C I N E E N S A L A S
Se han hecho muchas adaptaciones de la inmortal La Odisea, el poema épico articulado en 24 cantos atribuido a Homero, probablemente recogiendo viejas leyendas, y que fue puesto por escrito por primera vez, según parece, hacia el siglo VIII a.C., aunque los hechos narrados se remontan, según parece también, al siglo XII a.C.
Por supuesto, la historia, una de las fundamentales sobre las que se cimenta la civilización humana, es más que conocida: Odiseo, también conocido como Ulises, sobre todo a partir de los antiguos romanos, participa en la Guerra de Troya (narrada también por Homero en su otro gran poema épico, La Ilíada), tras ser raptada Helena por el príncipe troyano Paris (o se dejó raptar, que no está demasiado claro…); Helena era la esposa del caudillo Menelao, hermano del rey supremo de los griegos de la época, Agamenón, que convoca a todos sus aliados para sitiar la ciudad, recuperar a su cuñada y pasar a cuchillo a todos sus habitantes. Tras diez años de infructuosas luchas, el hecho de que el caudillo troyano, Héctor, matara en combate a Patroclo, primo y amante de Aquiles, desata las iras de éste, que se enfrenta al líder teucro (otro gentilicio de los nacidos en Troya) y lo mata, a pesar de lo cual la ciudad seguirá resistiendo. Ulises imagina entonces una estrategia que se convertirá en uno de los grandes mitos de la cultura humana, el caballo de Troya, que permitirá a los aqueos introducirse en la ciudad en la barriga de un gigantesco equino de madera supuestamente entregado como ofrenda por los griegos tras (también presuntamente) dar por terminado el asedio y marcharse a sus tierras. La Odisea narra los 10 años en los que Ulises estuvo intentando volver a su Ítaca natal, donde era el rey, tiempo en el que su esposa, Penélope, y su hijo ya casi adulto, Telémaco, tuvieron que ingeniárselas para evitar que la mujer hubiera de desposarse con uno de sus numerosos pretendientes, que entendían (o querían entender…) que Odiseo había muerto en algún momento de su regreso…
Ciertamente, cada película de Nolan se espera con gran expectación, y en este caso el “hype” (como llaman ahora los anglosajones a las expectativas con frecuencia desmedidas sobre algún producto) ha sido de tamaño elefantiásico, con periódicos tráilers o “teasers” que, desde principios de año, han ido calentando el ambiente hasta hacer del film la película más esperada del verano y probablemente de todo 2026.
Y lo cierto es que la versión que ha hecho Nolan de La Odisea nos parece un gran espectáculo, poderoso y telúrico, si bien también nos parece que, tras el apabullamiento de la primera impresión, que te deja en “schock”, hacen su aparición algunos problemas que, sin desmerecerla como la gran película que es, sí que pone algunos palitos en la rueda como para poder considerarla la obra maestra que, a nuestro juicio, no es.
Ya decimos que sin desmerecer sus muchos méritos, entre los que quizá el primero y principal sea esa atmósfera telúrica, como de principio de los tiempos, que la recorre, cuando el ser humano, intelectualmente hablando, estaba más cerca del hombre de Cromañón que de Albert Einstein, cuando nuestra bajada de los árboles siendo aún simios con algo de caletre estaba reciente, cuando apenas solo unos miles de años antes, en Sumeria, se habían inventado los rudimentos de la escritura. Esa atmósfera en la que dioses y hombres compartían la misma Tierra, donde los seres mitológicos podían tener la misma presencia física que los humanos, es quizá de lo mejor de la película, además de un prodigioso ritmo narrativo que nos lleva en volandas a lo largo de las casi 3 horas de duración del film, que se pasa en un pispás, como es habitual en Nolan, un narrador excelente, donde los desfallecimientos en el ritmo son rarísimos.
La película cubre casi todos los episodios del poema épico original, quedándose en el tintero alguno que otro, como el de Nausicaa. Sorprendentemente, hay alguna peripecia, singularmente la del cíclope Polifemo, que está hecha de forma poco eficiente, dando la impresión de que en el montaje se han perdido un buen número de planos, porque hay problemas de continuidad en la historia de ese segmento, aparte de que la plasmación del cíclope es manifiestamente mejorable (Ray Harryhausen, el maestro de los efectos especiales analógicos, se habrá retorcido en su tumba…). Tampoco ayuda la (pen)última secuencia, la de Odiseo, ya en Ítaca, enfrentándose a Antinoo y el resto de los pretendientes (hablamos de varias decenas), en lo que parece una libre recreación, eso sí, erudita y con mucha más clase, de las matanzas multitudinarias que perpetraba el pétreo John Rambo en, por ejemplo, Rambo III.
Pero hay otras cosas excelentes: la escena en el Hades, invocando al adivino ciego Tiresias, pero también a su compañero y súbdito Sinon, sacrificado sin él saberlo para dar verosimilitud a su estratagema del caballo, una escena poderosa y terrible, donde los muertos, sus propios muertos, se levantan de las tumbas para pedir explicaciones al rey de los itacenses; o la escena con las sirenas, con Ulises amarrado al mástil, sin tapones de cera en los oídos, para poder sentir lo que ningún otro ser humano ha sentido sin morir; o la también tremenda secuencia del enfrentamiento (más bien huida despavorida) de los de Ítaca al ser atacados por los gigantescos lestrigones, con sus imponentes armaduras plateadas; o el episodio con la maga Circe, que convertirá a los súbditos de Odiseo en cerdos.
Estamos entonces ante ciertamente una película singularísima, espléndida en muchos momentos, aunque tenga también otros que no llegan a esa altura. Puede ser posible que, dados los magníficos resultados en taquilla (264 millones dólares recaudados en su primer fin de semana, cuando su presupuesto era de 250 millones; fuente: The-numbers.com), se abra la veda para hacer películas sobre el mundo grecolatino, lo que estaría muy bien, siempre que no sea una reedición (ahora con mucho efecto digital…) de aquellas pelis ramplonas de los años cincuenta y sesenta que el cine conoce como el subgénero del “peplum” o “cine de romanos”.
Extraordinaria la fotografía del operador habitual de Nolan, el suizo Hoyte van Hoytema, que juega con inteligencia con los colores típicos del mediterráneo oriental, el verde y azul del mar, y el ocre de la tierra; y no digamos de su también asiduo colaborador, el sueco Ludwig Göransson, que compone una bellísima partitura plagada de sones telúricos y étnicos, una música que evoca aquel tiempo en el que dioses y hombres compartían la tierra (aunque solo fuera en el magín de estos últimos…).
Buen trabajo interpretativo, sabedores las muchas estrellas que pueblan el elenco (muchas de ellas protagonistas en las pelis en las que actúan) de lo que se espera de este nuevo y ciertamente prodigioso proyecto nolaniano: Matt Damon es un muy plausible Odiseo, el héroe al que sin embargo la pavorosa contemplación de los horrores de la guerra convertirán en un antibelicista convencido; Anne Hathaway es Penélope, la mujer que espera sin esperanza al hombre que ama, usando taimadas añagazas para perpetuar el aguardo de su rey; Tom Holland cuelga del perchero el traje de Spider-Man para ser Telémaco, escindido entre el deseo del regreso del padre y, aceptando que lo más probable es que haya muerto, anhelante de tomar su lugar en el trono del reino; Robert Pattinson hace de Antinoo, el despreciable y cobarde pretendiente que se ampara en la tan larga ausencia de Ulises para medrar en torno a la reina y su príncipe heredero. De los secundarios nos quedamos con Elliot Page, el actor trans que hace un convincente Sinon, el leal soldado engañado por su líder para dar credibilidad a su astucia, que le reclamará, vuelto desde los muertos, por aquella tremenda deshonestidad.
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