CINE EN PLATAFORMAS
ESTRENO EN FILMIN, MOVISTAR+, APPLE TV Y RAKUTEN.
Un poco al modo de los Javis (aunque sin sus vinculaciones sentimentales entre ellos, que sepamos), los que ahora son llamados los Moriarti son tres cineastas vascos que desde principios de siglo, con la fundación de su productora Moriarti Produkzioak (de ahí el apelativo con el que se les empieza a conocer), están haciendo cine, consiguiendo, piano piano, un lugar destacado en el panorama cinematográfico español. Los Moriarti son concretamente Aitor Arregi, Jose Mari Goenaga y Jon Garaño, todos ellos directores, productores y guionistas; tienen una peculiar forma de afrontar sus películas: aunque con frecuencia escriben los guiones entre los tres, a la hora de dirigir lo hacen solo dos, alternándose en la ejecución de tal tarea en cada uno de los títulos filmados, títulos que los han ido situando, como decimos, en lo más alto del cine español: Loreak (Flores), Handia, La trinchera infinita y Marco los han ido convirtiendo, poco a poco, en habituales de festivales y entregas de premios Goya, de los que ya tienen una buena provisión…
Ahora vuelven al ataque, en este caso con dirección en comandita de Aitor Arregi y Jose Mari Goneaga (quien, en esta ocasión, se encarga en solitario del guion), sin que Garaño, cosa rara, participe de forma alguna. La historia se le ocurrió a Goenaga durante unas vacaciones en Maspalomas, en la isla canaria de Las Palmas, cuando vio que en el ambiente homosexual que frecuentó (él es militantemente gay) había una historia que contar. Y esa historia, obviamente ficticia, pero en la que no es difícil adivinar retazos de sí mismo, conocemos a Vicente, un vasco septuagenario que, en 2018, vive la vida loca en Maspalomas, donde ha llegado casi un cuarto de siglo antes cuando, en torno a los cincuenta, se enamoró de Esteban y abandonó a su mujer y a su hija en el País Vasco. 25 años después se ha separado de Esteban y sobrevive en casa de un amigo, mientras se dedica a buscar sexo urgente y anónimo entre las dunas de las playas de Maspalomas o en clubs “ad hoc”. Pero en una de estas sesiones con altas calenturas (y no hablamos de que tenga la gripe…) le da un ictus y todo su mundo se desmorona. Trasladado al País Vasco a instancias de su hija, con la que perdió todo contacto cuando abandonó a la familia, es internado en una residencia de ancianos donde intentará recuperarse de la enfermedad, pero donde, por supuesto, nadie sabe de su orientación sexual…
Sentimos disentir del general beneplácito con el que la crítica ha acogido Maspalomas. A ver, no estamos diciendo que sea una mala película, porque no lo es en absoluto: tiene evidentes virtudes, como la de poner en primera línea un tema tabú en las pantallas, las prácticas sexuales en la llamada tercera edad, y más aún si son prácticas de carácter homoerótico, como es el caso. También es interesante el proceso de duelo por el que atravesará el protagonista, psicológicamente hundido por haber perdido su autonomía como persona, y en especial como persona gay, debiendo ocultar su tendencia sexual en el conservador entorno de la residencia en la que ha sido ingresado.
Pero (siempre hay un pero…) todo esto, que está muy bien, está dado a través de un guion que nos parece no es de los mejores de los Moriarti, un guion en el que parece haber tres historias paralelas con escaso contacto entre ellas: las abruptas pulsiones sexuales que experimenta el ahora físicamente bastante perjudicado Vicente; la complicada relación con su hija, que tiene un hijo que no sabe que él es su abuelo; y el no menos complejo vínculo amistoso que mantiene con su compañero de cuarto en el asilo, Xanti, que es en buena medida todo lo que él no es: macho irredento, de ideas fijas y más bien cavernarias, exultante y vitalista. Con esas tres líneas guionísticas Goenaga y Arregi apañan una película ciertamente interesante, pero con fallas de ritmo y dificultades de conexión entre ellas, cuando la historia de Vicente es una, y no tres. A ratos parece que son tres personas distintas que afrontan esas tres peripecias vitales, sin apenas nexo entre ellas. Tampoco ayudan errores clamorosos de resolución en alguna escena, como la del chat que mantiene bajo las sábanas con un contacto de una aplicación tipo Tinder, pero de corte gay, cuando el móvil se le cae al suelo, queda a la vista de cualquiera, y el prota está impedido para recogerlo por las secuelas de su ictus. Tampoco es muy creíble que en un centro de mayores como este, por muy liberal que sea, se pueda llevar a un chapero como si tal cosa…
Al margen de ello, Maspalomas funciona como lo que es, una acre denuncia de cómo todavía en algunos estamentos de nuestra sociedad, aparentemente tan tolerante, no es posible aún que las personas con una tendencia sexual diferente a eso que ahora llaman “heteronormativa”, se muestren tal como son. En ese sentido, el desenlace nos parece conformista, quizá demasiado conformista: según ese desenlace, no hay, según parece, posibilidad, al menos por ahora, de que se pueda vivir la condición homosexual con naturalidad en según qué ambientes sociales.
Anotamos de forma positiva el hecho de que ya empiezan a contarse historias que se desarrollan total o parcialmente en esa época traumática de la vida del mundo que fue la pandemia del covid que estalló en la primavera de 2020. Aquí sus prolegómenos, cuando el virus iba extendiéndose por la Tierra, son un paisaje al fondo que tendrá una incidencia concreta, aunque colateral, en la vida de Vicente. Con ello parece que los seres humanos, o mejor nuestros artistas, empiezan a plantear en imágenes aquel tiempo aciago en el que nos pareció que llegaba el fin del mundo (ahora también, pero por otros motivos…); y es que aquellas situaciones que causan traumas colectivos, como aquel malhadado coronavirus que nos confinó durante meses en nuestras casas, que nos hizo ir embozados como si estuviéramos en un quirófano o tuviéramos alergia primaveral, que mató a millones de personas en todo el mundo, suele costar que sean llevados a la pantalla: nadie quiere recordar lo que se sufrió. Cuando ese trauma empieza a exponerse en audiovisuales, quizá sea porque finalmente estamos superándolo y podemos hablar de ello. Quizá…
Por supuesto, la película está irreprochablemente filmada por Goenaga y Arregi, como es habitual en los Moriarti. Por supuesto, José Ramón Soroiz, el protagonista, hace el papel de su vida, un personaje al que se ha entregado absolutamente (y así ha sido reconocido con el premio al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián); también excelentes Nagore Aranburu, como la sufrida hija, y Kandido Uranga como el compañero/amigo/casi hermano de la residencia. Por supuesto también, la música de Aránzazu Calleja (habitual autora de los “scores” de los Moriarti), nada convencional, en absoluto estándar, con fuerte influencia de la voz humana (real o simulada), conviene a esta historia extraña que, ciertamente, por su explicitud sexual, puede resultar difícilmente digerible en según qué contextos sociales.
(30-09-2025)
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