Pelicula:

C I N E   E N   S A L A S


En 2006 David Frankel, un más bien oscuro realizador de series televisivas, aunque con algún éxito como Sexo en Nueva York, dirigió El diablo viste de Prada, una comedia en la que se centraba en la relación más bien tormentosa entre una jovencita recién salida de la facultad de Periodismo cuando llega a la redacción de la revista de moda Runway (trasunto ficticio de la muy real Vogue), y se topa con la editora en jefe, Miranda Priestley, inspirada en la también muy real Anne Wintour, lo más parecido a Hitler sin bigote, azote de becarias (y del resto del personal), una mujer de la que en nuestra crítica sobre esa película decíamos que tenía toda la pinta de Glenn Close caracterizada como Cruella de Vil en la versión con actores y actrices de carne y hueso de 101 Dálmatas. Una Anna Wintour que, por cierto, mucho glamour y mucha elegancia, pero que, cuando ves una foto suya, parece enteramente Encarnita Polo en la época en la que cantaba aquello de “Paco, Paco, Paco”…


Pues aquella película de 2006, con un presupuesto de 35 millones de dólares, multiplicó esa cifra casi por diez, hasta los 326 millones (fuente de los datos: The-numbers.com), en su recaudación mundial, así que lo raro es que hayan tardado dos decenios en hacer esta secuela, con lo faltito que está Hollywood de éxitos y lo que les gusta a los ejecutivos de las “majors” (aquí la 20th Century, ahora filial de Disney) prolongar sus franquicias “ad nauseam”.


La película, con buen criterio, presenta a sus personajes cuando han pasado esas dos décadas; vemos entonces a la protagonista joven, Andy, la que fuera objeto de las vejaciones y otras “gracias” por parte de Cruella de Vil, digo de Anna Wintour, digo de Miranda Priestley, que ahora es una afamada periodista en Nueva York; el mismo día en el que Andy recibe un premio por su trabajo, la despiden por Whatsapp (antes se hacía por fax, que es como más frío todavía…). Así las cosas, y por una concatenación de carambolas (qué sería del cine moderno sin las carambolas, tengan sentido o no…), se encuentra de nuevo en la redacción de Runway, donde Miranda ni se acuerda de ella, y, como siempre, la trata con la punta del pie…


Así que aquí tendremos una especie de reedición de lo que se nos contaba en la primera parte, aunque lógicamente con sus diferencias, pero en general siguiendo un esquema semejante, con una primera parte en la que Miranda se dedica a hacer putaditas a Andy, ésta se aguanta como puede, para después, cuando se entera de que hay maniobras para cargársela (como editora jefa, no como persona…), ponerse de su lado como si, en vez de ser la hijaputa que la humilla constantemente, fuera su amantísima madre (ya se sabe que en cuestiones de sadomasoquismo los yanquis son campeones mundiales…). 


Así las cosas, El diablo viste de Prada 2 resulta ser una previsible aunque ciertamente agradable revisitación del universo de la “haute couture”, de la alta costura, vista desde el punto de vista de las revistas que marcan la moda, como la citada Vogue, con un tema nuevo que, sin embargo, tampoco está aquí demasiado desarrollado, el declive de esas revistas (bueno, de todas…) a raíz del crecimiento imparable de las redes sociales y de las revistas digitales. En ese contexto que ha cambiado en los últimos años, de una forma radical, el periodismo en el mundo, las relaciones tormentosas entre Miranda y Andy irán, sin embargo, en la misma línea de la primera parte, en ese juego de “te odio/te quiero” que ya conocemos, aquí con personajes nuevos, como ese novio insoportable del personaje de Emily Blunt, tan rico como perito en ideas extravagantes (cree que el agua es veneno, quiere viajar al Sol con una nave muy apropiadamente llamada Ícaro, está interesado en técnicas de biotecnología para eliminar el cuello de los seres humanos, y así todo…). Y es que la guionista Aline Brosh McKenna, que también lo fue de la peli original, habrá pensado que era una buena idea seguir, en líneas generales, el esquema de la primera parte, con los desplantes y borderías de Miranda, para después “comprenderla” y hacernos creer que, en el fondo, es, como decimos en mi tierra, un cacho pan.


Para ello la guionista desliza perlas como el diálogo entre Miranda y Andy, ante La última cena de Leonardo (qué alto pican estos tíos, collons…), cuando le habla de que el cuadro de Da Vinci no lleva sobre la cabeza de Jesucristo el habitual aura en este tipo de pinturas renacentistas, haciendo ver con ello que todos somos “gloriosos y falibles”, que está muy bien como eslogan, pero que desde luego ella sobre sí misma no lo pone nunca en práctica: los falibles, para ella, son el resto del mundo…


Es curioso porque, volviendo a los 101 Dálmatas, la forma en la que, en la segunda parte, una entregada Andy, como si no hubiera un mañana, ayuda a Miranda en las emboscadas millonetis a las que es sometida la poderosa editora en jefe para destronarla, resulta enteramente como si en aquella peli de los perritos le entregaran a Cruella de Vil a los lindísimos cachorritos para que se hiciera el abrigo de pieles que quiere a toda costa… Esto de que en este siglo XXI los malos ganen no lo llevo demasiado bien…


Humillaciones, zancadillas, vejaciones y postraciones ante esta villana que por más que joda a la protagonista no consigue que esta la odie, qué mujer. Eso sí, todo entre trapitos monísimos, modelitos de quitar el hipo, mucho Dolce Gabbana, mucho Versace, mucho Valentino, y también mucho cameo, como el de la propia Donatella Versace (la visión de cuyo rostro confirma que no hay peor enemigo de una persona que su aversión a las arrugas…) y otros muchos que resultan ser famosillos locales, pero que aquí en la periferia del imperio, la verdad, no tenemos el gusto (ni el disgusto…) de conocerlos.


Streep, como siempre, excelsa: esta mujer es capaz de dotar de carne y sangre hasta a un maniquí del Corte Inglés… Con Anne Hathaway tenemos un problema, y es que como actriz de comedia nos parece siempre bastante sobreactuada y balbuciente, como un Hugh Grant con faldas; sin embargo, cuando se pone dramática (me estoy acordando, por ejemplo, de la versión musical de Los miserables…), resulta extraordinaria. Stanley Tucci magnífico, como siempre. Por cierto, ¿qué gana Kenneth Branagh, más allá de su cuantioso caché, con su mínimo papelito de pareja de Miranda? A estas alturas parece que el gran actor y director norirlandés debería pensarse mejor estas intervenciones que no aportan nada a un currículo por lo demás envidiable. Bueno, él sabrá…


(08/05/2026)


 


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119'

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El diablo viste de Prada 2 - by , May 08, 2026
2 / 5 stars
Humillaciones y zancadillas entre trapitos monísimos