El contraste entre las posiciones intelectuales de las denominadas generaciones del 98 y del 27 evidencia el distinto entendimiento que sus miembros hicieron del Cinematógrafo. La capacidad perceptiva de los segundos frente a la menos desarrollada de los primeros, convirtió a éstos en espectadores avezados, en entusiastas cantores de la joven técnica, en poetas y ensayistas de la nueva forma expresiva.
Véanse algunos ejemplos: Luis Cernuda: “Campo de los modernos héroes: la pantalla”. Rafael Alberti: "Yo nací -respetadme- con el cine". Francisco Ayala: "He sentido el cine, mi coetáneo, con amor, con encanto". Benjamín Jarnés: “El cinema se me antoja un espléndido regalo de los dioses”. Vicente Huidobro: “El Cine... es el pensamiento mecánico”. César Arconada: “El cinema es la expresión de lo moderno"; Fernando Vela: “La butaca del cine es nuestro Clavileño de madera”. Este sentimiento de admiración que los jóvenes escritores mostraban hacia él se materializó en numerosas composiciones literarias y quedó simbolizado en el número monográfico que le dedicó La Gaceta Literaria (nº 43,1928), dirigida por Ernesto Giménez Caballero.
Lejos de la unanimidad conseguida por la llamada "generación del cine y los deportes", algunas voces como las de Gregorio Marañón y José Moreno Villa pusieron la nota discordante, si no reaccionaria, al regatearle capacidades a un medio expresivo recientemente nacido que, si de una parte necesitaba autonomía y madurez para poder codearse con las artes tradicionales, de otra, incapacitaba la mente “femenina” para distinguir entre la truculencia feliz de la ficción y la dura realidad cotidiana. Por los ejemplos antedichos, resulta sintomático comprobar cómo una expresividad de claros tintes vanguardistas se hacía evidente en numerosos escritores que convirtieron su trabajo en un tipo de literatura preñado de referentes cinematográficos y en un modelo literario de novedosos componentes; ellos eligieron el cinema como rasgo distintivo de la modernidad y tomaron las figuras y hechos de la pantalla como recurso idóneo para contribuir a la mejor plasmación de su pensamiento; paralelamente, su nueva literatura dejará sentir su influencia sobre el cinematógrafo tanto en la plástica de su última expresión muda como en la posterior sonora y audiovisual; para estos representantes de la burguesía ilustrada, el culto al cinema, al automóvil, al jazz, al deporte y al psicoanáli-sis se convirtió en emblema identificativo.
Así pues, la literatura acogió al cinematógrafo como novedoso referente: los factores esenciales del lenguaje fílmico, las posibilidades espacio-temporales creadas por el montaje, el contraste entre ficción y realidad, la película fascinante y su fantástico protagonista, la eximia actriz de turbadora belleza, el personaje audaz, elegante, sensible, cómico, son algunos de los elementos fecundantes del ensayo, del poema, de la prosa, que vieron la luz en publicaciones periódicas, Revista de Occidente, Papel de Aleluyas, Hélix, La Gaceta Literaria, para editarse posteriormente como libros firmados, entre otros, por Francisco Ayala, El escritor y el cine, Rafael Alberti, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, César M. Arconada, Vida de Greta Garbo.
Cernuda, espectador cinematográfico
El sevillano Luis Cernuda fue uno de tantos jóvenes miembros de esta generación que se sintieron fascinados por el mundo de la pantalla y, en mayor o menor medida, dejaron su huella cinematográfica en algún punto de sus escritos. En efecto, ciertas páginas de sus obras, en prosa o verso, unidas a determinadas cartas dirigidas a su amigo Higinio Capote nos permiten conocer aspectos de la relación entre el poeta y el cine, junto a otros elementos significativos de una creación literaria fecundada por la imagen fílmica.
Tomando en cuenta las fechas mencionadas en sus publicaciones, así como el momento creativo de los poemas, se hace evidente que el espectador Cernuda fue especialmente sensible al mundo de la pantalla en los últimos años del Mudo (1926–1929) y en los primeros del Sonoro (1929-1932); actores y personajes, películas y locales, situaciones y argumentos citados por el literato, se sitúan en arcos temporales que cierran el genuino periodo silente y abren el discutido, por entonces, nuevo periodo audiovisual. La sensibilidad del artista se dejó tocar por una fílmica mano de nieve que mostraba tanto la imperturbable fotogenia del rostro masculino como la acompasada relación de un paisaje donde la sonoridad y el silencio emanaban de su propia naturaleza.
Luis, espectador sevillano
Es de suponer que el Cernuda alumno de los Escolapios y luego de la Universidad hispalense frecuentara los cines sevillanos desde su infancia; sin embargo, sus primeras citas cinéfilas están referidas a películas americanas proyectadas en su ciudad natal y datadas por él entre 1926 y 1928; las salas Pathé, tan cercana a su domicilio de Acetres, Imperial, Duque, San Fernando, Lloréns, Cervantes, entre otras, acogieron los estrenos de La viuda alegre (Stroheim), Monsieur Beaucaire (Sidney Olcott), El pirata negro (Albert Parker), El gran desfile (King Vidor), El peregrino (Chaplin), El ladrón de Bagdad (Raoul Walsh), Ben-Hur (Fred Niblo) y Amanecer (Murnau); Estados Unidos gozaba de sus preferencias como país porque allí la vida se acercaba “al ideal juvenil, sonriente y atlético, que no pocos mozos se trazaban entonces” (Prosa: 910) y, sin duda, el cine era el mejor portador de aquellos valores.
En su siguiente etapa, Madrid y Toulouse, 1928 y 1929, son los cines los que merecen su recuerdo; si en la ciudad española frecuentó el Callao y el Palacio de la Música, céntricos, el Goya y el Royalty, confortables, en la francesa, donde los esperaba “innumerables”, los encontró “detestables” y con un punto añadido de chauvinismo en su programación. En París conoció el sonoro, oyendo y viendo Sombras blancas en los mares del sur (Flaherty / Van Dyke), estrenada en el Madeleine Cinema (noviembre de 1928); en realidad, una película inicialmente muda a la que la productora Metro, mediante el sistema Movietone, incorporó la palabra (“Civilización”) y oportunos efectos sonoros para denunciar la degradación de la cultura polinesia a manos del hombre blanco. De sus estancias posteriores, madrileña, londinense, norteamericana, mejicana, hay abundante constancia personal de cómo el cine le seguía interesando, afectando, impactando; los nuevos héroes de la pantalla, actores y personajes, mantenían para él la peculiar fotogenia, el mismísimo glamour, la consumada elegancia, de los cineastas del periodo silente.
Ilustración: Una imagen de Luis Cernuda.
Próximo capítulo: Generación del 27. Luis Cernuda: el Cine en su obra (II)