Enrique Colmena

03/07/2026)

Como decíamos en el artículo anterior, a partir del segundo lustro de la primera década de este siglo XXI Loach vuelve por donde solía, con historias en general potentes, variadas en su temática, aunque siempre tocadas de ese progresismo político, de esa preocupación social, que han sido las claves monográficas de su cine (y también de sus audiovisuales televisivos) a lo largo de los casi sesenta años de su carrera fílmica.

Ya hemos comentado también que Loach suele hacer poco cine de época, pero tiene sus excepciones, como precisamente El viento que agita la cebada (2006), de precioso, poético título, situado en plena Guerra de Independencia de Irlanda, cuando el país de Joyce, Wilde y Yeats combatía contra su metrópoli, el Reino Unido, entre 1919 y 1921. En ese contexto, Loach sitúa una historia en la que irlandeses e ingleses se enfrentan en localizaciones rurales, donde el conflicto bélico siempre es más guerrilla que guerra; aquí de nuevo el cineasta inglés tira de maniqueísmo, con malos muy malos y buenos muy buenos (no tan buenos cuando tiran de gatillo por menos que canta un gallo… pero ya se sabe que los buenos podemos ejecutar, mientras que los malos asesinan…), en una película que, por lo demás, lo devolvió al primer plano de la actualidad, ganando la Palma de Oro en Cannes, nada menos…  

Loach vuelve al lacerante mundo de la inmigración irregular en su película En un mundo libre… (2007), en la que una empleada de una empresa de contratación es despedida, lo que ella aprovechará para, ante el desolador panorama que ve cada día, crear su propia empresa, dedicada a la contratación de personas inmigrantes sin empleo, en lo que supuso una fuerte crítica a cómo el Reino Unido (vale decir Europa, vale decir Occidente) actúa con estas personas, a las que hay amplias capas de la sociedad que no quieren ver ni en pintura, pero a la vez quieren que les hagan las tareas más básicas y con frecuencia poco agradables que los blancos no quieren hacer, en una esquizofrenia difícil de entender… La película tuvo una más que aceptable repercusión popular, e incluso se hizo con premios en Venecia y Sevilla, entre otros certámenes. 

Loach ha sido poco proclive, a lo largo de su carrera, hacia la comedia, aunque algunos de sus films han tenido cierto tono humorístico (humor proletario, por supuesto, nada de humor burgués, qué cosa más facha -espero que se note el tono irónico on…-), así que Buscando a Eric (2009) es una “rara avis” en su carrera, al ser una comedia (casi químicamente) pura, y además hasta con un cierto elemento fantástico, al aparecer una especie de “amigo invisible” corporeizado, con la jeta de Éric Cantona, el famoso futbolista francés que jugó en el Manchester United y en la selección de su país, y que ha desarrollado desde su retirada del balompié una bastante apañada carrera como actor. Aquí el ectoplasma de Cantona, ídolo del pobre diablo protagonista, un cartero con problemas de todos los colores, actuará de gurú, o de Pepito Grillo, para que el probo funcionario público pueda salir indemne (y su familia, of course) de todos los líos en los que anda metido, casi siempre sin comerlo ni beberlo…

Pero parecía evidente que nuestro Ken no se encontraba demasiado a gusto en la comedia marxista (si es que eso existe: parece una “contradictio in terminis”…), así que no tardó en volver al drama, bien que en este caso bañado en… ¿cómo decirlo?... digamos vapores etílicos… Es el tiempo de La parte de los ángeles (2012), volviendo de nuevo al Glasgow que ha sido su escenario favorito en muchas pelis, para centrarse en un joven que, como suele ocurrirle a la mayoría de los protas loachianos, tiene todos los problemas del mundo: hijo de violento borracho, él también un pendenciero atroz, precisamente recién salido de la cárcel por su última barbaridad, padre de un bebé con su novia, sin oficio ni beneficio… vamos, para comérselo (quizá literalmente…). En esa situación de paria absoluto, ve la oportunidad de salir de la ruina mediante un ingenioso sistema (¿de dónde sale la inspiración para un tipo con menos seso que un mosquito? Eso sí que es un milagro…) que le permite “sisar” unos litros de un preciadísimo whisky, emulando con ello a aquel ladrón de guante blanco (siempre los preferimos a los que, además de robarte, te apalizan o directamente te matan…) de la mítica El caso Thomas Crown, con Steve McQueen y Faye Dunaway, aunque desde luego el prota del film de Loach no tiene, ni de lejos, la clase de ambos… Claro que si la clave para salir del ostracismo social es dar un “golpe” ingenioso, apañada está la clase obrera… La peli, no obstante, consiguió el Premio del Jurado en Cannes, lo que son palabras mayores, por supuesto…

Con Jimmy’s Hall (2014) Loach recupera su mejor pulso, curiosamente en otra de las escasas pelis que ha situado en otra época, en este caso casi como una continuación natural (sin que haya relación argumental ni de personajes) de El viento que agita la cebada, al situarse este su nuevo film en la Irlanda de los años treinta del pasado siglo XX, cuando ya el país es independiente del Reino Unido, pero los jerarcas que lo gobiernan son más de derechas que Sabino Arana (uy, perdón por la forma de señalar…), así que aquí tendremos a nuestro joven e idealista comunista, en una historia basada en hechos reales (obviamente magnificados para la ocasión), enfrentado a los ominosos y derechosos poderes gubernamentales, para lo que pondrá en marcha una especie de club social que sirva como lenitivo a las grises vidas de los lugareños… 

En Yo, Daniel Blake (2016), Loach, que ya tenía una edad, vuelve la mirada hacia los más mayores, y se fija en el caso del personaje del título, un carpintero sexagenario al que, tras sufrir un infarto, casi le cuesta otro conseguir la prestación de incapacidad, en una desigual lucha (el estado contra el individuo, nada menos) en la que la burocracia (perdón, la BURROcracia) funciona como un arma de destrucción masiva, casi tan letal (figuradamente) como el napalm… La película ganó, otra vez, la Palma de Oro en Cannes, además de conseguir premios también en certámenes como San Sebastián, Denver y Locarno.

Con Sorry we missed you (2019), Loach abordará el actualísimo tema de las empresas (y, sobre todo, sus sufridos empleados) de mensajería, esa nueva moda que impone que todo lo que puedes comprar en las tiendas de tu barrio lo pidas por internet tardando más tiempo y no siempre más barato… aquí tendremos a un albañil damnificado por la tremenda crisis de 2008 que decide reciclarse como (falso) autónomo para repartir paquetes al servicio de una compañía de mensajería, esa novedosa (por no decir canallesca) forma de emplear que consiste en hacer que trabajes exclusivamente para mí, como empresa, pero yo no te tenga contratado como empleado, con lo que me ahorro las cotizaciones a la Seguridad Social y además hechas más horas que el día tiene … Potente, como casi todo el cine de Loach, la película confirmaba que, lejos de anquilosarse, aquel octogenario largo que ya era el viejo Ken estaba intelectual y socialmente más pimpante que nunca.

Para cerrar su filmografía acaso no fue casualidad que Loach escogiera el tema de la inmigración, y en especial el de la inmigración de personas de religión o cultura musulmana (a veces no se sabe donde empieza una y termina la otra…). El título del film era El viejo roble (2023), el mismo nombre del pub donde se desarrolla la mayor parte de la trama, en un pueblecito inglés de precario pasado minero, que se verá convulsionado por la llegada de un grupo de sirios que huyen de la guerra que devasta(ba) su país (ahora con los talibanes supuestamente reformados, ya veremos…), y cómo buena parte de aquellos que sufrieron en su momento las burradas del capitalismo salvaje ahora desdeñan a los nuevos parias que llegan sin nada, en una peli con un final tan emocionantemente feliz como (me temo…) irreal, aunque no nos parece mal que, como broche de su carrera, Loach haya querido ser razonablemente esperanzador: no todo está perdido para los pobres del mundo, parece decir Loach, y no lo está siempre que los otros pobres, los pobres autóctonos, con sus caritas blancas y sus cabellos pelirrojos, sepan que los que llegan despavoridos no vienen a quitarles nada…

Ilustración: Una escena de la película El viejo roble (2023), testamento cinematográfico de Ken Loach.