Pelicula:

C I N E   E N   S A L A S


El 11 de septiembre de 1973 el ejército chileno, con el general Pinochet al mando, dio un golpe de estado en la república chilena para deponer al presidente constitucional Salvador Allende. En el golpe de estado murió Allende, oficialmente por suicidio, aunque siempre se sospechó que había sido asesinado por los insurrectos. Las imágenes del asalto del ejército chileno al Palacio de la Moneda formaron parte, en aquella época, del lacerante imaginario popular que visualizaba el, a partir de entonces, imparable avance de las dictaduras en buena parte de Latinoamérica durante las décadas de los sesenta y los setenta: Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia, Perú, Uruguay... 


Ese golpe de estado, y los 17 años posteriores en los que Pinochet se mantuvo al frente de la República, han tenido una amplia repercusión en cine. Recordaremos solo algunos títulos, como la película norteamericana Desaparecido, de Costa-Gavras, con un inmenso Jack Lemmon, pero también la espléndida trilogía documental titulada La batalla de Chile, de Patricio Guzmán, y la quizá menos entonada (aunque también interesante) docu-ficción Llueve sobre Santiago, producida en Francia por Helvio Soto, con varios grandes de la interpretación (Trintignant, Girardot, Bibi Andersson, Cucciola...), en el que se recreaban algunos de los episodios más duros del golpe, como la utilización del Estadio Nacional de Chile como campo de concentración para los detenidos, donde moriría, tras ser torturado, el cantautor Víctor Jara. Ha habido también otras películas que, sin centrarse en el golpe, se ambientaron en el aciago tiempo de la dictadura y, por ello, estuvieron determinantemente influidas por ella, como Tony Manero o Carne de perro.


Ahora Hangar rojo se une a ese grupo de películas que toman el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 como momento histórico que recrear, en este caso sobre un caso verídico, la historia del capitán de Aviación Jorge Silva, que fuera jefe de Inteligencia al llegar Allende al poder, puesto desde el que consiguió evitar un atentado contra el presidente. El día del golpe de estado, destinado en la Escuela de Aviadores, se encontrará en una situación crítica: al producirse el cuartelazo, los insurrectos (que controlan casi todo el Ejército) envían a la Escuela, como oficial al mando, al coronel Jahn, quien tres años atrás fue inductor de aquel intento de magnicidio. Ahora Silva tiene que ponerse a sus órdenes… 


Sobre el libro autobiográfico Disparen a la bandada, de Fernando Villagrán (uno de los presos izquierdistas de aquel día del golpe, que le debe la vida, literalmente, al coraje del capitán Silva), el productor Juan Pablo Sallato, que también se ha desempeñado en menor medida como director de documentales, debuta en el largo de ficción con una historia que en verdad tiene mucho de documento, de documento recreado, por cuanto lo que se nos narran son (lógicamente ficcionalizados) los hechos que acontecieron el día del golpe de estado y siguientes, con la dura y desaventajada pugna que Silva tendrá que entablar con el recién llegado coronel Jahn, mandatado por los generales insurrectos para hacerse con el control de la Escuela de Aviación y convertirla en centro de detención de “subversivos”, con la peculiaridad de que entre ese coronel que llega como plenipotenciario y el capitán que ha de dar curso a sus órdenes, hay todo un abismo: profesional, por cuanto Silva fue quien abortó el magnicidio de Allende y, por ello, supone para Jahn la visión permanente de quien le impidió cumplir el ansiado objetivo de eliminar al presidente “rojo” e instaurar un régimen dictatorial; pero también ideológico, al ser el capitán un cabal hombre que respeta la legalidad vigente, y el coronel (¡cierra la muralla!, como cantaban Quilapayún y en su versión para España Ana Belén), sin embargo, conspira para acabar con las libertades públicas y la democracia. 


La película no ha contado con un presupuesto demasiado elevado, pero ciertamente ha sido muy bien aprovechado. Se aprecia que Sallato, aunque neófito en la ficción, tiene tablas y maneras con las que se desenvuelve perfectamente en esta su primera película en ese tipo de cine. Juega con frecuencia el director con un recurso interesante, muy influido por la película húngara El hijo de Saul, de tal manera que centra su cámara en el protagonista, el capitán Silva, aunque aquí haya excursos que no lo hace tan obsesivo como en aquella magnífica y rompedora cinta magiar. De esta forma, con frecuencia no vemos en pantalla las torturas ni malos tratos que infligían los milicos a los pobres diablos capturados; porque Sallato, siguiendo la senda que marcó László Nemes, el director de la mentada película, hace que todo suene en off, solo oímos los ayes, los alaridos, los gemidos: y eso es aún más inquietante, por supuesto…


La película, con una puesta en escena muy sobria, casi espartana, en un blanco y negro de contrastados matices para remarcar lo siniestro de los hechos que se nos cuentan, es también (y quizá sobre todo…), un hermoso alegato a favor del mantenimiento de las creencias, de las convicciones: el capitán Silva tendrá que decidir entre salvar el pellejo o hacer lo correcto, sabiendo que esto último le aparejará sufrimientos físicos y psíquicos inimaginables. Pero, como le dice a su subordinado en una de las escenas finales, cuando éste, fascinado por la acción de saltar en paracaídas (en lo que Silva es un consumado experto en la materia), le pregunta, ¿qué se siente al lanzarse al vacío?, el capitán le contesta: “uno se siente libre”, quizá como trasunto alegórico de la decisión que habrá de tomar en ese dilema al que se ve irremisiblemente abocado, que se resume en la dicotomía que se resume en libre para ser él, o prisionero de sus miedos.


Un final rotundo, muy cinematográfico, con una elipsis muy interesante y bien plasmada, que no debe ser desvelada para no incurrir en espóiler (aunque tú, querido lector, seguro que lo has adivinado ya…), cierra una película muy dura de ver, pero también muy necesaria, que nos recuerda que, también en las insurrecciones militares, hubo gente que, arriesgando su cuello, apostó por la legalidad antes que por la demagogia y la traición. Es cierto que quizá no haya demasiada materia argumental para un largo, pero eso Sallato lo solventa razonablemente buscando mucho el rostro impenetrable de su protagonista, inmerso en su dilema moral. Un protagonista, por cierto, ejemplarmente servido por Nicolás Zárate, cuyo parecido físico con Eusebio Poncela de joven nos parece llamativo.


(12/05/2026)


 


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83'

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Hangar rojo - by , May 12, 2026
3 / 5 stars
Uno se siente libre