C I N E E N S A L A S
Confesamos que hace unos meses, cuando se publicó la sinopsis de esta El ser querido, nos llamó la atención su notable similitud con otra película muy reciente, la escandinava Valor sentimental (2025), de Joachim Trier. De forma resumida, el planteamiento de ambas sería este: Un famoso director de cine vuelve a su tierra, después de muchos años fuera; lo hace para ofrecer a su hija (a la que no ve desde que se fue del país, tras abandonarla a ella y a su madre), a la sazón actriz, un papel protagonista en su próxima película, en lo que parece un intento de reconciliación o, al menos de acercamiento.
Pues esas líneas sirven igualmente tanto para Valor sentimental como para El ser querido, y podrían haber sido utilizadas indistintamente por los gabinetes de comunicación de ambos films, pero como el cine es algo proteico y diverso, lo cierto es que con un planteamiento parecido se puede llegar a películas muy distintas, como es el caso, siendo ambas valiosas.
Sorogoyen hace tiempo que se ha revelado como uno de los nuevos grandes valores del siglo XXI en España. Sus títulos han ido creciendo en calidad de forma evidente, y algunos de los últimos en cine (El Reino, Madre, As bestas) y en series (Antidisturbios, Los años nuevos -aunque sobre esta tenemos nuestras reticencias, pero reconocemos su extraordinaria calidad formal y su arriesgada apuesta-) son de lo mejor del audiovisual español de los últimos diez años. Con El ser querido vuelve a sorprendernos gratamente, aunque como casi todo el cine actual, sea excesivamente largo, pero aquí se lo podemos perdonar.
Y se lo podemos perdonar porque su película trata una relación paternofilial muy peculiar, un famoso director de cine que vuelve 13 años después para intentar (aunque lo disfraza de otra forma) redimirse de la súbita desaparición de la vida de su hija (también de su pareja), una hija que sobrevive como camarera en un bar de Madrid mientras hace algunos papelitos en series más bien infectas. La relación entre ambos, que es el “leit motiv” absoluto del film, irá evolucionando desde un inicial y bienintencionado almuerzo que, sin embargo, terminará como el rosario de la aurora cuando surgen distintas perspectivas sobre un mismo recuerdo de años atrás, hasta finalizar la película que ambos rodarán, director y actriz, una relación que no será como cualquier otra, porque ambos son respectivamente padre e hija, y padre con una desafección atroz hacia la que era su familia, e hija a la que se le infligió un dolor inmenso entonces que, quizá, siga ahí, aunque el rodaje, y el hecho de estar a las órdenes de su padre, pueda hacer ver las cosas con otra perspectiva, pueda actuar como un lenitivo para poder seguir con su vida como antes: nada habrá cambiado, o sí, quizá aquel resquemor ya no esté ahí, porque la convivencia con el padre le haya hecho ver que tal vez no se perdiera tanto al no ¿disfrutarlo? durante su adolescencia y primera juventud.
Y todo esto puesto en imágenes en secuencias poderosas, llenas de una naturalidad asombrosa, en la que los diálogos suenan a verdad, no a textos declamados por los actores (hay un par de escenas en las que, precisamente, aparece esta cuestión, con resultados muy distintos, una en serio, la otra en plan parodia). La primera secuencia, en el restaurante, el primer encuentro entre los dos, tras tantos años de falta de contacto, ya avisa de que no es una escena cualquiera: Sorogoyen usa el plano/contraplano habitual jugando con las nucas de los personajes, de tal manera que cada vez que vemos el rostro de uno de ellos, es al fondo del plano, con la nuca del otro en primerísimo plano: nos viene a decir el director, o así nos parece, que en ese primer encuentro realmente ambos están presentando su mejor cara, su mejor rostro, están como en esos primeros encuentros de los que quieren ser enamorados en los que los dos quieren mostrar lo mejor de sí mismos; vaya, que están ocultando aquellas cosas que no quieren transmitir: el director, el hecho de que la abandonara sin explicación alguna tantos años atrás; ella, sin querer echárselo en cara, en ambos casos un gigantesco “elefante en la habitación”, aquí en el salón del restaurante.
De las demás escenas, todas notables (aunque alguna podría ser prescindible y dejar la película en las dos horas que está pidiendo a gritos…), destacaremos dos: la tremenda secuencia del rodaje de la comida, en pleno desierto del Sahara, se supone que hacia 1932, en la que el director estallará en una vorágine de una violencia psicológica extraordinaria, en un crescendo que no hubiera desdeñado el mismísimo Tarantino, una escena sobrecogedora en la que padre e hija, que no en este caso director y actriz, dirimirán sus cuitas, y dónde él se descubrirá como quien realmente es, un tipo volcánico y despótico, revestido de un aura civilizada que no es sino una cierta pátina que se cae a las primeras de cambio.
Pero es que la segunda escena que queremos comentar es aún mejor, o así nos lo parece, porque es mucho más calmada, y sin embargo resulta esclarecedora de las posturas de ambos personajes; como es una de las últimas, no la describiremos para no hacer espóiler, pero sí citaremos un detalle, un único detalle, que nos viene a decir que, como ya sabíamos, nadie es de una pieza, no existen los malos (ni los buenos…) absolutos. En esa escena, a su final, veremos en un primer plano un ojo húmedo, acuoso; no llega a verter la lágrima, pero la emoción está ahí, quizá el sentimiento de saber que (otra vez...) se ha fallado al ser querido…
Película muy compleja, muy bien ensamblada a partir de un guion (escrito por el director con su habitual coguionista, Isabel Peña) en el que vemos desde dentro los entresijos de un rodaje al uso, está llena de matices y de buenas ideas visuales, como esas miradas que, de noche, se cruzan padre e hija desde las respectivas terrazas de sus habitaciones del hotel, miradas en las que ambos casi no pueden verse, solo intuirse, como en realidad les ocurre a estos dos prácticamente desconocidos que solo comparten una misma sangre.
Trabajo extraordinario de la pareja protagonista: de Javier Bardem ya sabíamos de su descomunal talento, pero Victoria Luengo no se queda atrás y le da una réplica notabilísima. Ambos son, en buena medida, la película, y sin sus interpretaciones tan entregadas seguramente no sería la misma.
Sorogoyen sigue construyendo una filmografía exquisita, no repitiendo temas ni fórmulas cinematográficas, siempre buscando caminos distintos, lo que tanto se agradece en estos tiempos en los que se repiten “ad nauseam” los mismos asuntos hechos de la misma y (generalmente) adormecida manera.
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