12/06/2026
Concluimos con esta sexta entrega la revisión que hemos venido realizando en Criticalia sobre el tratamiento que ha dado el audiovisual al mito de Frankenstein, aprovechando la efeméride del 175 aniversario del fallecimiento de su creadora, Mary Shelley, una revisión en la que hemos intentando demostrar hasta qué punto el carácter cinematográfico del llamado “monstruo de Frankenstein” se ha impuesto sobre su carácter inicialmente literario.
En este último capítulo nos centraremos en el último decenio hasta ahora transcurrido, desde mediados de los años diez de este siglo XXI hasta este 2026 en el que se escriben estas líneas.
Si en artículos anteriores hablábamos de la progresiva ampliación del concepto de Frankenstein, dando lugar a visiones e interpretaciones cada vez más libérrimas, incluso más desprejuiciadas y hasta rijosas, lo cierto es que en esta nueva entrega habrá que convenir que seguimos en la misma senda, si bien parece haber una cierta reconducción (con los matices propios de nuestro difuso tiempo…) hacia los orígenes.
Así, se podría decir que Victor Frankenstein (2015), el largometraje norteamericano (más Reino Unido y Canadá), auspiciado por la entonces todavía 20th Century Fox, parece una aproximación más clásica al mito, aunque vista desde la perspectiva del sirviente del doctor Frankenstein, el jorobado Igor, quien en esta versión es encontrado por el protagonista en un circo, donde actúa como payaso despreciado por todos por su deformidad. La película, con buena envoltura formal, estuvo dirigida por Paul McGuigan, cineasta cercano al cine “indie” (es recordable su interesante biopic de Gloria Grahame Las estrellas de Hollywood no mueren en Liverpool), mezclando la historia central de la búsqueda de la creación de vida “ex nihilo” con otras líneas secundarias, incluidas una romántica y otra de thriller, todo ello con un reparto de lo más apañado, con Daniel Radcliffe recién salido de la saga Harry Potter, ya haciendo papeles de adulto y buscando escaparse del encasillamiento del niño mago rowlingiano, más James McAvoy, que ya en esa época estaba especializado en audiovisuales de corte fantástico, más algunos secundarios bien conocidos, como Charles Dance, Mark Gatiss o Adam Scott; como curiosidad, el monstruo es interpretado por dos actores, Spencer Wilding y Guillaume Dalauney, dos gigantones, especialmente el segundo, que supera con creces los dos metros; también como curiosidad, aquí se recupera la morfología especialmente monstruosa, mucho más pavorosa que la del canon Karloff e incluso de otros con (aún) peor pinta…
La serie televisiva británica Las crónicas de Frankenstein (2015-2017), compuesta por 2 temporadas de 6 capítulos cada una, pone el foco en un detective de Scotland Yard que investiga el hallazgo en el Támesis de un cuerpo de niño construido a partir de trozos de varios cadáveres humanos, también infantes; lo cierto es que, aunque el tema es, de nuevo, la creación de vida desde la nada, en este caso desde una perspectiva eminentemente policíaca, la serie apenas tenía mucho más contacto con la novela original, aunque, eso sí, aparecen varios personajes históricos, entre ellos… la propia Mary Shelley, que está interpretada por Anna Maxwell Martin, además de su marido, el poeta Percy Shelley, e incluso Charles Dickens… Buen reparto, con Sean Bean como el inspector encargado del caso, pero también la siempre fascinante Vanessa Kirby.
Exótica donde las haya es la miniserie japonesa de 10 capítulos Frankenstein no Koi (2017), que se podría traducir (según el traductor “online” que hemos consultado…) como “El amor de Frankenstein”, en un audiovisual creado por Sumio Ohmori, con una relación más bien indirecta con el mito shelleyano, al contar la historia de un monstruo creado un siglo atrás, que vive en un bosque de donde saldrá por el amor de una joven, en una relectura romántica cuando menos curiosa, además con la particularidad de que el monstruo (cuya caracterización para ello se limita a unas cicatrices no especialmente repulsivas…) puede matar, sin quererlo, a las personas a las que ama, con lo cual el tema de la coyunda lo tenemos regular…
Seguimos con los exotismos con el largometraje para pantalla grande (aunque esta expresión hoy día ya es una antigualla…) titulado Canavar Gibi (2018) (en turco sería “Como un monstruo”), producción otomana dirigida por Özgür Bakar, hecha en clave de comedia y ambientada en nuestro tiempo, en una versión más que libérrima, con un embaucador de poca monta que en los barrios bajos de Estambul estafa a gente muy chunga (la mafia, vamos…), razón por la que ésta lo mata, pero el fiambre resucita gracias a los experimentos del doctor Frankenstein de turno, aquí llamado Dr. Erol, y su asistente Tin Tin (nada que ver con el famoso niño belga del tupé enhiesto, ni tampoco con su casi tocayo Rin Tin Tin, mucho más peludo y con tendencia a ir a cuatro patas…), en un producto ciertamente de poca monta que, como ya hemos comentado, confirma que los clásicos, más aún si son mitos universales, lo aguantan todo…
Los nuevos formatos que permiten las nuevas o incluso novísimas tecnologías, como era de esperar, han echado también su cuarto a espadas con el mito creado por Mary Shelley. Así, nos encontramos con la webserie (o sea, para disfrutar -o padecer…- exclusivamente a través de internet) titulada Frankensitter (2020), una miniserie de 8 capítulos, producida a través de micromecenazgo, y con pinta como de función de teatro de fin de curso de instituto… La trama es también bastante marciana, con una “babysitter”, Morgan Toll, que es también la creadora de la webserie, cuyo bebé a cuidar resulta un tanto extraño, por no decir inquietante, con cierto parecido con aquel monstruo de Frankenstein que imaginó Mary Shelley dos siglos antes…
Traemos aquí el cortometraje “indie” Adam in aeternum (2021), dirigido por Pedro Jaén, mayormente por ser una producción española, cuando lo cierto es que el cine hispano ha versionado bastante poco la historia shelleyana. Con 14 minutos de duración, su historia se aleja mucho del original, jugando más con conceptos metafísicos y filosóficos, a veces un tanto inaprensibles, en un film que, a pesar de sus evidentes limitaciones presupuestarias, presentaba un “look” muy lustroso y consiguió numerosos premios en festivales de todo el mundo.
Se ve que a los turcos les interesa especialmente el tema de Frankenstein, porque de nuevo hace solo unos años volvieron sobre el asunto, aunque ahora (menos mal…) en serio, en la miniserie de 8 capítulos titulada Criatura (2023), creada por el reputado cineasta Çagan Irmak,; la historia se ambienta en el tiempo del imperio otomano (es lo que tienen los mitos universales, que permiten ser ambientados en cualquier lugar y época), manteniéndose razonablemente cerca del original shelleyano, aunque en el contexto de los últimos tiempos del imperio turco, pero también con el debate moral sobre la vida, la muerte, y si es lícito intentar revivir lo que ya no vive.
Vamos concluyendo: de la vigencia del mito creado por Mary Shelley da idea el hecho de que las dos últimas producciones que traemos aquí, también las dos últimas que se han filmado, en fechas muy recientes, son sendas superproducciones norteamericanas. La primera es Frankenstein (2025), dirigida por Guillermo del Toro, que ha costado en torno a 120 millones de dólares y ha ganado 3 Oscar (Maquillaje, Diseño de Producción y Diseño de Vestuario), suponiendo una sugestiva reinterpretación del mito que pone el acento en la inocencia del monstruo, creado “ex nihilo” y, por ello, a la manera del buen salvaje de Rousseau, no responsable de sus actos. La película cuenta con un estupendo reparto, con el guatemalteco Oscar Isaac como el doctor Frankenstein, Jacob Elordi (que últimamente está en todos lados…) como el monstruo, más secundarios tan buenos como Christoph Waltz, Mia Goth, Charles Dance y Nikolaj Lie Kaas.
Y la segunda y última película con la que cerraremos este análisis es ¡La novia! (2026), dirigida por la también actriz Maggie Gyllenhaal, con un presupuesto en torno a 100 millones de dólares, en la que se ensaya la visión del mito a través de los ojos de la novia de Frankenstein, en la que ésta no es “el complemento” del monstruo, sino que tiene entidad y personalidad propia por sí misma, en una visión evidentemente feminista que plantea la individualidad de cada persona (también de los monstruos…) con independencia de su sexo y de su relación con otras. La estupenda Jessey Buckley, estrella emergente de su generación, compone el papel principal, con un “look” muy, muy distinto del que popularizó (tan eléctrico…) Elsa Lanchester en la antediluviana La novia de Frankenstein (1935), de James Whale. Sin embargo, la película, a pesar del cambio de enfoque y del repartazo (estaban también Christian Bale, Annette Bening, Penélope Cruz y Jake Gyllenhaal, entre otros), ha fracasado en taquilla, lo que hace pensar que, en los próximos años, el acercamiento al mito creado por Shelley se hará probablemente con recursos bastante más moderados; lo que, dicho sea de paso, es casi mejor, porque con frecuencia, los audiovisuales con menos medios dan resultados más interesantes; ya se sabe que los pocos recursos económicos estimulan la imaginación…
Ilustración: Jacob Elordi, caracterizado para su personaje del monstruo, en la película Frankenstein (2025), de Guillermo del Toro.