y sociales, fueron abrumadoramente sobre temas externos a España, lo que no deja de ser llamativo cuando estaba allí el presidente del gobierno y toda la plana mayor de la administración socialista… La reivindicación mayoritaria fue, sin duda, la de que se termine el genocidio en Gaza y la que reclamaba una Palestina Libre, con muchos de los asistentes portando un pin con esas peticiones, claramente visibles, y tan justas. También hubo tiempo para que algunos premiados repartieran merecida estopa a Trump (alguno sin mencionarlo expresamente: “de cuyo nombre no quiero acordarme”, dijo cervantinamente Gonzalo Suárez, el Goya de Honor, muy mayor pero todavía lúcido), a la barbarie del ICE y su secuestro de inmigrantes y matanza de gente indefensa, a la situación en Irán, lógicamente, de plena actualidad por los ataques de Estados Unidos e Israel, teniendo que hacer un equilibrio entre el deseo de que acabe el régimen aberrantemente misógino y liberticida de los ayatolás, pero también, con buen criterio, haciendo ver que derrocar un gobierno a bombazos no es precisamente la mejor de las soluciones. Jafar Panahi, el gran director persa, presente en la sala como nominado por su Un simple accidente, seguro que agradeció las alusiones a la situación de su país.
Pero sobre los problemas de España (vivienda, precariedad laboral, descontento y desafección juvenil hacia los partidos sistémicos, feroz bipolarización política…), ni una palabra…
Se agradeció que Fernando Méndez-Leite, el presidente de la Academia, en su último año de mandato (no está claro si se presentará a la reelección), se rindiera con su más bien sinsorga petición de años anteriores de que no se llamen pelis a las pelis (bueno, a las películas…), que es como intentar poner puertas al campo. Bien Susan Sarandon en su “speech” de agradecimiento del Goya Internacional, una actriz de larga y fecunda carrera que emocionó al auditorio con su denuncia de la forma de proceder de la administración Trump, dentro y fuera de su país.
Afortunadamente, salvo alguna rara excepción, todos los premios se ajustaron al minuto que se les había dado para agradecer sus premios, así que la gala se cerró con una duración de 3 horas y cuarto, unos 15 minutos menos que la del año anterior: menos da una piedra…
Ilustración: Una imagen de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, ganadora (en términos de calidad de los premios) en la 40 edición de los Premios Goya.