Respecto a la Oda (Poesía:75-79), ya hemos dicho que iba a titularla Oda a George O’Brien. ¿Por qué no figuró, finalmente, el nombre del actor en la versión publicada? ¿No quiso alinearse su autor en el grupo de los “escritorzuelos” que presumían de hacer literatura cinematográfica por incluir el nombre de un cineasta, y algo más, en cualquiera de sus textos? El poema quizá mereciera sobriedad en su título; el anonimato del personaje y la abstracción consiguiente engrandecen el clasicismo de una poesía que se sitúa entre los registros de San Juan de la Cruz y Garcilaso de la Vega.
A Cernuda su personaje se le aparece como joven dios, vivo, bello y divino que avanza sonriendo; las interrogaciones retóricas se resuelven en cúmulo de afirmaciones donde la pureza de la figura y sus acciones ponen un punto de dubitación: “Pero: ¿es un dios?”. Superada ésta, las consiguientes descripciones, “cuerpo perfecto en el vigor primero”, “por el viril semblante la alegría”, “el bello cuerpo en pie, desnudo cela”, formadas por correspondientes grupos de catorce versos, organizan una catarata semántica que desencadena imparable serie admirativa tanto para uno como para el “otro cuerpo de lánguida blancura”; en la última estrofa es saludado el “nuevo dios” que huye dejando la espesura.
El dios cinematográfico de la pantalla se llamó artísticamente George O’Brien; fue dirigido por John Ford en los últimos años del mudo y primeros del sonoro en El caballo de hierro, Corazón intrépido, Con gracias a porfía, Tres hombres malos, El águila azul, El triunfo de la audacia y Mar de fondo. Sus papeles correspondieron a personajes llamados Davy Brandon, constructor de ferrocarriles, Denny Bolton, boxeador, Kenneth Jamieson, hijo desterrado de millonario, Dan O’Malley, colonizador, George Darcy, soldado de la Marina, John Randall, cadete del Ejército, Bob Kingsley, capitán de fragata.
¿Cuál o cuáles personajes pudieron inspirar la Oda? ¿En quién puso Cernuda sus ojos, en el fornido atleta o en el mediocre intérprete? Frente a otros insulsos títulos y directores comerciales, O’Brien encontraría una interpretación histórica como Ansass, un pescador corpulento y apuesto, sencillo y enamorado, en Amanecer, de Murnau. La paz de un matrimonio, al lado de un apacible lago, se rompe con la llegada de la forastera; la tragedia no consumada alterna con el arrepentimiento, el odio con la ternura, el desprecio con la reconciliación. O’Brien expresa fidedignamente, en rostro y gesto, las consecuencias de un maleficio y la progresiva toma de conciencia donde impresionismo y expresionismo sirven a la interpretación y a la puesta en escena de una obra maestra.
Además de Cooper, Blue y O’Brien, Luis Cernuda también tuvo entre los adorados dioses de Hollywood a Rodolfo Valentino, Ramón Novarro, John Gilbert y Douglas Fairbanks. El buscado y rebuscado aliño indumentario de un poeta que soñaba con ser dandy cinematográfico, tomaba modelo de estos y aquellos, actores o personajes, ya fuera el sombrero americano de Gilbert Roland, Armando, en Camille (Margarita Gautier), de Niblo, ya el bigote a la manera de Don Alvarado, el conde Leonardo de Alvia en Su mayor victoria, de Griffith, o a la del emigrado alemán Nils Asther, en Tentación, junto a Greta Garbo.
Como bien dice Morris, en la pantalla, esos hombres fueron todo lo que Cernuda no pudo ser aunque le “permitieron fantasear” (131); por ello, “adoptó la ilusión poética de abandono en un pacifismo feroz desdeñoso de los puños, el acero y la gloria” (132), vistos repetidamente en el espejo de la pantalla cinematográfica o conservados en la iconografía de las revistas cinematográficas coleccionadas por el sevillano: de una parte, Cinelandia, Cine Mundial, El Cine, voceras mediáticas del star-system hollywoodiense y, de otra, Arte y Cinematografía, pionera, Popular Films, dirigida por el cenetista Mateo Santos, ambas catalanas y defensoras de la industria española, y La Pantalla, en la que el dibujante, crítico y cineasta Antonio Barbero, su director, incorporó las modernas técnicas del huecograbado e invitó a colaborar, entre otros, a Jardiel, Mihura y Neville.
La frase de Cernuda “El cine, siempre” acaso deba suponer un doble entendimiento: catálogo y figurín donde tomar modelo y fábrica de sueños donde vivir el deseo literariamente despierto.
Ilustración: Una imagen del actor Ramón Novarro.
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