Rafael Utrera Macías

Por entonces, Lorca (El paseo de Buster Keaton) y Alberti (Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca) interpretaron literariamente la cara de palo de Keaton-Pamplinas, es decir, su impasible seriedad, su imagen de americano medio asediado por mil problemas que le convertían en contemplador absorto de un mundo kafkiano capaz de simplificar lo absoluto, resolver en comicidad la lógica incoherente, transformar en gesto el absurdo cotidiano. La frase lapidaria de Dalí, escrita en 1927, resumiría el estado de la cuestión: "Buster Keaton, ¡he aquí la poesía pura Paul Valery!". El poema albertiano, inspirado en la película Go west (El rey de los cowboys o Mi vaca y yo), fue leído en la sexta sesión del Cine-club Español, el 4 de Mayo de 1929; Cernuda llegaría a Madrid (desde Toulouse) en junio y establecería su residencia en la calle Fuencarral. ¿Asistió el poeta ocasionalmente al mencionado foro cinematográfico animado por Giménez Caballero en alguna de sus dos etapas de funcionamiento?

No sabemos si los ejemplos citados eran para Cernuda un acto de diferente condición donde la vibración estética del celuloide tenía su correspondencia artística, “el equivalente correlativo”, en la poesía o prosa de estos espectadores transformados en escritores de cine. A las experiencias de la vista o del oído, cinematográficamente también, se las exorciza a la vez que se las expresa. Una música de jazz, un rótulo de película muda, unos ruidos y sonidos del nuevo cine parlante, han sido, acaso, no los únicos motivos para la creación de un verso, de una estrofa, de un poema. 

El propio autor ha garantizado (Prosa: 909) que al menos dos poemas de Un río, un amor, los titulados Nevada (Verso: 89) y Sombras blancas (Verso: 85), tienen su origen e inspiración, respectivamente, en cierta película muda vista en Toulouse, uno de cuyos rótulos utilizó como un collage, y en el rumor de mar percibido, placentera sensación auditiva, en la sala parisina donde vivió la citada experiencia de cine sonoro. Por otra parte, el tercer texto de su trilogía compuesta por Égloga, Elegía, Oda (Poesía:75-79), escrita entre 1927-1928, iba a titularse Oda a George O’Brien, según indicó el autor en carta dirigida a Juan Guerrero Ruiz (Poesía: 887).


Poema Nevada

En el poema Nevada, Cernuda organiza cinco bloques de cuatro versos, salvo el último compuesto sólo por dos; los versos se construyen con siete sílabas a excepción del segundo, “los caminos de hierro tienen nombres de pájaro”, que duplica tal cantidad y por ello se destaca métrica y visualmente del resto contribuyendo así a subrayar el efecto de collage pretendido por el autor; como se ha dicho, está tomado de las didascalias de aquel film mudo visto en  la ciudad francesa y que, acaso, no fuera otro que el homónimo Nevada, película dirigida por John Waters en 1927, basada en una novela de Zane Grey e interpretada por Gary Cooper; “Nevada” es el nombre del personaje, un joven pistolero que quiere redimirse con la honestidad de un trabajo digno y el amor de una buena chica; el actor sienta las bases de su futuro prototipo y anticipa los rasgos de otros westerns con guiones y puestas en escena más enjundiosas.

El texto cernudiano se aparta temáticamente de los incluidos en Un río, un amor; sobre las imágenes de “invierno” y “noche” se equilibran las connotaciones derivadas de “alegría” y “tristeza”. Para José Mª Capote, aquí “encontramos el amor simbolizado por las alas, al igual que en el titulado Remordimiento en traje de noche. Las alas representan todo lo que hay en el amor de dramático, pasional, de inconstancia, recuerdo y olvido”. Reiteraciones, encabalgamientos y el peculiar ritornello de su construcción, “En el Estado de Nevada /.../ Sobre otra nieve, allá en Nevada”, conforman un texto donde la inspiración literaria parece ofrecer la simbolización de un topónimo como elemento vicario de un antropónimo cinematográfico. 


Sombras Blancas en los Mares del Sur. Película

El actor de Sombras Blancas en los Mares del Sur fue Monte Blue pero, en este caso, Cernuda pareció estar más atento a las novedades del sonoro que al porte de la figura masculina, quien interpretaba al doctor Matthew Lloyd y enamoraba a la nativa Fayaway (Raquel Torres); en efecto, la crítica ha destacado que los espectadores quedaban impresionados por la música, donde destacaba la melodía “Flower of love”, los cantos de los nativos y los diversos sonidos y ruidos procedentes de la naturaleza, como por el pasaje donde piaban los pájaros y los hombres trataban vanamente de imitarlos. Sin embargo, Corpus Barga se mostraba reacio en un comentario publicado en Revista de Occidente (nº 77, 1929), donde establecía un paralelismo y, al tiempo, una prolongada antítesis, entre los títulos Almas negras y Sombras blancas; en ésta, sentenciaba, se insertan los ruidos de la acción en la música de acompañamiento, cuando en una película deben ser mucho más, al tiempo que se sirve de todos los trucos necesarios para mostrar la vida de los pescadores de perlas; en cuanto al amor, el cine, en opinión del comentarista, no ha aportado ninguna expresión innovadora sino, en todo caso, meras imágenes de labios que vemos besar; ¡ah!, pero, viene a concluir, en Sombras blancas también enseñan a silbar. Más allá de tales opiniones, el film ha quedado no sólo como una cumbre del exotismo en el cine sino como un film de culto para el sector surrealista: tras su mencionado estreno parisino, Dalí publicó una elogiosa crítica, y, con posterioridad, Breton y Buñuel lo catalogaron entre sus títulos preferidos. 


Sombras blancas, poema

El poema Sombras blancas se construye con tres bloques de cuatro versos alejandrinos (7 más 7) que evocan determinadas cuestiones argumentales del film, connotadas y expresadas a la luz de los sentimientos cernudianos, donde da prioridad a los valores iconográficos sobre los auditivos. Para Capote (El surrealismo..., pág. 90), un movimiento lento desarrolla las imágenes oníricas en base a dos polos que aportan la carencia de impulso vital, mediante las sombras blancas y la vida misma, plena de luz, al tiempo que el mar queda simbolizado como poder incontrolable “al hacerse y deshacerse como fuerza cósmica elemental”. 


El contraste entre poema y película puede resultar paradójico pues si en ésta el propio título denota los aspectos depredadores de la civilización, Cernuda, en opinión de Gubern, “revoca... el sentido negativo que poseen las sombras en el film y en la tradición poética occidental, asociadas a tinieblas y tristezas, por efecto del contradictorio adjetivo blancas, que caracterizan el paraíso 'de azar abolido', y estableciendo con ello la primacía de lo lingüístico sobre lo visual en el lenguaje  poético” (Proyector de luna, pág.112) Parece evidente que las admiradas películas sometían al poeta a un estado emocional cuyo resultado no se resolvía salvo con el consabido conflicto entre realidad y deseo, entre vida cotidiana y ensoñación en el lienzo de plata. Refiriéndose tanto a Nevada como a Sombras blancas. Y C. B. Morris en La acogedora oscuridad. El cine y los escritores españoles (1920-1936) (pág.128), estima que tales títulos establecieron en la mente del poeta una deliberada tensión entre lo mostrado por ellas y lo percibido por él; una dialéctica sustentada entre “una vida que le parecía detestable y los sueños que él consideraba irrealizables”.

Ilustración: Una imagen del actor John Gilbert.

Próximo capítulo: Generación del 27. Luis Cernuda. El Cine en su obra (IV)