C I N E E N S A L A S
A Maryam Touzani (Tánger, 1980), guionista y directora marroquí formada en Londres, le conocemos sus dos anteriores e interesantes largometrajes, Adam (2019) y El caftán azul (2022), películas ambientadas en el Marruecos profundo, con temas sociales controvertidos y lacerantes: el embarazo sin padre (re)conocido, en la primera, y la homosexualidad encubierta tras un matrimonio de conveniencia, en la segunda. Todo ello en una sociedad, la musulmana, no precisamente proclive a ninguna de estas dos cuestiones.
Con su tercer largo, esta Calle Málaga, no se puede decir que Touzani haya cambiado de registro, aunque es cierto que esta vez no se trata de un tema polémico para la religión y la cultura islámica, sino de corte más universal. La historia se ambienta en nuestros días, en Tánger, ciudad que fue protectorado español hasta 1945, lo que ha dejado una impronta hispana en una población por lo demás a la vez cosmopolita (ha estado bajo el gobierno de diversos países) y tradicional. Ahí conocemos a Mari Ángeles, una española nacida en la ciudad cuando era protectorado español, habiendo vivido casi toda su vida allí. Los últimos cuarenta años, en concreto, en su actual domicilio, una modesta vivienda en pleno centro histórico de Tánger, que ella ha amoldado a sus necesidades y donde vive plácidamente una vejez ya octogenaria. De repente llega su hija Clara desde Madrid, que trae una metafórica bomba; como la casa está a su nombre, pretende venderla para conseguir mejorar su economía, muy debilitada tras el tormentoso divorcio que está sufriendo con su marido, más el mantenimiento de los hijos pequeños. Le ofrece a su madre irse a Madrid y así disfrutar de sus nietos, pero al negarse ésta, la opción que le da es la de ingresar en una residencia de ancianos de Tánger. Mari Ángeles, que ve cómo sus últimos años de vida no serán como ella los imaginaba, se cierra en banda, aunque sabe que lleva las de perder…
Touzani presenta su película como un aldabonazo a favor de lo que podríamos llamar el derecho a vivir, pero también a morir, en el propio hogar, en el propio hábitat en el que las personas, también cuando alcanzan la edad provecta, han desarrollado sus vidas, donde han sido felices (o desgraciados…), donde creen, y quieren, cerrar los ojos por última vez. Es también, aunque quizá de forma secundaria (aunque ocupe buena parte del metraje) una suerte de elogio del “carpe diem”, del vivir el momento, especialmente cuando llegan esas edades en las que lo que queda es el último recodo en el camino.
El film, nos parece, funciona bastante mejor en la pugna entre madre e hija, ambas con sus razones, pero haciendo Touzani que nos parezcan más defendibles las de la anciana, a la que le quedan dos telediarios que quiere vivir como ella quiera; en ese sentido estaríamos ante un canto a la individualidad, a la necesidad del ser humano de estar a gusto consigo mismo hasta el final. Menos convincente nos parece la historia de amor, quizá solo de sexo, que se presenta a mediados de la trama, en lo que parece más una fantasía lúbrica que otra cosa; y no es porque tal cosa no pueda suceder, sino porque está todo tan idealizado, que parece bastante increíble. Tampoco ayuda en ese sentido el cambio de criterio que la prota experimenta hacia el varón que será objeto de su interés amoroso, primero un “cabrón” (literalmente dicho así por ella), luego el mejor de los hombres: qué cambio, y qué poco motivado está… Tampoco está demasiado justificada la forma en la que consigue quedarse en su domicilio, utilizando el chantaje contra el agente inmobiliario encargado de la venta, un recurso que, como casi siempre en los guiones un tanto perezosos, viene dado por una carambola escasamente fundada.
Eso sí, son muy divertidos los diálogos (bueno, más bien monólogos, dado que la interlocutora tiene voto de silencio) de Mari Ángeles con su amiga de infancia Josefa, sor Josefa desde que tomó los hábitos, unas conversaciones (aunque solo hable una de ellas) muy agradables y frescas, donde la protagonista se explaya con total libertad sobre su vida, sobre sus problemas con su hija, e incluso sobre su recién retomada y felicísima intimidad sexual, en este último caso en una escena que permite a la siempre estupenda María Alfonsa Rosso (que hace de la monja) hablar sin hablar, solo con los ojos y con esos sofocos que le suben, a la pobre, cuando su amiga del alma le cuenta sus aventuras concupiscentes…
Película estimable, que pone en el centro de atención a los mayores, y no para hablar de sus penurias sino de que hay vida también a los ochenta años, quizá sea algo inferior a El caftán azul, que nos pareció más redonda, pero tiene, desde luego, un evidente interés, el del derecho de todos, también de los viejos, a mantener la dignidad hasta el final, una dignidad que, desde luego, incluye vivir los últimos años, y morir, donde uno quiera, no donde te lo impongan.
La película, por supuesto, es esencialmente Carmen Maura, inmensa como siempre, haciendo vivir a su personaje: ella es Mari Ángeles, la tangerina que tiene su mundo en las callejas de la ciudad que la vio nacer, donde ha vivido casi toda su vida, donde conoce a cada persona, a cada tendero, a cada chico de los recados; se atreve Maura incluso con una escena de desnudo, bien que muy pudoroso. Quizá hay también una cierta idealización de la ciudad, donde es legendario que las tres grandes religiones monoteístas, islamismo, cristianismo y judaísmo, conviven pacíficamente, quizá como benéfica herencia del hecho de que Tánger fuera Zona Internacional entre 1923 y 1956, lo que sin duda la marcó como una urbe cosmopolita y abierta.
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