Como ya hemos visto, en la poesía de la época encontramos títulos donde el cinema es recurso temático y estilístico: Vicente Huidobro (“El espejo de agua”, 1916), Pedro Garfias (“Cinematógrafo”, 1919), Guillermo de Torre (“Friso ultraísta. Film”, 1919), Gerardo Diego (“Film”, 1919), Juan Larrea (“Otoño”, 1919), Pedro Salinas (“Far West”, 1924), Francisco Ayala (“A Circe cinemática”, 1929), entre otros.
El camino marcado por estos nombres iba a ser seguido por el sevillano Luis Cernuda, quien desarrollaría a lo largo de su vida, como sutilísimo poeta, pero, sobre todo, como ávido espectador, una genuina fascinación por el cinema. El sevillano definió la pantalla del cinematógrafo como campo de los modernos héroes. Se alineaba así, como otros miembros de su grupo, en la admiración por un nuevo lenguaje artístico que, al igual que el jazz, el automóvil, el psicoanálisis, se erigía en rasgo distintivo de la modernidad y en símbolo identificativo de la nueva vanguardia literaria. Las influencias venidas de París se hacían eco en nuestros escritores hasta el punto de poder etiquetar a su generación como la del “cine y los deportes”.
A fin de complementar los capítulos precedentes, desarrollaremos, fundamentalmente, dos cuestiones:
a) describir la tipología de los actores admirados por el poeta sevillano en el periodo mudo.
b) enunciar ciertos aspectos temáticos y estilísticos de algunas de las películas vistas por el espectador Cernuda en su etapa americana, correspondientes, por tanto, al periodo sonoro.
Una genuina fascinación por el actor
El adolescente alumno de los Escolapios, luego joven universitario hispalense, debió frecuentar desde niño los cines sevillanos; las salas cinematográficas (cercanas a sus domicilios de las calles Acetres, Jáuregui y Aire), Pathé, Imperial, Duque, San Fernando, Lloréns, Cervantes, entre otras, acogieron los estrenos de películas norteamericanas proyectadas en su ciudad natal en la década de los años veinte, interpretadas por actores muy admirados por el futuro poeta: Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, John Gilbert, Ramón Novarro, George O’Brian, Gary Cooper, Charlot, etc. Con ellos establece sus primeras citas cinéfilas tanto en sus iniciales publicaciones como en la correspondencia con los amigos. Este cine norteamericano gozaba de sus preferencias porque, según él, era el mejor portador de unos valores existentes en Estados Unidos, país donde la vida se acercaba “al ideal juvenil, sonriente y atlético” (Prosa: 910).
Parece evidente que, para Cernuda, la escritura cinematográfica no debiera incluir, sin más, el nombre del cineasta, ya que la vibración estética del celuloide debe tener su correspondencia artística, “el equivalente correlativo” (Prosa: 906), como le gusta escribir tomando el concepto y la expresión de Eliot. Son excepciones, en tal sentido, los poemas “Nevada” y “Sombras blancas”, que remiten a los títulos homónimos dirigidos, respectivamente, por John Waters (1927) y Van Dyke (1928). Sin embargo, es bien distinta la actitud de Cernuda para su “Oda”, nominada inicialmente “Oda a George O´Brien”, o “Alguien más”, texto éste no recogido por el autor en libro alguno, cuya primera denominación fue “Río Rita”.
En efecto, el poema “Alguien más” (Cernuda 2003: 548) tuvo como primer título, luego desechado, “Río Rita”, homónimo con la película norteamericana. Los versos “Ojos de la Tormenta estaba enamorado / Aun sin saber de quién” o “Es amarillo todo / Es vivir con las manos vacías”, tal vez remitan a una subjetiva lectura de aquel largo film Río Rita (1929), dirigido por Luther Reed, adaptación de una celebrada revista musical de Ziegfeld, cuyos valores técnicos no sólo estaban en la sonoridad (sistema Photophone RCA), sino en la combinación fotográfica de blanco/negro y color (Technicolor); para Cernuda, que acaso viera el film doblado en su estreno madrileño, los elementos artísticos se componían de dos interpretaciones principales, las de Bebe Daniels (Rita Ferguson) y John Boles (Capitán Jim Stewart) y de alguna, aparentemente secundaria, llevada a cabo por su admiradísimo Don Alvarado (Roberto Ferguson), de quien nuestro poeta imitaba su bigote.
Desde 1929, tal como publicó en Revista de Occidente (nº 26), estaba en contra de esa “turba de escritorzuelos” que creían escribir de cine por añadir en sus textos el nombre del cineasta. ¿Fue ésta la razón para eliminar el nombre del actor y del film en los títulos citados?
Los adorados dioses de la pantalla: O’Brien, Cooper, Fairbanks, Valentino, Novarro
Cernuda tuvo también entre los adorados dioses de Hollywood a George O’Brien, Gary Cooper, Douglas Fairbanks, John Gilbert, Rodolfo Valentino y Ramón Novarro.
En la Oda inicialmente titulada Oda a George O’Brien (Poesía:75-79), al poeta, su personaje se le aparece como joven dios, vivo, bello y divino, que avanza sonriendo, “cuerpo perfecto en el vigor primero”. Este dios cinematográfico se llamó artísticamente George O’Brien. ¿Qué personajes pudieron inspirar la Oda? ¿En quién puso el poeta sus ojos, en el fornido atleta o en el discreto intérprete?
Los gacetilleros de la época enjuiciaron acerbamente Amanecer (Murnau, 1927), feliz interpretación del actor, marcando su afectación y su excesivo estilismo; Photoplay calificó a O´Brien como “el niñito del Golem” y al film como la obra “que camela a los intelectuales y les hace exclamar ¡Arte!” (Allen / Gomery: 141). Las revistas cinematográficas leídas por Cernuda (compradas en algún caso al librero Sánchez Cuesta, para quien trabajó, y a quien declaraba: son “algo importante para mí” (Cernuda 2003: 110, 112, 115), contenían numerosos reportajes sobre la vida de Hollywood, los montajes en torno a los amoríos de las estrellas, su vida privada, etc.
Uno de tantos, publicado en Cinegramas (nº 88, 1936), elegía como pareja protagonista a George O’Brien y Johnny Weissmuller, a quienes, respectivamente, los pie de fotos declaran “sospechoso galán romántico” y “deportista inmunizado contra las tentaciones de la Eva moderna"; bajo el genérico “Crónica escandalosa de Hollywood”, Santiago Aguilar describe a los dos “íntimos amigos” como “ágiles atletas”, “modernos Apolos”, “cuerpos apolíneos” de “marcados músculos”; el lenguaje manejado por el periodista para referirse a sus héroes ofrece connotaciones, salvando las distancias, semejantes al utilizado por Cernuda en su poema. ¿Dónde empieza y dónde acaba la incidencia del lenguaje periodístico cinematográfico en el léxico poético del sevillano?
Ilustración: Una imagen del actor Rodolfo Valentino.
Próximo capítulo: Generación del 27. Luis Cernuda. La admirada masculinidad de los actores (VI)