C I N E E N P L A T A F O R M A S
[Esta película forma parte de la Sección Earth del ATLÀNTIDA MALLORCA FILM FEST’2026. Disponible durante tiempo limitado en FILMIN]
La fábula, el cuento (generalmente) moral protagonizado por animales, que pueden hablar o no, dependiendo del caso, es por supuesto un género de larga estirpe, tanto literaria (Esopo, Lafontaine, Samaniego…) como cinematográfica (El rey león, El oso, Babe, el cerdito valiente…). Pero no ha sido frecuente que sea una gallina el personaje central de esas fábulas, al menos en cine. Pues ya tenemos aquí esta Kota, bien traducida en español como La gallina, proyecto levantado entre tres nacionalidades, Hungría (patria del director, Pálfi), Grecia (país donde tiene lugar la historia) y Alemania (socio capitalista, para entendernos…).
György Pálfi (Budapest, 1974) es otro de los airados cineastas húngaros que, como Mundruczó, Nemes o Moldovai, están dando lugar a una nueva generación de directores muy personales del país de Liszt y Bartók, visualmente hablando muy creativos, y con temáticas con frecuencia complejas y extrañas. Esta La gallina, la verdad, se adecua como un guante a estas características, en un cineasta ecléctico que ha rodado un puñado de películas ciertamente llamativas, como Hipo (2002) o Taxidermia (2006).
La historia se ambienta en Grecia (donde se rodó el film por encontrar el director allí a los productores para su proyecto); la primera escena presenta, en primerísimo plano, lo que podríamos llamar el “parto” de un huevo; es una granja avícola, donde todo está automatizado, las máquinas clasifican y mueven los huevos; después entran en acción los humanos. Se trata de una granja para criar ganado avícola, los huevos no se destinan al consumo humano. De entre todos los pollitos llama la atención uno que, en vez del amarillo habitual de sus congéneres, tiene un plumaje negro. Esa gallina negra será la protagonista y, a lo largo de la película, veremos una serie de aventuras que le suceden, siempre con la intención de formar su propia familia…
Como buena fábula en la que (en este caso) no hablan los animales, la peli es parca en palabras; aunque hay algunos diálogos, sobre todo en la granja-restaurante donde tiene lugar buena parte de la historia, casi siempre son diálogos poco relevantes, que sirven simplemente para definir con unos trazos a los personajes humanos centrales: el viejo granjero de buen corazón, arrastrado a dar cobertura al abyecto tráfico humano por el execrable yerno tan sobrado de testosterona como cortito de humanidad, y la hija del primero, un prodigio de elegancia y buenas maneras (modo irónico on…)
Pálfi mezcla con habilidad el aspecto documental de la gallina, con su nacimiento y posterior existencia hasta que llega a instalarse en la granja-restaurante por una serie de carambolas, con las peripecias que le acontecen, iniciándose todas por el hecho de que, por su plumaje negro, no es comercializable (en esto quizá haya una cierta denuncia de racismo…).
La peculiaridad del film, por supuesto, radica en el hecho de que la película está vista desde la perspectiva (seamos abiertos de mente…) de la gallina protagonista, a veces incluso literalmente, como cuando la meten en una caja de cartón con agujeros, y vemos la escena “desde dentro de la caja”, como si fuera la visión subjetiva del ave.
Pálfi rodó su película sin usar “animatronics” ni efectos digitales, usando un total de 8 gallinas negras húngaras de raza “leghorn” que, ciertamente, están estupendas en pantalla… Y lo cierto es que el trabajo con los animales ha sido excelente, porque las peripecias por las que pasa el ave protagonista resultan de lo más real, aunque sean muy fantasiosas, suponiendo un alarde de tenacidad y persistencia para conseguir contar una historia como ésta con un tipo de animal que no debe ser fácil de entrenar…
Es verdad que quizá la anécdota esté un tanto estirada, no dando demasiado de sí, pudiendo decirse que hay poca chicha para hora y media. El director y guionista, consciente probablemente de ello, adoba la historia con una acre denuncia del tráfico de personas, y de cómo las mafias que se enriquecen con tan abyecta práctica se enseñorean de todo: también de la existencia de aquellos que se atreven a enfrentárseles. Pero es complicado mantener la atención con la peripecia mínima (y evidentemente exagerada) de una gallina…
Hay cosas curiosas, como la ilustración musical de algunas escenas, como la del primer flechazo amoroso de la gallina prota; bueno, entiéndase esto de flechazo amoroso, en lo que no es sino un pisado en toda regla, un aquí te pillo aquí te mato, ilustrado musicalmente con un sirtaki (ya que estamos en Grecia…), o la forma en la que el director subraya los reiterados intentos del ave protagonista por escapar del gallinero, haciéndonos escuchar la composición que hace de la repetición todo un arte, el Bolero de Ravel.
Hay también algunos guiños que solo podrán captar los muy seriéfilos (o los que tenemos ya unos años…), como el programa de televisión que está viendo la nieta del granjero, que resulta ser… Kalimero, aquel pollito sandunguero de la homónima serie de animación italo-nipona de los años setenta; aunque la serie tenía esa doble nacionalidad, el nombre del pollito remitía a Grecia, al ser una variante de “kalimera”, “buenos días” en la lengua de los helenos, así que todo está conectado…
En resumidas cuentas, estamos ante una apuesta arriesgada, hacer una peli que gira enteramente en torno a una humilde gallina, en lo que supone una rareza inclasificable, una odisea gallinácea en clave de fábula, que recuerda a clásicos del género como Rebelión en la granja, pero también con temas de candente actualidad como el abyecto tráfico de personas.
96'