[Esta película forma parte de la Sección Oficial del 22 Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF’2025)]
Palestina, y en concreto Gaza, es actualmente una herida gigantesca que no solo supone el genocidio más terrorífico que se ha perpetrado desde el Holocausto (además, retransmitido en vivo y en directo por las tecnologías modernas), sino que también nos señala con el dedo a las democracias occidentales que, obvio es, no hemos estado, ni lo estamos ahora tampoco (me tiro a la piscina: ni lo estaremos en el futuro…) a la altura, lo que hubiera supuesto que se pusieran los medios necesarios para que el pueblo gazatí no esté siendo objeto del exterminio sistemático que está ejecutando en su contra el ejército israelí, a las órdenes de un gobierno que tiene de democrático lo que yo de clérigo musulmán: nada.
Pero esta película no habla de esa masacre sistemática, crudelísima y abyecta que Netanyahu y los otros criminales que se sientan en la mesa del gobierno hebreo, sino de los antecedentes del conflicto judeo-palestino, a través de las azarosas existencias de tres generaciones. El film se inicia en 1988, en una de las intifadas que los palestinos han montado a lo largo de la historia reciente; vemos en ella a dos hermanos adolescentes; uno, Noor, es abatido de un tiro cuando los soldados disparan para dispersar la manifestación. Damos un salto atrás y vemos que esto forma parte de una historia que una mujer mayor cuenta a un hombre más joven; saltamos entonces en flashback hasta tres momentos históricos anteriores: 1944, cuando comienza el proceso de constitución del estado de Israel (que culminaría, como sabemos, en 1948), cuando los británicos abandonan Jaffa y la familia protagonista tiene que dejar su casa ante el embate de los nuevos y arrogantes soldados judíos. Después saltamos a 1978, ya en Nablús, donde el niño soñador y con alma de poeta que tuvo que emigrar de Jaffa con sus padres se verá humillado y vejado ante su hijo pequeño por un grupo de militares israelíes. El nuevo salto temporal hasta 1988 nos llevará de nuevo a la intifada donde fue tiroteado Noor…
Cherien Dabis es una cineasta nacida en los USA pero con ancestros de la irredenta Palestina. Se formó en su tierra de nacimiento, en universidades como la de Cincinatti y Columbia, y en sus viajes juveniles a la tierra de sus padres pudo comprobar en carne propia “lo que era ser palestina” para los judíos. Su cine, desde entonces, ha combinado las temáticas propias del conflicto de la tierra paterna con trabajos profesionales en los que, por supuesto, se desempeña con toda solvencia, como en la serie Solo asesinatos en el edificio. Con este percutante, doliente film, Dabis presenta un cuadro generacional, a lo largo de más de medio siglo, en el que iremos viendo las peripecias de la familia protagonista, desde la marcha de su querida Jaffa (el paraíso del que fueron desterrados, un edén de naranjas en flor), hasta los campamentos de refugiados de Gaza, donde (mal)vivirán siempre con la espada de Damocles del arbitrario ejército israelí encima, para terminar con una tragedia que no tiene nombre y que dará lugar a una tremenda secuencia que te aplasta contra la butaca. Dice el Talmud que quien salva una vida, salva el mundo entero; entonces, quién la siega, ¿mata también el mundo entero? De alguna forma sí, y esa única muerte que vemos es, por extensión, la muerte de todos nosotros, sobre todo porque no supimos, no pudimos, quizá no quisimos evitarla.
Filmada con precisión de relojero, sin florituras de estilo sino atendiendo a la historia, que es lo que la película demandaba, no tiene, aunque pudiera parecerlo, una postura maniquea con respecto a los judíos; a ver, no salen bien parados, pero es que otra cosa era difícil que sucediera. Aquí parece claro que no caben equidistancias. Hay una escena terrible en la que un israelí pregunta a la madre del chico tiroteado, “¿no sentís el dolor que sufrimos?”, en referencia, lógicamente, al horror del Holocausto y los 6 millones de inocentes sacrificados por ser de una etnia determinada; la respuesta de la madre es demoledora: “claro que sí, nosotros somos los que estamos pagando vuestro dolor”…
Formidable en fondo y forma en la mayor parte de su metraje, el último tramo, sin embargo, cuando los ancianos visitan, tantos años después, la Jaffa que fue el paraíso del que fueron expulsados, nos parece bastante inferior, casi como un postizo que no casa demasiado bien con todo lo anterior, un final preñado de la melancolía de la senectud pero que podría servir para cualquier pareja al final de su vida, pero no para ésta cuyas dramáticas vicisitudes hemos visto, y sufrido a su lado, durante la película.
Aparte de ese error de concepto del final, la película no deja indiferente, y, desde luego, debería visionarse obligatoriamente en colegios e institutos, como deberían enseñarse también los documentales sobre el Holocausto, para que tales crímenes, unos y otros, nunca vuelvan a producirse.
Muy buen trabajo actoral, con la peculiaridad de que aparecen en pantalla Mohammed Bakri, veterano actor palestino, y sus hijos Saleh y Adam Bakri, interpretando magníficamente a diversos miembros de la saga familiar. La propia directora asume (de forma excelente) el papel protagonista femenino.
El título internacional en inglés se podría traducir como “Todo lo que queda de ti”, aunque al parecer se estrenará en España como “Todo lo que fuimos”.
(08/11/2025)
145'