C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN MOVISTAR+
Quizá el tono de las películas iraníes que nos llegan nos haga pensar, equivocadamente, que en la cinematografía del país de los persas (cuando se escriben estas líneas bajo el fuego graneado de esos dos felones, Trump y Netanyahu, que supuestamente pretenden liberar a las mujeres matándolas, lo que no deja de ser un método novedoso de liberación…) todo lo que se rueda son dramas, y por supuesto, todos relacionados con la falta de libertades de las féminas y su papel subsidiario en la república islámica respecto al varón, que tiene todos los derechos, y ellas ninguno.
Pero películas como esta tan agradable Mi postre favorito rompen con esa impresión, aunque las consecuencias que han tenido para sus directores no han sido precisamente buenas, como veremos más adelante… La película se ambienta en nuestro tiempo, en Teherán. Conocemos a Mahin, viuda desde hace 30 años, ahora con 70 de edad. Tiene un buen pasar económico, con una casa con jardín y todo, pero está muy sola. Su hija emigró años atrás fuera del país, y aunque Mahin se reúne de vez en cuando con amigas, en realidad siente un gran peso por la soledad involuntaria que padece desde hace tanto tiempo. En la celebración de su septuagésimo aniversario las amigas le reprochan que en tanto tiempo de viudez nunca se haya echado un novio. Mahin, tras pensárselo, decide que ya es hora de acabar con su soledad; primero busca en los salones de un lujoso hotel, y después en los parques, a ver si se le pone a tiro algún madurito, pero al no conseguirlo acude a una cafetería donde suelen reunirse jubilados. Allí se entera, poniendo la oreja, que Faramarz, un taxista que parece rondar los 70 años, está soltero o viudo, en cualquier caso sin pareja, y trama un acercamiento hacia el hombre, esperando que sea el final de sus años en soledad…
Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha, los directores, son cónyuges, y también trabajan siempre juntos; su carrera por ahora es corta: en largos de ficción (antes habían hecho algún documental) solo han rodado este film y su anterior El perdón (2020), un potente drama que tuvo buena acogida internacional y pasó por festivales como la Berlinale y la Seminci, donde consiguió el premio a la mejor dirección novel. Esta su segunda película cambia en cuanto al tono (podríamos hablar de una tragicomedia en clave romántica), pero no en cuanto a la apuesta por la mujer, que sigue siendo firme y rotunda.
La película inicialmente parece hablar de la soledad del nido vacío, especialmente ya en la edad proyecta, cuando los hijos han volado y tienen ya sus propias obligaciones y familias, y de hecho acabar con esa soledad será, en buena medida, el tema central del film, en una historia que te gana por su tono, por esa relación apenas incipiente en la que lo que llama la atención es, precisamente, que en un país tan fanáticamente machista como el actual Irán, sea la mujer la que lleve la iniciativa, la que se ponga las pilas para acabar con su soledad y, como consecuencia de ello, la del hombre al que dirige sus afectos, un hombre que no ha sabido, o no ha podido, ponerle remedio, pero que ahora, llevado en volandas por esta mujer de 70 años que se pone el mundo por montera, se lanzará a una relación que (no hay que hacer “spoilers”, claro) puede tener algún problema que otro para su consumación en todos los órdenes.
Todo ello en una película con una puesta en escena que parece buscar la invisibilidad, contar su historia sin que sus autores se hagan notar, en la mejor tradición del cine norteamericano clásico. Solo al final, cuando sucede lo que sucede, los directores se permiten algún adorno, en cualquier caso justificado, como algunos planos secuencia girando la cámara sobre sí misma, dentro del hogar de la protagonista, donde los dos personajes centrales harán un brindis por la que llaman, con razón, la mejor noche de sus vidas.
Lo del brindis nos lleva a la circunstancia ciertamente valerosa que supone el hecho de que ella y él, en esa incipiente relación, se salten todas las prohibiciones del oprobioso régimen que gobierna Irán desde hace casi medio siglo: ambos, hombre y mujer, están juntos dentro de una casa sin ser parientes ni mucho menos estar casados; ella no se cubre el pelo con el obligatorio hiyab estando delante de un extraño; beben vino (de una botella de cinco litros que dejan mediada, vaya cogorza que cogen…); y hasta bailan juntos, en lo que parece, en su conjunto, como una especie de catálogo de prohibiciones que ambos se pasan jubilosamente por el forro.
Antes de esa segunda parte en casa de Mahin, en la que asistimos a ese progresivo acercamiento entre los que quieren ser provectos amantes, los directores, sabiamente, marcan el carácter vigoroso y luchador de ella en la escena en la que, en el parque, sale en defensa de una chica a la que la “policía de la moral” (permítanme aquí dar la arcada correspondiente…) pretende llevársela para juzgarla por llevar mal puesto el pañuelo, “gravísimo” crimen al que nuestra anciana protagonista le echa redaños y consigue salvarla, aconsejándole después a la joven que nunca se achante, que se enfrente a aquellos mamelucos que velan por lo que debe ser una cuestión de cada uno, en este caso de cada una, no del poder idiota de turno, sobre todo si está regido por una visión fanática de la religión, de cualquier religión.
Lo cierto es que la película funciona, y funciona muy bien, sobre todo en esa segunda parte que es la mollar de la historia, con sus dos viejecitos aproximándose poco a poco (gracias a la iniciativa de ella, es cierto…), en una historia romántica ciertamente muy agradable, donde asistimos al encuentro de dos almas solitarias que se buscan, se necesitan, alguien en quien depositar el amor, nuevamente, tras tantos años de ausencia de ese sentimiento. En el fondo son, o lo parecen, almas gemelas destinadas a encontrarse, aunque quizá el destino conspire en su contra. Gusta que en las secuencias que tienen lugar en la casa de ella, en la que ya hemos comentado que ella lleva la voz cantante, la relación vaya discurriendo a través de las dulces tonterías propias de la situación, dichas por estos entrañables viejecitos que en estas circunstancias se comportan casi como adolescentes, con una cierta ingenuidad por ambas partes, aunque subyace en el ambiente la sensación de que ambos, en lo tocante al sexo, quieren llegar a más, ese metafórico "postre favorito" del título.
Hay, por supuesto, una crítica tangencial hacia el oprobioso régimen de los ayatolás, hacia la falta de libertades y la represión en todos los órdenes en la vida de la república islámica, aunque no es su tema principal, que es el del amor en la tercera edad, un amor que en realidad no deja de ser sino un deseo de dejar de estar solo. Es también otra visión del Irán actual, una perspectiva diferente, una historia romántica de la tercera edad bajo un régimen fanáticamente intolerante.
Excelente trabajo, muy entregado, de la pareja protagonista, Lili Farhadpour y Esmaeel Mehrabi, estupendos en sus papeles.
Sobre los directores, retomamos lo que decíamos en párrafos anteriores: ambos fueron juzgados en 2024 por el “grave crimen” de hacer esta película, por su tratamiento “inmoral” de esta pareja sin casar, y condenados a 14 meses de prisión, condena dejada en suspenso siempre que no vuelvan a filmar audiovisuales, y en un régimen de libertad vigilada, además de retirarles los pasaportes para que no tengan la tentación de huir del país. Así que ya sabemos cómo trata el régimen (por si no lo sabíamos ya por casos como el del gran Jafar Panahi) a sus artistas que intentan desarrollar sus obras en libertad…
(11/03/2026)
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