11/08/2026
La conquista del Oeste es, probablemente, con sus luces y (muchas) sombras, una de las epopeyas más conocidas y divulgadas de la Historia de la Humanidad. El hecho de que el cine, sobre todo a partir de los años treinta, hiciera cientos de películas que dieron lugar incluso a un género, el wéstern, no haría sino amplificar hasta límites inimaginables el conocimiento que de esos eventos históricos se tiene en el resto del mundo. Un género que sería conocido, no sin razón, como “el género de géneros”, y que también confirmaría que, en arte, no hay nada más universal que lo local.
Los hechos
La conquista del Oeste fue el proceso de expansión territorial y colonización civil y militar mediante el cual Estados Unidos se apropió de los vastos territorios de Norteamérica comprendidos entre el río Misisipi y el océano Pacífico durante el siglo XIX. Este fenómeno transformó radicalmente la geografía, la demografía, la sociedad y la identidad cultural norteamericana a costa del desplazamiento forzado y el trágico declive de las naciones indígenas americanas. La expansión no fue un hecho accidental, sino un proyecto político con un fuerte trasfondo ideológico, que se materializó a través de la llamada doctrina del Destino Manifiesto, la creencia de que Estados Unidos estaba destinado por la Providencia a expandirse de costa a costa para difundir la libertad y la democracia. En política exterior, la doctrina que el presidente James Monroe enunció en 1823, sintetizada en el famoso eslogan "América para los americanos", sirvió como escudo político frente a las potencias europeas. El crecimiento territorial se logró a través de una compleja combinación de diplomacia, compra de tierras y guerras abiertas, y existe consenso en que su duración estuvo en torno a los 87 años, entre 1803 (con la compra de Luisiana a Francia) y 1890 (con el cierre del censo de los Estados Unidos y la confirmación de que ya no había una línea de frontera que explorar y colonizar).
Las películas y las series
La conquista del Oeste tiene una serie de ramificaciones que hacen necesario segmentar el tema para una mayor claridad. Por ello, en este capitulo haremos un plano general sobre la cuestión que nos ocupa, hablando de algunas de las películas y series que han tratado el asunto en líneas generales, dejando para capítulos ulteriores otros subtemas troncales de la conquista del Oeste, como los pistoleros, el exterminio amerindio, el avance del ferrocarril y la fiebre del oro, que tienen entidad más que suficiente por sí mismos para ser tratados en solitario.
Glosaremos, como siempre, algunos títulos relevantes del tema genérico de la conquista del Oeste; si en esta serie de artículos (y, en general, en Criticalia) huimos de la exhaustividad, aquí sería sencillamente imposible, al ser literalmente cientos, si no miles, los títulos de películas y series que se ambientan en aquellos convulsos años.
La primera peli que traemos a colación data de los años treinta, y su título se repetirá más adelante, como veremos. Se trata de Camino de Oregón (1934), dirigida por el hoy olvidado Charles Barton, con Randolph Scott al frente del reparto, en una película que, como decimos, tocará un tema recurrente dentro del wéstern, la ruta hacia Oregón (conocida como “Oregon Trail”) que se reputa, dentro del imaginario USA, como la ruta por excelencia de los colonos norteamericanos que viajaban hacia el Oeste para hacer fortuna.
Mítica donde las haya, La diligencia (1939) es probablemente el primer wéstern a la vez físico y metafísico, el establecimiento de las reglas de juego por aquel tuerto genial que fue John Ford, donde aparecerán las constantes que ya se repetirán a lo largo de todo el género clásico, desde el viaje iniciático en la diligencia del título a la figura mítica del pistolero, desde los forajidos a la mujer a la que el caballero andante (uy, perdón, el “cowboy”…) habrá de proteger, con un John Wayne que aquí establecería también el canon del vaquero por excelencia, a la vez rudo pero con un punto de sensibilidad, especialmente con respecto a las damas. Todo ello en un microcosmos, esa diligencia, en cuyo tan pequeño espacio cabe el mundo…
Esa visión épica de la conquista del Oeste se irá acentuando en diversos films, algunos magistrales, como Río Rojo (1948), la película de Howard Hawks que, probablemente, mejor recoge otra de las características del wéstern, el transporte de ganado a lo largo de las inmensas llanuras que recorrían el país hacia su expansión occidental, un ganado de reses, generalmente de vacuno, que incluso forjaría un arquetipo mítico, el correoso vaquero, el “cowboy” que popularizaría el género del wéstern. De nuevo con John Wayne, más un joven y un viejo, ambos inmortales, Montgomery Clift y Walter Brennan.
Otro de los temas recurrentes en la conquista del Oeste sería la necesidad de que también las mujeres emigraran para establecerse en los nuevos territorios comprados o conquistados, a fin de formar nuevas familias que colonizaran los nuevos espacios. El cine se ha hecho eco de este asunto en películas como Caravana de mujeres (1951), dirigida por veterano William Wellman, con Robert Taylor en el papel del duro guía de una caravana de féminas que viaja hacia el Oeste para casar con un grupo de colonos solteros, en una expedición llena de penalidades que entronca con la épica de esa conquista del Oeste que, según este esqueje argumental, no solo fue cosa de hombres…
El tema de las caravanas (no necesariamente de mujeres…) es otro de los grandes asuntos tratados por el wéstern, en esa mitología creada por (sobre todo) el cine clásico norteamericano. En Horizontes lejanos (1952), Anthony Mann, uno de los hombres que mejor retrató el cine del Oeste (junto a Ford, Hawks, Sturges o Peckinpah), se centró en una de esas caravanas camino de (sí, lo has adivinado, lector…) Oregón, en una de las películas que mejor cimentó la épica del género, con un repartazo: James Stewart, Arthur Kennedy y un jovencísimo Rock Hudson.
Casi comparte título Horizontes de grandeza (1958), de otro de los grandes eclécticos del Hollywood clásico, William Wyler, en el que se presenta el choque cultural entre el Este del país, ejemplificado en el civilizado oficial de navío que va a casar con joven afincada en el Oeste, y cómo este hombre de bien, pacífico y culto, colisionará inevitablemente con el carácter rudo y violento de las gentes del lugar, en una interesante radiografía sobre las dos almas del pueblo yanqui de la época, la civilizada de las urbes exquisitas como Nueva York, y la rural e inevitablemente brutal de los colonizadores que luchaban en una tierra no siempre hospitalaria. De nuevo con repartazo, con ese Gregory Peck al que le salían tan bien los personajes honrados, más Charlton Heston y Jean Simmons, y secundarios de la talla de Burl Ives, Carroll Baker y Charles Bickford.
La conquista del Oeste (1962), ya en su propio título, era muy ambiciosa, nada menos que condensar en una sola película lo más sustancial de esa aventura de casi un siglo que supuso la expansión norteamericana hacia el Oeste. Bajo los auspicios de la Metro, la peli se concibió como una pentalogía, con cuatro partes diferenciadas y un interludio, en los que se narraban los hechos de forma temática: Los ríos, Las llanuras, La guerra civil, El ferrocarril, y Los forajidos. Fueron tres los directores encargados, desde el maestro John Ford hasta los aplicados profesionales Henry Hathaway y George Marshall; aunque inevitablemente irregular, la película consiguió transmitir razonablemente la épica de la aventura de conquistar el Oeste, aunque desde luego obviando sus evidentes sombras (matanzas de amerindios, por ejemplo). El reparto fue de aúpa: James Stewart, Debbie Reynolds, Gregory Peck, John Wayne, Henry Fonda, Richard Widmark…
Pocos años después tendremos otro Camino de Oregón (1967), como adelantábamos antes, ahora con Andrew V. McLaglen (el hijo del actor fordiano Victor McLaglen) a los mandos, con un trío de estrellas masculinas, Kirk Douglas, Robert Mitchum y, de nuevo, Richard Widmark, además de una jovencísima Sally Field, en una peli que recrea el peligroso viaje hacia el estado del título, con la correspondiente caravana que tiene que atravesar territorio indio.
Los años setenta trajeron nuevos temas, o al menos nuevas formas de presentar esos temas, como el de la prostitución en el Oeste, en la película de Robert Altman Los vividores (1971), hecha en un tono de realismo sucio que buscaba desmarcarse de visiones más edulcoradas, como la de El club social de Cheyenne (1970), última película de ficción dirigida por Gene Kelly, con James Stewart y Henry Fonda, y Shirley Jones al frente de las chicas antiguamente llamadas “de vida alegre” (como si no fueran más bien “de vida triste”…).
En esa década encontramos también el tema de los primeros colonizadores, los de antes de la eclosión masiva de la conquista del Oeste, en un film de corte paleoecologista, Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), una de las buenas pelis de Sydney Pollack de aquella época, con un Robert Redford que ya era una estrella mundial, narrándonos de forma melancólica una historia de supervivencia en la naturaleza más virgen, la que se encontraron los colonos de principios del siglo XIX. Historia que, por cierto, fue en buena medida calcada (con alguna secuencia de poderoso impacto en el público…) por Alejandro González Iñárritu en El renacido (2015), donde las penalidades de aquellos pioneros (en concreto por las que pasaba Leonardo DiCaprio, que, eso sí, consiguió el tan ansiado Oscar que perseguía desde hacía tiempo…) se acrecentaban hasta darle un tono más fantasioso que realista.
La televisión yanqui, tan propensa a los grandes seriales patrióticos (o patrioteros, no queda demasiado claro…), nos dio a finales de los años setenta una de esas ambiciosas obras que buscan quedar para la posteridad (y ya de paso llenar las arcas de la productora, en este caso Universal), de título Centennial (1978), que buscaba, con la excusa del bicentenario del país que se cumplía entonces, hacer un repaso de la conquista del Oeste, con un amplio reparto de rostros televisivos de la época como Robert Conrad (Jim West), Raymond Burr (Ironside), Chad Everett (Centro Médico), o Brian Keith (Mis adorables sobrinos). Su problema fue la falta al frente de un director de primera línea, siendo encomendada a profesionales solventes pero carentes de talento como Bernard McEveety, entre otros.
La entonces estrella emergente Tom Cruise estaría también, a principios de los noventa, en una nueva versión que buscaba reeditar la épica de la conquista del Oeste en Un horizonte muy lejano (1992), producción Universal que intentaba contar la epopeya de la colonización de la parte occidental de Norteamérica a través de la historia de unos irlandeses emigrados a los USA y su sueño por conseguir labrarse un porvenir en la nueva tierra de promisión, con la dirección briosa pero no especialmente talentosa del siempre fiable Ron Howard, tan ecléctico en cuanto a géneros como su casi tocayo Howard Hawks, pero sin su genio… Ella era Nicole Kidman, la entonces esposa de Cruise.
Ya en el nuevo siglo XXI se intenta volver a las esencias del wéstern clásico, bastardeado por fenómenos como el eurowéstern y no digamos por su parodia el wéstern trinitario, en una corriente a la que se ha dado en llamar postwéstern o neowéstern, y se hace con títulos de hechuras clásicas como Open Range (2003), que volvía al tema recurrente de la conducción de rebaños de ganado a lo largo de las grandes praderas del país, aquí con Kevin Costner en la dirección, además de encabezar un reparto con gente del nivel de Robert Duvall, Annette Bening o un jovencísimo Diego Luna.
DreamWorks, a través de su filial televisiva, lanza en la primera década del siglo la miniserie Into the West (2005), que busca tocar prácticamente todos los temas troncales de la conquista del Oeste, desde la colonización iniciada en el siglo XVIII por los entonces todavía aventureros ingleses hasta la fiebre del oro, pasando por la imparable construcción del ferrocarril que llevaría la civilización a la zona occidental, pero también la incalificable masacre cometida sobre los indios en Wounded Knee, todo ello con la particularidad de que se hizo con una doble perspectiva, la de los colonizadores blancos y la de los amerindios, confiando la dirección de cada uno de los episodios a un realizador televisivo de confianza pero que no eran precisamente Orson Welles…
El cine revisionista que se viene haciendo desde al menos el comienzo de este siglo aparecerá en Meek’s Cutoff (2010), que presenta de entrada la poco habitual presencia de una mujer al frente del proyecto, la talentosa Kelly Reichardt (recuérdese su estupenda First cow, de 2019, también incardinada en el universo del neowéstern), con un grupo de colonos camino de (sí, de nuevo…) Oregón, y cuyo encuentro con un indio les hará adentrarse en el dilema de si confiar en él, o no (y no, no eran gallegos…). Con un buen reparto: Michelle Williams, Bruce Greenwood, Paul Dano…
Los nuevos tiempos nos traen también, en Deuda de honor (2014), un protagonismo femenino, el de la doblemente oscarizada Hilary Swank, más un peso pesado como Tommy Lee Jones, en una historia en la que la prota es mandatada por la comunidad religiosa de su pueblo para hacer volver a tres mujeres que, al parecer, han perdido la razón… La protagonista, junto con un forajido al que ha salvado la vida, tendrá que afrontar penalidades sin cuento para cumplir su misión, en una peli en la que el coprotagonista, Tommy Lee Jones, se encargó de la dirección.
Ilustración: Una imagen de la película Open Range (2003), dirigida y protagonizada por Kevin Costner.
Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La Conquista del Oeste: Los pistoleros (VI)